Skip to main content

Full text of "Cuentos de navidad y reyes; Cuentos de la patria; Cuentos antiguos"

See other formats


"O) 



ico 



Digitized by the Internet , 


Archive 




in 2013 







http://archive.org/details/cuentosdenavidadOOpard 



OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 

CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES 

CUENTOS DE LA PATRIA 

CUENTOS ANTIGUOS 



EMILIA PARDO BAZAN 

OBRAS COMPLETAS.— TOMO XXV 



CUENTOS 

DE NAVIDAD Y REYES 



CUENTOS DE LA PATRIA 



CUENTOS ANTIGUOS 




ADMINISTRACIÓN 
calle de S. Bernardo, 37, principal, 

MADRID 



Es propiedad . — Queda 
hecho el depósito que mar- 
ca la ley. 



MADRID.— Est. tip. de I. Moreno, Blasco de Garay, 9. 

Teléfono 3.020» 



ADVERTENCIA DE LA AUTORA 



En este volumen incluyo, bajo el título de 
Cuentos de la Patria, algunos de los cuales 
cabría decir, como dijo el poeta del Canto á 
Teresa, que son un desahogo de mi corazón y 
el lector puede saltarlos. 

Cuando en 1898 publiqué el titulado Ven- 
gadora, me llamaron Soñadora los muy be- 
nignos. 

Algo de realidad prestó á mi sueño el trá- 
gico fin del Presidente Mac-Kinley... 

Y si fuese soñar creer en la justicia inma- 
nente, ¿qué mal habría? ¿qué más inofensivo 
consuelo? 

Smiíia oPazbo oliazán. 



CUENTOS BE HATO í MIES 



LA NOCHEBUENA DEL PAPA 



Bajo el manto de estrellas de una noche 
espléndida y glacial, Roma se extiende mos- 
trando á trechos la mancha de sombra de sus 
misteriosos jardines de cipreses y laureles se- 
culares que tantas cosas han visto, y, en islotes 
más amplios, la clara blancura de sus monu- 
mentos, envolviendo, como un sudario, el ca- 
dáver de la Historia. 

Gente alegre y bulliciosa discurre por la 
calle. Pocos coches. A pie van los ricos, mez- 
clados con los contadinos, labriegos de la cam- 
piña que han acudido á la magna ciudad tra- 
yendo cestas de mercancía ó de regalos. Sus 
trapos pintorescos y de vivo color les distin- 
guen de los burgueses; sus exclamaciones so- 
noras resuenan en el ambiente claro y frío 
como cristal. Hormiguean, se empujan, corren: 
aunque no regresen á sus casas hasta el ama- 
necer—que es cosa segura,— quieren presen- 



8 



CUENTOS DE NAVIDAD 



ciar, en la Basílica de Trinitá dei Monti> la ple- 
garia del Papa ante la cuna de Gesú bambino. 

Sí; el Papa en persona— no como hoy su 
estatua, sino él mismo, en carne y hueso, por- 
que todavía -Roma le pertenece— es quien, en 
presencia de una multitud que palpita de entu- 
siasmo, va á arrodillarse allí, delante de la cuna 
donde, sobre mullida paja, descansa 3^ sonríe 
el Niño. Es la noche del 24 de Diciembre: ya la 
grave campana de Santángelo se prepara á he- 
rir doce veces el aire, y la carroza pontifical, 
sin escolta, sin aparato, se detiene al pie de la 
escalinata de Trinitá. 

El Papa desciende, ayudado por sus Cama- 
reros, apoyando con calma el pie en el estribo. 
Con tal arte se ha preparado la ceremonia, que 
al sentar la planta Pío IX en el primer escalón, 
vibra, lenta y solemne, la primer campanada 
de la media noche, en cada campanario, en 
cada reloj de Roma. El clamoreo dramático de 
la hora sube al cielo imponente como un hosan- 
na y envuelve en sus magníficas tembladoras 
ondas de sonido al Pontífice que poco á poco 
asciende por la escalinata, bendiciendo, entre 
la muchedumbre que se prosterna y murmura 
jaculatorias de adoración. A la luz de las estre- 
llas y á la mucho más viva de los millares de 
cirios de la Basílica iluminada de alto abajo, 
hecha un ascua de fuego, adornada como para 
una fiesta y con las puertas abiertas de par en 
par, por donde se desliza apretándose el gentío 
ansioso de contemplar al Pontífice,— se ve, des- 
tacándose de la roja muceta orlada de armiño 



E. PARDO BAZÁN 



9 



que flota sobre nivea túnica, la cabeza hermo- 
sísima del Papa, el puro diseño de medalla de 
sus facciones, la forma artística de su blanco 
pelo dispuesto como el de los bustos de rancio 
mármol que pueblan el Museo degli Anticchi. 

Entra por fin en la Basílica; cruza las naves, 
desciende la escalera dorada que conduce á la 
cripta, j mientras á sus espaldas la guardia 
brega para reprimir el empuje del torrente hu- 
mano que pugna por arrimarse á la balaustra- 
da, en el recinto descubierto, más bajo que la 
multitud, el Papa queda solo. Artista por ins- 
tinto; con el andar rítmico de las grandes so- 
lemnidades; con un sentimiento de la actitud 
que sólo él posee en grado tal,— Pío IXse acerca 
á la cuna, junta las manos de marfil, eleva al 
cielo un instante los ojos como si invocase la 
presencia de Dios; se arrodilla, se abisma, y los 
paños de su Cándida vestidura se esparcen es- 
culturales y clásicos cual los plegados de ala- 
bastro de un ropaje de Canova. 

El Niño, el Bambino, duerme desnudito, 
color de rosa, reclinado en su rubio colchón de 
sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha 
más ruido que el chisporroteo suave de los ci- 
rios y el murmullo de la oración que el Papa 
empieza á elevar.— A las primeras palabras, 
anímase el Niño con vida fantástica: la escul- 
tura se hace carne. Sus ojos se entreabren, sus 
puñitos se tienden hacia el Papa, como se ten- 
derían hacia un abuelo cariñoso, haciendo fies- 
tas. Incorporado 3^ sentado en la paja, llama al 
Pontífice, que sigue orando, pero que cree per- 



IO 



CUENTOS DE NAVIDAD 



cibir en sus rodillas la sensación de que ya no 
reposan en los cojines de terciopelo carmesí, 
en sus codos algo que los sube y aparta del es- 
culpido reclinatorio. Ligero y como fluido, su 
cuerpo no le pesa; flota apaciblemente en una 
atmósfera de oro y luz, hecha de las partículas 
de los cirios que se derraman ardientes y cen- 
telleantes.— La cuna ha desaparecido; el Niño 
está de pie, alto, crecido ya, convertido en ado- 
lescente; y en vez de la gracia infantil, en su 
cara se lee la meditación, se descubre la som- 
bra del pensamiento. Alrededor del Jesús de 
quince años van juntándose, saliendo de las 
paredes de la cripta, que parece trasudarlos, 
docenas de chiquillos, otros Bambinos, pero 
feos, encanijados, sucios, envueltos en andra- 
jos ó desnudos, mostrando la enteca anatomía. 
Docenas primero; cientos después; luego milla- 
res, millones, un hervidero tan incontable, un 
ejército tan infinito, que estallan las paredes de 
la cripta, las de la Basílica, las de Roma, las de 
todo cuanto pretendiese contener la expansión 
de la horda de miserables. Extiéndese por una 
llanura sin límites, y su bullir de gusanera ro- 
dea al Gesú, que ha ido insensiblemente trans- 
formándose en hombre hecho y derecho: ya 
tiene barba ahorquillada y rizoso cabello cas- 
taño, 3 T a su rostro ha adquirido la gravedad 
viril. Y siguen acudiendo desharrapados y con 
las carnes al aire, lisiados, enfermos, faméli- 
cos, tristes, venidos de todos los puntos del ho- 
rizonte, de todos los confines de la tierra. Llo- 
ran de hambre; tiemblan de frío; gimen de 



E. PARDO BAZÁN 



í I 



abandono; enseñan sus lacras; se cogen á la 
vestidura inconsútil de Cristo; se quieren abri- 
gar bajo sus pies, reclinarse en su seno, aga- 
rrarse á sus manos pálidas y luminosas. Hue- 
len mal, y su punzante vaho de miseria envuel- 
ve y sofoca al Papa, siempre en oración. 

La figura de Cristo se oculta un instante; 
densas tinieblas suben de la tierra y caen del 
firmamento, reuniendo sus crespones. El Pon- 
tífice siente miedo: la oscuridad le ciega, y en- 
tre aquella oscuridad vibran maldiciones y pal- 
pitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en 
una colina aparece la Cruz, sobre la cual blan- 
quea el desnudo cuerpo del Mártir, estriado de 
verdugones por los azotes y veteado de negra 
sangre. Los labios cárdenos se agitan; el Papa 
interrumpe la plegaria, se confunde, se deshace 
en adoración, quiere salir de sí mismo para 
mejor escuchar y beber la palabra divina; y el 
Crucificado —señalando con mirada ya turbia 
hacia el occéano de criaturas que bullen allá 
abajo, escuálidas, transidas, gimientes, doloro- 
sas, maltratadas, ofendidas, en el abandono- 
dice al Papa, en voz que resuena urbi et orbi: 

—Por ellos. 



LA TENTACIÓN DE SOR MARÍA 



Siguiendo costumbre tradicional del conven- 
to, las monjitas de la Santísima Sangre prepa- 
ran, adornan y ofrecen á la adoración de los 
fieles, en el altar mayor, á la hora en que se 
celebra la misa del Gallo, el Misterio del pese- 
bre y gruta de Belén, donde puede admirarse 
la efigie del Niño Dios, obra maravillosa de un 
escultor anónimo. 

Más que inerte imagen de madera, criatura 
viva parece el Niño de las monjas. La encanta- 
dora desnudez de su torso presenta el modela- 
do blando y sólido de la carne. Mollas regorde- 
tas en cuello, piernas y brazos; hoyuelos de rosa 
en carrillos, codos y rodillas; picardía angelical 
en la expresión de los ojos y en la candida risa; 
naturalidad sorprendente en la actitud, que se 
diría de tender las manos al pecho maternal... 
así es el Niño, y por eso las monjitas, cada vez 
que le visten y enfajan, cada vez que le reclinan 
en la paja y el heno aromático de la humilde 



14 



CUENTOS DE NAVIDAD 



cuna, exclaman enternecidas y embelesadas: 
"¡Ay mi divino Señor! ¡Pero si es un pequeñito 

de veras!" 

Turnan rigurosamente las monjitas en el 
oficio y honor de camareras del Jesusín,— y aquel 
año correspondió la suerte á Sor María, monja 
profesa, la más joven y linda de todas. Sor Ma- 
ría ha dejado el mundo, no como suelen dejarlo 
otras religiosas, por contrariados ó infelices 
amores, por sufrimientos, desengaños ó esca- 
seces de fortuna, sino en la flor de sus veinte 
abriles, con el espíritu tan virgen como el cuer- 
po, y el cuerpo tan hermoso como el porvenir 
que sin duda la esperaba al lado de unos padres 
amantes y opulentos, y en un mundo donde todo 
la halagaba y sonreía. Por su serena frente no 
ha cruzado ni una nube; no ha rozado su sién 
ni un aliento de hombre, y su corazón no ha 
palpitado sino para Dios. Su mística vocación 
fue tan firme, que resistió á la oposición deci- 
dida y enérgica de una familia que no se avenía 
á ver sepultarse en el claustro tanta hermosura 
y juventud. Pero Sor María demostró tal júbi- 
lo al tomar el velo, que ya sus mismos padres 
la envidiaban, creyéndola llegada al puerto 
de paz. 

Sintió un gozo inexplicable Sor María al ser 
encargada de la grata faena de vestir al Niño 
para depositarle en el pesebre. Jugar con aquel 
sagrado muñeco había sido el sueño de la joven 
monja en los cinco años que de profesa con- 
taba.— "¡Cuando me toque á mí el Niño, verán 
qué precioso le pongo!"— solía decir á menudo. 



E. PARDO BAZÁN 



15 



Era llegado el instante: el Niño la pertenecía 
por algunas horas, y ya sus manos temblaban 
de emoción ante la idea de poseer la efigie del 
nene celestial. 

i Con qué esmero planchó Sor María los pa- 
ñales por ella misma bordados y calados! ¡Con 
qué diligencia recogió en el jardín rosas tardías 
y frescas violetas oscuras, á fin de esparcirlas 
sobre la camita de paja del Niño! ¡Con qué 
respeto tocó la escultura; con qué reverencia 
la desnudó, con qué avidez miró sus formas 
inocentes y con qué ímpetu repentino, de las 
entrañas, se inclinó para besarla, mordiéndola 
casi en las mejillas, en los hombros, en el re- 
dondo ventrezuelo! 

Algunas monjas, de las más ilustradas y be- 
névolas, estuvieron conformes en que nunca 
había salido tan mono y tan bien adornado el 
Jesusín; pero las viejas gangosas, ñoñas y escla- 
vas de la rutina, murmuraron que le faltaban 
dijes de abalorio y talco y cintas de colores. — 
Y cuando Sor María se recogió á su celda y se 
arrodilló para rezar antes de extenderse en la 
pobre tarima, donde, sin regalo, casi sin abrigo, 
dormía el sueño de los ángeles, sintióse de re- 
pente profundamente triste, y le pareció que 
delante de ella se abría un abismo negro, muy 
hondo, y que la entraban ganas vehementes de 
morir. No penséis mal, oh escépticos, de Sor 
María. ¡No la creáis una monja liviana! 

No era el amor profano y su deleitosa copa 
lo que el tentador hacía girar ante sus ojos pre- 
ñados de lágrimas de fuego. Tened por seguro 



i'6 



CUENTOS DE NAVIDAD 



que la pureza de Sor María llegaba al extremo 
de ignorar si renunciando al amor sacrificaba 
venturas. En el amor sólo sospechaba fealda- 
des, desencantos, humillaciones y groserías 
indignas de un alma escogida y bien puesta. Lo 
que en aquel momento hacía sollozar á la mon- 
ja era el instinto maternal, despertado con 
fuerza irresistible á la vista y al contacto del 
monísimo Jesusín... 

Y mal de su grado, ofuscada por la insidiosa 
tentación (solo el Maldito pudo infundirla tan 
trasnochados y estemporáneos pensamientos), 
Sor María no estaba á dos dedos de renegar de 
los votos y de las tocas y de los deberes que al 
convento lasujetaban. Nunca estrecharía contra 
su infecundo seno una tierna cabecita de rizada 
melena; nunca besaría una frente pura y celes- 
tial; nunca unos brazos mórbidos ceñirían su 
garganta. La única criatura que le había sido 
dado tener en brazos y á la cual pudo prodigar 
ternezas, era un chiquillo de palo, duro, frío, 
que ni respondía á las caricias, ni balbucía en- 
trecortado el nombre de madre. Y Sor María, 
cada vez más hondamente desesperada, acor- 
dábase, en aquella hora fatal, de su propio ho- 
gar que había abandonado, y pensaba en el deli- 
rio con que su padre amaría á un nietezuelo, y 
lloraba con llanto más amargo, con lágrimas 
sangrientas, como lloraría una virgen de Israel, 
condenada á muerte, la esterilidad de su seno 
y la soledad eterna de su corazón, sentenciado 
á no probar nunca el más intenso y completo 
de los cariños femeniles,.. 



É. PARDO BAZÁN 



17 



Mas he aquí que al hallarse Sor María fuera 
ya de sentido y á punto de rebelarse impía- 
mente contra su destino y de romper su jura- 
mento de fidelidad al Divino Esposo, cuentan 
las crónicas (no sé si protestaréis los que lleváis 
sobre las pupilas la membrana del topo, la in- 
credulidad) que la celda se iluminó con luz 
blanca y suave, y que de súbito el Niño del Mis- 
terio, no rígido é inmóvil en su invariable acti- 
tud, sino animado, hecho de carne, sonriendo, 
gorgeando, acariciando, salió de una nube li- 
gera y se vino apresuradamente á los brazos de 
la monja. 

—Soy yo, tu Jesusín, el que nació hoy á las 
doce— parecía balbucir la criatura, halagando 
blandamente á Sor María. Y como ésta pagase 
con besos los halagos, el chiquillo rompió á llo- 
rar tiernamente, y la monja, olvidando sus 
propias lágrimas y su reciente desconsuelo, co- 
menzó á bailar para entretenerle, á arrullarle, 
á cantarle, á contarle cuentos, y al fin le arropó 
en su cama, llegándole al calor de su propio 
cuerpo y recostándole sobre su pecho tibio, que 
henchían activas corrientes de vitalidad y de 
amor. Y allí se pasó la noche el pobre nene, 
hasta que la blanca aurora, que disipa las som- 
bras y ahuyenta las tentaciones, lanzó sus pri- 
meras claridades al través de la reja, y la cam- 
pana llamó al templo á las monjas, que se pas- 
maron del resplandor extático que brillaba en 
el hermoso semblante de Sor María... 

Desde entonces Sor María hace prodigios 
de austeridad, mortificación y penitencia. Sus 



3 



¿8 



CUENTOS DE NAVIDAD 



rodillas están ensangrentadas, sus costados los 
desuella el cilicio, sus mejillas las empalidece 
el ayuno, su boca la contrae el silencio.— Pero 
todos los años, después de la misa del Gallo y 
el Misterio del pesebre, se repite la visita del 
Nifio á la celda melancólica y solitaria, y por 
espacio de unas cuantas horas, Sor María se 
cree madre. 



LA NAVIDAD DEL PELUDO 



Catorce años ele no interrumpida laboriosidad 
podía apuntar el Peludo en su hoja de servicios; 
catorce años en que no hubo día sin ración de 
palos y sin hambre. [El hambre especialmente! 
¡Qué martirio! 

Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero 
trote, obligado por los pinchazos del recio 
aguijón; aguantar picadas de tábanos y de mos- 
cas borriqueras, enconadas, feroces con el sol 
y el polvo, en las llagas de la reciente matadu- 
ra; sufrir talonazos y ver cortar la vara de 
avellano ó de taray que, silbadora y flexible, se 
ha de ceñir á su piel averdugándola; probar la 
dentellada de la espuela y el sofrenazo violento 
del bocado; recibir puñadas en el suave hocico 
y en los ojos, en los dulces y grandes ojos cuya 
mirada siempre expresa mansedumbre; doble- 
garse bajo la excesiva carga; arrastrarse moli- 
do y pugnar por no caer al suelo antes de 
que se termine una caminata tres veces más 



20 



CUENTOS DE NAVIDAD 



fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del 
vigor asnal;— todo esto, con ser tanto, le pare- 
cía miseriuca al Peludo, en cotejo de pasar ro- 
zando una pradería verde como la esperanza, 
mullida y aterciopelada como tapiz de seda, y 
no poder hartar la panza vacía, redondear los 
ijares metidos y chupados y la tripa hueca como 
tubería de órgano. Era tal la impresión que 
causaba al Peludo la vista de la hierba apeti- 
tosa, rociada, velluda, de los dorados pajares 
y de las mieses en sazón; tal la rabia que sentía 
al oir el murmurio de la fuente cuando secaba 
sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda 
pegajosa del camino real; tal la violencia de su 
furioso apetito y el ímpetu de su colosal gazuza, 
que más de una vez, él— el manso, el resignado, 
el trabajador, el obediente— pensó hacer una 
muy gorda y sonada: soltar un rebuzno de 
guerra y arremeter á coces y á muerdos con- 
tra su despiadado jinete, su espolique, su amo, 
su tirano... ¡Qué deleite arrojar al suelo el las- 
tre de sacos de harina, que pesan cual plomo, 
patearlos, reventarlos; que la harina se espar- 
ciese por la carretera; meter en ella el hocico, 
aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! 
Y si era mucha el ansia de comer, no menor la 
de revolcarse. ¡Revolcarse! ¡Cuánto tiempo, 
desde su tierna infancia, su época de buchecillo 
retozón y candoroso, que no se revolcaba, con 
las cuatro patas batiendo el aire y la gris ba- 
rriga al sol, el Peludo! 

Cruzaban estas ráfagas de emancipación por 
la deprimida mollera del esclavo, pero no ad- 



E. PARDO BAZÁN 



2Í 



quirían consistencia; eran aleteos pasajeros que 
abatía al punto la convicción de su eterna ser- 
vidumbre y de que la había dispuesto la suerte, 
el faium que preside á la existencia del jumen- 
to. Sí; lo peor del caso es que al Peludo la des- 
gracia le había, hecho fatalista; no esperaba 
nada de la Providencia, ni se atrevía á creer 
que pudiese lucir para él jamás un instante de 
relativa dicha. Hiciese lo que hiciese, lo mismo 
tenía que ser... Hambre y palos, palos y ham- 
bre... Arriba con la carga; avante por la senda 
—y nada de protestas ni de quiméricos en- 
sueños. 

Razón llevaba el paciente Peludo en [descon- 
fiar de la suerte y en prometerse mayores des- 
venturas; su amo, en vez de mostrarle algún 
apego, una pizca de consideración, á medida 
que el Peludo perdía fuerzas, agilidad y bríos, 
iba tratándole con mayor dureza y encomen- 
dándole las tareas más rudas y bajas, los trans- 
portes más reventadores y las jornadas á palo 
seco en todo el rigor de la frase. Por eso, la 
glacial y lluviosa noche del 24 de Diciembre 
encontró al cuitado Peludo sufriendo la intem- 
perie con cachaza estoica, atado á una argolla 
de hierro, á la puerta de la conocida taberna 
del Pellejón, una de las varias que salpican las 
orillas de la carretera de Marineda á Brigos. 
Otras veces no faltaba para el Peludo en aquel 
templo báquico el abrigo de una cuadra ó de un 
estercolero, ó siquiera de un cobertizo cerquita 
del pajar; pero ésta era noche de bulla y pa- 
rranda de regodeo y jarros colmados de vino 



12 



CUENTOS DE NAVIDAD 



y aguardiente, y cuando el Peludo, al trotecillo 
desmayado de sus provectas patas, se acercó á 
la taberna, no quedaba sitio ni techo para él. 
De dos puntillones, el amo le pegó á la pared, 
le amarró á la anilla, y allí se quedó el jumen- 
to, sin más techo que un emparrado desnudo de 
follaje, cuyas ramas goteaban hilos de agua 
llovediza, formando una charca bajo los cascos. 

Veía el Peludo, al través de los vidrios de la 
ventana, la sala de la taberna iluminada, ale- 
gre, llena de hombres que jugaban á los naipes, 
disputaban, despachaban guisotes de bacalao y 
apuraban vasos de caña y tinto. Mientras los 
racionales celebraban así la Navidad, el asno, 
transido y empapado hasta los huesos, rendido 
de cansancio y desfallecido de necesidad, no 
tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y 
doloroso rebuzno pidiendo sustento y calor. Una 
nube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. 
Iba á caer sobre el fango líquido, cuando advir- 
tió una claridad suave, muy diferente de la que 
derramaban las pestíferas candilejas de la ta- 
berna, y divisó á su lado, con profunda sorpre- 
sa, á otro borrico: un asno plateado, de lu- 
ciente pelo, vivaracho, cordial. ¡Qué compañía 
tan grata! u ¡Hi~ho. fl) flauteó dulcemente el 
caduco y asendereado jumento. Púsose el recién 
venido á roer con los dientes la cuerda que al 
Pelado sujetaba, y presto le dejó libre. Echó á 
andar el argentado borriquillo, y detrás de él, 
sin meterse en más averiguaciones, el Peludo, ya 
regocijado y fuerte. A medida que adelantaban, 
la noche se hacía transparente, estrellada, tibia; 



E. PARDO BAZÁN 



23 



el camino fácil, seco, llano, lindo. A derecha é 
izquierda, prados de un tono de felpa verdegay, 
esmaltados de violetas y ranúnculos, convida- 
ban al Peludo á saciar su apetito; arroyos cris- 
talinos le brindaban con qué apagar su sed. Y 
el Peludo^ entrando á saco, descuidado, libre, 
se entregó á la hierba jugosa; desde lejos podía 
oirse el ruido de molino que al mascar produ- 
cía su vieja dentadura. Bebió á su talante en 
los manantiales; atracóse de trébol y hierba 
mollar, y al paso que devoraba, redondeábase 
su panza como globo que se infla, hasta que de 
súbito estallaron las cinchas que sujetaban la 
albarda, y quedóse en pelota, feliz como un rey. 
¡ Ahora sí que no se sentía fatalista el Peludo! 
Tan dichosa aventura le convertía en el mayor 
providencialista del universo. En lontananza 
empezaba á despuntar la mañanica dorada y 
risueña; las violetas del prado olían á gloria; 
todo incitaba á un revuelco deleitable, y jzás! 
el Peludo se dejó caer y se puso á nadar en 
aquel golfo de verdura, impregnándose de olo- 
res floréales/ recogiendo en su pelambrera 
hojas de manzanilla. El asno se sentía victo- 
rioso, envuelto en luces de gloria. Y allá en 
los aires, lejos, alto, voces misteriosas repetían 
la profética cláusula: "Nos ha nacido un niño, 
y se llama Emanuel..." El asno de plata, salva- 
dor del Peludo, le miraba entre compasivo y 
amigable, y le rebuznaba bondadosamente: 
"¡Hi—ho! ¿No me conoces? Soy el que calentó 
con su aliento á Jesús en el establo... y el que 
llevó á Egipto á María la Nazarena... " 



2 4 



CUENTOS DE NAVIDAD 



A la puerta de la taberna, el amo del Peludo, 
al salir de madrugada con los humos de la em- 
briaguez muy densos aún, vio á su montura 
tendida en la charca, los ojos vidriosos, las 
patas rígidas.— Rompióse la cuerda — observó 
el tabernero.— No le dé patadas— agregó— que 
de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto. 
—Pero el amo, con la terquedad característica 
de los beodos, seguía descargando puntapiés al 
animal, jurando, blasfemando y maldiciendo. 
Al fin, convencido de lo inútil de sus esfuerzos, 
soltó una opaca risotada.— Paralo que servía... 
—gruñó.— Ya ni podía conmigo... 



JESUSA 



El matrimonio vió al fin cumplidos sus de- 
seos: la niña vino al mundo un 24 de Diciem- 
bre, circunstancia que pareció señal del favor 
divino; pusiéronle en la pila el dulce nombre de 
Jesusa, y la rodearon de cuanto mimo pueden 
ofrecer á su único retoño dos esposos ya madu- 
ros, muy ricos, y que sólo pedían á la suerte 
una criatura á quien transmitir fortuna y nom- 
bre. La cuna fue mullida con pétalos de rosa, y 
hasta el ambiente se hizo tibio y perfumado, 
para acariciar el tierno rostro de la recién na- 
cida... 

Todos hemos narrado alguna vez la triste 
historia de la niña pobre y desamparada, que 
harapienta y arrecida, con el vértigo del ham- 
bre y la angustia del abandono, vaga por las 
calles implorando caridad, hasta que cae ren- 
dida y la nieve la envuelve en blanco sudario. 
El grito de la miseria, el clamor del vientre va- 
cío, es penetrante y humano... pero también su- 



26 



CUENTOS DE NAVIDAD 



fre el rico, y sus dolores, inaccesibles al fácil 
consuelo que se reparte con un puñado de mo- 
nedas, no hallan alivio sino en la misericordia 
de Dios... El que compare á la chiquilla sin pan 
ni hogar con la chiquilla envuelta en algodones 
y harta de goces y juguetes; á la que jamás re- 
cibió un beso con la que agasaja en su seno una 
madre idólatra,— se indignará contra la injusti- 
cia social y apelará de ella á la justicia infa- 
lible. 

Cruzad la calle, deslizad un socorro en la 
mano escuálida de la mendiga, y penetrad des- 
pués en la morada de la familia de Jesusa. El 
contraste, al pronto, os parecerá hasta sacrile- 
go. Cualquier chirimbolo de los que decoran el 
gabinete, cualquier fruslería de rubia concha, y 
cincelada plata, de las mil esparcidas sobre las 
mesillas del tocador, vale más de lo que costa- 
ría dar un año entero pan, luz y abrigo á la in- 
feliz que tirita allá fuera, en el ángulo de la 
manzana, de pie contra una cancilla menos dura 
que algunos corazones. 

Pasad el umbral de la alcoba tapizada de 
seda: acercaos á la camita virginal, esmaltada 
de blanco y oro, y contemplad la cabeza que 
descansa sobre la batista... Ved ese rostro 
transparente como alabastro, esos ojos de vio- 
leta, tan infinitamente melancólicos. Si pudié- 
seis alzar la sábana sin ofender el pudor de la 
niña—que ha cumplido sus once años ya,— se 
ofrecería á vuestra vista algo sin nombre ni 
forma, uno de esos cuadros que sobrecogen: 
una especie de insecto mísero: piernas como 



E. PARDO BAZÁN 



2 7 



hilos retorcidos, manos que semejan contraídas 
por la acción del fuego, doble gibosidad en el 
pecho y la espalda, flacura de carnes secas y 
consumidas por el padecimiento. \Y si la en- 
fermedad se contentase con haberla desfigu- 
rado! Pero son tan incesantes sus torturas, tan 
variadas, tan horribles, que hay horas negras 
en que el padre susurra al oído de la madre, en 
voz opaca: 

— ¡No sería mejor despedir á tanto médi- 
co... suprimir tanto remedio... no agobiarla... 
dejarla que!... 

Y la madre responde con acento en que tiem- 
blan irrestañables lágrimas: 

— No, no... Mientras hay vida... 

En el martirizado cuerpo, la inteligencia 
vela, despierta desde muy temprano. A los seis 
años, Jesusa decía de esas frases que cortan el 
alma. Las tempranas intuiciones, las precoci- 
dades, si en el niño sano regocijan, en el enfer- 
mo afligen con aflicción honda, como es hondo 
el abismo del humano dolor. 

— Mamá, ¿soy yo mala? — gemía la inocen- 
te.— No, eres muy buena, muy buena. —Enton- 
ces, ¿por qué me castiga Dios?— No es casti- 
go...— sollozaba la madre. — Es que después, 
cuando te mejores, has de disfrutar mucho... y 
es que ahora, si es verdad que estás malita, 
también tienes más cosas bonitas que las otras 
niñas, más muñecas, más juguetes, más flores, 
unas cajas preciosas...— Callaba la enferma un 
minuto, cerrando sus pupilas de marchita vio- 
leta, y las abría luego para exclamar:— Pues 



CUENTOS DE NAVIDAD 



dales todo eso á los niños que no tienen... y 
ellos que me den no estar enferma un día... 
¡Mamá, siquiera un día! 

Al correr del tiempo, al multiplicarse los fe- 
nómenos del extraño padecimiento nervioso de 
Jesusa, arraigábase en su mente la idea de la 
sustitución, y la creía posible ó segura, mejor 
dicho. ¿Por qué no la complacían sus padres? 
¿Había cosa más sencilla y natural? Que repar- 
tiesen á los golfos y á los mendigos sus joyas y 
sus muñecos caros; que les enviasen á cestos 
las golosinas; que les entregasen las sábanas 
de encaje y el edredón de plumón de cisne..., y 
que ellos, á su vez, la socorriesen con unas mi- 
gajas de salud, de la riente salud que alegra el 
mundo, que calienta la sangre, que resplandece 
como el sol y hermosea el vivir. ¡Levantarse de 
aquella cama, andar, salir á la calle, respirar 
el aire libre, sin dolores, lista, ágil, contenta! 

A fuerza de hablar de la sustitución, Jesusa 
acabó por contagiar á su padre. Los desgracia- 
dos tienen siempre los brazos abiertos para 
abrazar á la quimera. La esperanza es ingenio- 
sa y supersticiosa.— Verás, nena mía... Voy á 
darte gusto, voy á socorrer á los niñitos po- 
bres... Así que les haga mucho bien, tú sana- 
rás...— Y empezó su carrera de filántropo, des- 
cubriendo cada día, en la inagotable mina de la 
miseria, nuevas vetas que explotar, y soñando, 
á cada hallazgo, que allí podría estar la cura- 
ción de su enferma. Subió á muchas buhardi- 
llas, llevando la bolsa llena y el médico preve- 
nido; recogió y trajo en brazos, á las altas ho- 



E. PARDO BAZÁN 



29 



ras de la noche, al golfo que dormía aterido y 
desfallecido de hambre sobre un banco ó al tra- 
vés de una puerta, y se gozó en el golpe mági- 
co del despertar de la criatura ante una sucu- 
lenta cena y con la perspectiva de un mullido 
lecho; redimió de la abyección á niñas que aún 
no tenían conciencia del pecado, y las llevó á 
establecimientos benéficos, donde las inculca- 
sen el trabajo y la honestidad; pagó nodrizas á 
desvalidos huérfanos; desató un río de aceite 
de hígado de bacalao para los chiquitines es- 
crofulosos, y en verano envió á las orillas del 
mar á hijos de obreros, devorados de anemia... 
Mas Jesusa, enterada de tan santas acciones, 
no cesaba de mover su cabeza macilenta, de 
cerrar dolorosamente las lánguidas violetas de 
sus ojos. No era bastante; no se contentaba 
Dios todavía con eso. 

Mayor sacrificio pedía sin duda... Prueba de 
lo estéril del esfuerzo, era que Jesusa empeo- 
raba, que redoblaban sus sufrimientos, que la 
fiebre la consumía, que su piel se pegaba á los 
huesos abrasada por el mal, y que en los acce- 
sos, á cada paso más frecuentes, sentía, ó como 
un ascua en sus entrañas, ó como un enorme 
témpano de hielo en su corazón, próximo á ce- 
sar de latir. ¿Iba á durar eternamente aquella 
infernal tortura? ¿No se apiadaría Dios? ¿No la 
sanaría de repente del todo, dejándola alzarse, 
fuerte y gozosa, en el ímpetu de la juventud, á 
disfrutar de la existencia, á reir, á correr, á 
saltar como los pájaros felices? 

Llegó la Nochebuena, el cumpleaños de Je- 



30 



CUENTOS DE NAVIDAD 



susa. En tal día, sus padres la abrumaban á re- 
galos, inventaban caprichos para darse el gus- 
to de satisfacerlos. Se armaba el belén, reno- 
vado siempre, siempre más lujoso, de más finas 
figuras, de más complicada topografía; pero 
aquel año, suponiendo que la enferma estaba 
cansada ya de tanto pastorcito y tanta oveja y 
tanto camello, discurrió la madre colocar un 
precioso Niño Jesús, de tamaño natural, joya 
de escultura, en un pesebre, sobre un haz de 
paja. La sencilla imagen atrajo á la abatida 
enferma. Parecía una criatura humana, allí 
echada, desnudita. Y al mirarla, al pensar que 
tendría mucho frío, Jesusa creyó adivinar por 
qué no la sanaba á ella Dios... No bastaba dar 
á otros niños limosna y socorro: era preciso 
ser como ellos, aceptar su estado, abrazarse á 
la humildad, á la necesidad, imitando al Jesús 
que reposaba entre paja, sobre unas tablas tos- 
cas... Afanosamente, la niña llamó á su madre 
y suplicó, trémula de ilusión y de deseo: 

—Mamá, por Dios... Haz lo que te pido y 
verás si sano... Ponme como están los niñitos 
pobres... Echa paja en elsuelo, acuéstame ahí... 
No me tapes con nada, déjame tiritar... 

Resistíase la madre, temblando de miedo á 
la idea de su hija con frío y sobre unas tablas; 
pero, á pesar suyo, el loco ensueño también se 
apoderaba de su espíritu. ¿Quién sabe? ¿quién 
sabe?... Las alas de la quimera batían misterio- 
samente el aire en derredor... Alejó á los cria- 
dos, miró si nadie venía... y cargando el leve 
peso de la enferma, la tendió sobre la paja es- 



E. PARDO BAZÁN 



parcida, en el mismo pesebre donde sonreía y 
bendecía el Niño; Jesusa abrió los ojos, miró 
ansiosamente á la imagen, y después los cerró 
con lentitud. Su carita demacrada, crispada, 
expresó de pronto la mayor serenidad; una es- 
pecie de beatitud bañó las facciones, iluminó la 
frente; un ligero suspiro salió de la cárdena 
boca... La madre, aterrada, se inclinó, la llamó 
por su nombre, la palpó... No respondía; el sue- 
ño se realizaba; los dolores de Jesusa habían 
cesado; no volvería á sufrir. 



NOCHEBUENA DE JUG-ADOR 



El vicio del juego me dominaba. —Cuando 
digo el vicio del juego, debo advertir que yo no 
lo creía tal vicio, ni menos entendía que la ley 
pudiese reprimirlo sin atentar al indiscutible de- 
recho que tiene el hombre de perder su hacien- 
da lo mismo que de ganarla. u De Impropiedad es 
lícito usar y abusar", repetía yo desdeñosamen- 
te, burlándome de los consejos de algún amigo 
timorato. 

No obstante mi desprecio hacia el sentimien- 
to general, procuraba por todos los medios que 
en mi casa se ignorase mi inclinación violenta. 
Habíame casado, loco de amor, con una precio- 
sa señorita llamada Ventura; estrechaba más 
nuestra unión la dulce prenda de un niño que 
aún no sabía, si yo le llamaba, venir solo á mis 
brazos; y por evitar á mi esposa miedo y an- 
gustia, escondía como un crimen mis aficiones, 
sorteando las horas para satisfacerlas. Precau- 
ciones idénticas á las que adoptaría si diese á 

3 



54 



CUENTOS DE NAVIDAD 



mi mujer una rival, adoptaba para concurrir al 
Casino y otros centros donde se arriesga, al 
volver de un naipe, puñados de oro; é inven- 
tando toda clase de pretextos— negocios bur- 
sátiles, conferencias con amigos políticos, en- 
fermos que velar, invitaciones que admitir— co- 
honestaba mis ausencias y explicaba de algún 
modo mi agitación, mi palidez, mis insomnios, 
mis alegrías súbitas, mis abatimientos, la alte- 
ración de mi sistema nervioso, quebrantado por 
la más fuerte y honda tal vez de las emociones 
humanas. 

Hacía tiempo que no poseía sino lo que al 
juego me granjeaba. Dueño de un mediano cau- 
dal, había ido enajenando mis fincas para cu- 
brir pérdidas. Vino después una larga tempo- 
rada de prosperidad, pero invertí las ganancias 
en valores fáciles de negociar, que } r a merma- 
ban recientes descalabros. Nada de esto notaba 
mi Ventura, porque, á semejanza de casi todas 
las mujeres, recibía de manos de su esposo el 
dinero sin preguntar su origen. Segura de mi 
cariño, pasiva 3^ feliz en su hogar, ni se la ocu- 
rría ni quizás deseaba conocer el estado de 
nuestros intereses. En las ocasiones felices, yo 
la traía ricas alhajas y la compraba lindos tra- 
jes; en los momentos de estrechez, una indica- 
ción mía bastaba para que ella redujese el gas- 
to y aplazase los pagos, con instintiva compli- 
cidad. Pero si mi esposa no me causaba inquie- 
tud y el desorientarla me parecía facilísimo, 
otra persona de la familia me inspiraba indefi- 
nible recelo. 



E. PARDO BÁZÁN 



55 



Era esta persona el hermano mayor de Ven- 
tura, mi cuñado Bernardo, hombre de entendi- 
miento vivo y sagaz, de fogosa condición, á 
quien penas ignoradas, quizás dolorosos des- 
engaños, impulsaron á abrazar el estado ecle- 
siástico. Bernardo ejercía su ministerio con un 
celo abrasador, con sed de sacrificio que le 
consumía, demacrando su cuerpo y encendien- 
do en sus azules ojos perpetua llama. Los tales 
ojos, al fijarse en mí, mostraban vislumbres de 
desconfianza y severidad. Indudablemente el 
santo altruista, consagrado á hacer el bien, ol- 
fateaba en mí la egoísta y desenfrenada pasión 
que teñía de un círculo de oscuro livor mis pár- 
pados y hacía temblar febrilmente mi mano 
cuando estrechaba la suya. Una desazón, un 
desasosiego parecido al del que con ropa sucia 
arrostra la luz del sol en un paseo concurrido, 
me asaltaban al encontrarme frente á frente 
con Bernardo. Este, que vivía fuera de Madrid, 
absorbido siempre por empresas de beneficen- 
cia, fundaciones de Asilos y Asociaciones cari- 
tativas, sólo venía á vernos dos veces al año; 
en Pascua de Resurrección y en Navidades. 

Acercábase precisamente esta solemne épo- 
ca del año, cuando la suerte, que ya se me ha- 
bía torcido, comenzó á mostrarse airada contra 
mí. Soplaba la racha negra, y soplaba tan in- 
clemente y dura, que arrebataba mis esperan- 
zas todas. Fallaban mis más laboriosas mar- 
tingalas; se malograban mis golpes de habili- 
dad, mis corazonadas se desmentían y naipe 
que yo tocase era naipe funesto. Encarnizado 



36 



CUENTOS DE NAVIDAD 



en el desquite, me precipitaba con ciega cólera, 
obstinándome en despeñarme, agotando mis 
recursos, desafiando al porvenir. La intuición 
de que se me venía encima la catástrofe, redo- 
blaba mi desesperada energía. Debiendo ya so- 
bre mi palabra crecida suma, busqué un pres- 
tamista— ei más usurero, el más infame— y sin 
vacilar, como quien cierra los ojos y se arroja 
á una sima, me abandoné á sus uñas, firmando 
cuanto quiso, comprometiendo mi honor á cam- 
bio de la inmediata posesión de la cantidad que 
necesitaba para saldar mi deuda en el Casino y 
tentar el golpe supremo. Estaba determinado 
á que no luciese para mí el día de confesarle á 
Ventura que nos aguardaba la miseria y la 
afrenta además. Cierto que á veces se me ocu- 
rría decirla: "Figúrate que yo era un negocian- 
te; he quebrado; es preciso resignarse y traba- 
jar.'' — Pero inmediatamente comprendía la im- 
posibilidad, el absurdo de calificar de quiebra 
los resultados de mi desorden. Si caía á los pies 
de mi mujer revelando la verdad, tendría que 
implorar perdón, como cumple al que faltó á 
sus deberes. Antes morir, y morir me parecía 
la solución única del pavoroso conflicto. En 
aquellos instantes veía tan claro como la luz 
que la muerte era precisa y natural consecuen- 
cia de mi modo de entender la vida, y el dere- 
cho de jugar, hermano del de suicidarse: ambos 
se reducían á uno solo... "Usar y abusar''... Y 
morir sin miedo. 

Con estos pensamientos volví á mi casa la 
tarde del día 24 de Diciembre, llevando en el 



E. PARDO BAZÁN 



37 



bolsillo la cantidad obtenida del usurero. No 
bien entré en la antesala, sentí que me abraza- 
ban á un tiempo por el cuello y por las piernas. 
El primer abrazo era el de la mujer amante, 
que unía su rostro al mío con arrebato mimoso; 
el segundo... ¿Quién puede abrazar por más 
abajo de la rodilla, sino el nene, el muñeco que 
se ensaya en romper á andar y aun necesita 
agarrarse á algo para no caer de bruces? 

Sentí que el corazón se me hendía; sentí que 
me acudían lágrimas á los ojos; y apartándome 
bruscamente, por disimulo, exclamé: 

—¿Qué pasa? ¿A qué viene esto? 

—Ha llegado Bernardo— respondió Ventura 
sorprendida de mi sequedad. 

—Tío Nado— repitió mi pequeño, que acom- 
pañó esta gracia con una risa estrepitosa. 

—Pues toma— dije entregando á mi mujer un 
puñado de billetes, — prepara una cena; pero una 
cena de verdad, como me gustan... y ahora dé- 
jame, hijita, déjame un poco; quiero reposar, 
me duele la cabeza, y de aquí á la noche espe- 
ro mejorarme para charlar con Bernardo. 

Ventura obedeció, y yo me encerré á escri- 
bir una especie de testamento y despedida. Mis 
dientes castañeteaban; concluí la tarea, regis- 
tré mis pistolas, las cargué, me eché sobre el 
sofá y fumé nerviosamente, cigarro tras ciga- 
rro, hasta que Ventura, solícita, vino á avisar- 
me para cenar. Era temprano, porque el niño 
no podía faltar de la mesa en noche semejante 
y su madre evitaba tenerle despierto hasta las 
mil. Nos dirigimos al comedor, iluminado por 



33 



CUENTOS DE NAVIDAD 



bujías rosa, alegrado por la blancura de los 
manteles y el destellar del cristal y de la plata. 

La sopa de almendra humeaba suavemente 
y trascendía á gloria; las frutas raras se api- 
ñaban en el centro de mesa, reflejado por una 
luna de espejo circundada de rosas tardías; en 
las copas reía ya el Sauterne amarillo, y mi 
mujer, engalanada, compuesta, sonriente, con 
el rizado pelo algo fosco y las mejillas rubicun- 
das, se acercó á mí y murmuró acariciándome 
con la voz: 

— ¿No saludas al forastero? Ahí le tienes. 

Abracé á Bernardo, y empezó la cena, ani- 
mada al principio por las genialidades del nene 
y las coqueterías de Ventura, empeñada en 
que alabase su tocado y tan resuelta á conquis- 
tarme, que hasta apoyó sobre mi píe el suyo 
chiquitín. Sin embargo, languideció la conver- 
sación bien pronto; no era difícil notar que Ber- 
nardo y yo estábamos pensativos. A las pre- 
guntas inquietas de mi esposa respondí alegan- 
do cansancio y jaqueca; pero Bernardo, el de 
las chispeantes pupilas azules, declaró categó- 
ricamente: 

—Tu marido tendrá lo que guste, y no querrá 
enterarnos del por qué parece un reo á quien le 
acaban de leer la sentencia ahora mismo; pero 
lo que es yo... estoy así... porque me da ver- 
güenza cenar tan bien, con salmón, y ostras, y 
langostinos, y vinos añejos, y no poder ofrecer 
á algunas familias pobres, ya que no estos fes- 
tines de Lúculo, al menos el pan del año, el 
fuego del hogar y ropa con que abrigarse las 



E. PARDO BÁZÁN 



39 



carnes. El Apóstol enseñaba que los cristianos 
no deben encerrarse para comer manjares su- 
culentos. Nosotros nos saciamos de cosas ricas, 
y vamos á brindar con un Champagne... que ya 
lo conozco de otras veces... ¡Clicquot! mientras 
los pobres... No puedo evitar esto, ni vosotros 
podéis; pero allá dentro, hay un rincón de mi 
alma que llora. ¡Cómo ha de ser! ¡No acierto á 
remediarlo! 

Decir esto el sacerdote, y cruzar por mi 
imaginación el chispazo de una idea, fue todo 
uno; ni dió tiempo á la reflexión, ni á que yo 
calculase el efecto que en Bernardo iban á pro- 
ducir mis palabras. Me levanté, llené una copa 
del Champagne que frío como nieve ya lucía 
en la jarra de cristal tallado, y la tendí á Ber- 
nardo, exclamando de un modo significativo: 

— ¡Pues brinda... ó reza! para que se logre 
un plan que tengo yo... Si se logra, asegurarás 
el pan á algunas familias. 

Bernardo echó mano á su copa, y antes de 
alzarla, fijó en mí las fascinadoras pupilas. A 
mi parecer, me registraba el cerebro, me veía 
la conciencia y me leía como se lee un abierto 
libro. 

De pronto, con súbita decisión, tendió la 
copa, la acercó á la mía, las chocó, y pronun- 
ció majestuosamente: 

—Brindo ahora... Rezaré después. Deseo 
que se logre tupian... pero una vez sola ¿en- 
tiendes? Una sola. 

Consideré sellado el pacto. En mi supersti- 
ción de jugador lo había ensayado todo, jita- 



40 



CUENTOS DE NAVIDAD 



ñas y médiums, amuletos y pueriles conju- 
ros... todo, excepto interesar á Dios por el cebo 
de La caridad, partiendo mis ganancias con el 
Arbitro supremo, cuya previsión sirve al ciego 
azar de invisible lazarillo. ¡Poner al cielo d e mi 
parte! Sí, porque el cielo tampoco podía querer 
que yo ejecutase la resolución postrera y defi- 
nitiva, la única que cortaba el nudo infernal de 
mi destino... 

Así que terminó la cena, me levanté, alegué 
una excusa, dejé á Ventura malhumorada y á 
Bernardo meditabundo, y salí desalado, á ju- 
gar, no ya el dinero, sino la honra y la exis- 
tencia, la existencia que en aquel momento rae 
parecía tan seductora, tan digna de ser vivida, 
entre los halagos de una mujer enamorada y 
la luminosa sonrisa de un querubín que me pe- 
día protección y ayuda para andar, cogiéndose 
á mis piernas... 

Por las calles se oía tumulto de gentío, re- 
pique alegre de panderetas, rasgueos de guita- 
rrillo; en las casas, la luz se filtraba delatando 
la reunión de los que se quieren en íntima fies- 
ta; y yo pensaba, mientras el coche que había 
tomado á mi puerta iba rodando hacia el Casi- 
no: "Si marro, esta es mi Nochebuena última." 

¿Sabéis lo que se llama una suerte desatina- 
da, increíble, loca? Pues así la tuve yo desde el 
primer instante. Sobraban horas para jugar, y 
estaban allí los puntos fuertes, los de repleta 
cartera y crédito firme. Sin tregua los arrollé: 
no recuerdo vena igual: parecía cual si viese al 
trasluz las cartas que iban á salir, ó un poder 



E. PARÜO BAZÁN 



41 



invisible me dictase la puesta. Como si Dios se 
esmerase en cumplir el pacto, mi vena aumentó 
desde que sonó la media noche. 

Al regresar a mi domicilio, entré en el cuar- 
to de Bernardo. El cura estaba despierto; me 
esperaba sin duda. 

—Acuéstate— le dije,— y duerme bien, que 
mañana tendrás con qué dar á esas familias 
pobres el pan del año. 

Vi en el expresivo rostro del sacerdote in- 
dicios ele perplejidad y zozobra. Comprendía 
perfectamente el origen del dinero que 3^0 ve- 
nía á ofrecerle en cumplimiento del trato, y su 
conciencia batallaba con su pasión de hacer 
bien, de consolar penas, de enjugar lágrimas. 
Débil, por fin, vencido del deseo, sacudido por 
una trepidación interior que le enronqueció la 
voz siempre sonora, me cogió las manos entre 
las suyas, y murmuró: 

—Acepto... Venga... Sólo que ¡acuérdate!... 
La condición.., 

—Hoy ha sido la última vez: palabra de ho- 
nor—respondí adelantándome á su ruego. 



No sé si me creeréis, pero no he jugado más 
desde aquella Nochebuena. Al principio se me 
crispaban los dedos y la cabeza se me desva- 
necía con el ansia de volver á probar las amar- 
gas delicias del juego; después, poco á poco, 
vino la calma: el olvido ¡nunca! Negocié, labré 
una fortuna, y aprendí que puedo usar de ella, 
pero no abusar. Sé que soy depositario. El due- 
ño está arriba. 



DE NAVIDAD 



Este cuento pasa en el siglo xvi, en una de 
esas ciudades ele Italia que gobernaba un tira- 
no. Llamémosle á la ciudad, si queréis, Monta- 
nero, y á su tirano Orso Amadei. 

Orso era un hombre de su época, feroz, des- 
almado, disimulado en el rencor, implacable 
en la venganza. Valiente en el combate, mag- 
nífico en sus larguezas y exquisito en sus afi- 
ciones artísticas, como los Médicis, festejaba 
en su palacio á pintores y poetas y recibía en 
su cámara privada á los sospechosos alquimis- 
tas de entonces, que si no consiguieron fabricar 
oro, no ignoraban la fórmula de destilar activos 
venenos. 

Cuando á Orso le estorbaba un señor, le 
atraía, jurábale amistad, comulgaba con él — 
¡horrible sacrilegio!— de la misma hostia, le 
sentaba á su mesa... y en mitad del banquete el 
convidado se levantaba con los ojos extravia- 
dios y espumante la boca, volvía á caer retor- 



44 



CUENTOS DE NAVIDAD 



ciéndose... mientras el anfitrión, con hipócrita 
solicitud, le palpaba para asegurarse de que el 
hielo de la muerte corría ya por sus venas. 

Con los villanos no gastaba Orso tantas ce- 
remonias: los derrengaba á palos, ó los dejaba 
consumirse de hambre en un calabozo. 

Orso era viudo dos veces: á su primera mu- 
jer la había despachado de una puñalada, por 
celos; á la segunda, la única que amó, se la 
mató en venganza Landolfo dei Fiori, hermano 
de la primera. Esta no había dejado hijos: la se- 
gunda sí, una hembra y dos varones. Perecieron 
los varones en un oscuro lance militar, una em- 
boscada que tal vez preparó el mismo Landolfo, 
y quedó la niña Lucía, para continuar la maldi- 
ta familia de Amadei. 

Discurría ya su padre el Príncipe con quien 
desposarla, cuando Lucía declaró que deseaba 
tomar el velo. Orso se desesperó, porque, á 
su manera, adoraba á aquel último retoño de 
su raza; mas no hubo remedio; la voluntad de 
Lucía se impuso, y la niña entró en un monas- 
terio de la Orden de Santo Domingo, en que 
había florecido Catalina, llamada Eufrosina , 
á quien el mundo venera] hoy con el nombre 
de Santa Catalina de Sena. 

La tierna juventud, la candida belleza y la 
ilustre cuna de la hija del tirano, aumentaron 
el asombro de su penitencia. En un siglo ya 
pagano, renovó las duras penitencias de eda- 
des más fervorosas. 

Su alimento era un puñado de hierbas coci- 
das; su cama dos quilmas sin paja; su ropa in- 



K. PARDO BAZAN 



45 



terior un burdo tejido de Cilicia, que llagaba la 
delicada piel; y cuando se levantaba á orar, en 
las noches de Enero, después de tomar una 
hora de descanso sobre las losas húmedas, 
que quebrantaban sus huesos todos, apenas 
podía sostenerse de debilidad y las palabras 
del rezo se confundían en su boca. 

Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no 
había nacido para la mortificación y el dolor, 
sino para agotar las alegrías de la vida, para 
recrearse en el grato sonido del bandolín, en el 
armonioso ritmo de las estancias de los poetas, 
en la magia del color, en la dulce y misteriosa 
calma de los jardines, donde sonreía la eterna 
hermosura de las estatuas griegas, — y sólo el 
peso de ajenas culpas y el anhelo de la expia- 
ción la habían arrojado palpitante de angustia 
y de terror al pie de los altares, donde á cada 
minuto recordaba involuntariamente el mundo 
y sus goces. 

Como Catalina de Sena, más de una vez se 
vió asaltada por tentaciones impuras y por 
imágenes engañadoras y burlonas; pero abra- 
zada ala cruz,. resistió heroicamente; lloró, se 
hirió las carnes y, al fin, conoció su victoria en 
la paz que descendía á su espíritu. Arrobos y 
dulzuras inexplicables sucedieron á los desfa- 
llecimientos, y Lucía se sintió consolada. 

Llegó la Navidad, aniversario de su profe- 
sión. Vino la Nochebuena, acompañada de mu- 
cha nieve; pero cuanto más espeso era el suda- 
rio que cubría el huerto del convento, más ca- 
lor notaba Lucía en su celda solitaria; una ilu- 



4 6 



CUENTOS DE NAVIDAD 



sión singular le mostraba, al través de los em- 
plomados vidrios, que en lugar de copos de 
nieve llovían sobre las ramas de los árboles y 
sobre la dura tierra millares de azucenas níti- 
das, finas como plumas arrancadas del ala de 
los ángeles. 

Sembrado de azucenas estaba todo , y la 
blancura del jardín despedía una claridad que 
alumbraba la celda con rayos de luna, más 
vivos y lucientes que la misma plata. De pron- 
to, envuelto en olas de luz apacible, Lucía vid 
á un precioso Niño; una criatura que sonreía, 
que tendía los bracitos, y á quien la monja re- 
cibió enajenada en ellos. 

—Esta noche— dijo el Niño amorosamente — 
he querido favorecerte, Lucía, y en vez de na- 
cer en el pesebre, naceré en la celda donde tan- 
tas veces me has invocado. 

Lucía permaneció algunos instantes fuera 
de sí; el favor era extraordinario y, en su hu- 
mildad, no se creía digna de él. Apenas pudo 
recobrarse, juntó las manos y se postró implo- 
rando al Niño. 

—Si quieres que sea dichosa tu sierva, Niño, 
mi Niño del alma... concédeme lo que voy á 
pedirte. ¡ Ah! Es cosa grande y difícil,— pero si 
tú no puedes realizar imposibles, ¿quién los 
realizará? Acuérdate de lo que he luchado, 
acuérdate de mis sufrimientos... y en vez de na- 
cer aquí, dígnate nacer en otro lugar oscuro, 
horrible, desolado... El corazón de mi padre, 
Orso Amadei. 

Halagando el Niño con sus manecitas el 



E. PARDO BAZÁN 



47 



rostro de la penitente, la miró lleno de tris- 
teza. 

— ¿Sabes lo que pides, Lucía? ¿Sabes que 
ese corazón donde pretendes que yo nazca es 
más duro que la piedra, más sangriento que 
el cadalso, más fétido que el sepulcro? ¿Sabes 
que para entrar allí tendré que apartar con mi 
cuerpo desnudo los espinos, los abrojos y las 
ponzoñosas hierbas, y sentir cómo se enroscan 
á mi cuello las víboras y cómo trepan por mis 
piernas los fríos reptiles? ¡Yo he sabido morir 
del modo más afrentoso; pero al tratarse de na- 
cer, busqué dulzura y amor; nací entre sencillos 
pastores, no entre lobos carniceros! En fin, Lu- 
cía, ya que has combatido por mí, no he de ne- 
garte lo que deseas... ¡Esta noche mi esta- 
blo de Belén será el corazón de fiera de tu 
padre! 

"Aloir la promesa del Niño, Lucía experi- 
mentó tan subido gozo, que no lo pudo resistir. 
Cayó inerte sobre las losas. La luz, la visión, 
el perfume de las azucenas, todo desapareció, 
y al través de los emplomados vidrios sólo se 
vió el huerto amortajado en nie ve. 

A aquella misma hora, Orso Amadei cele- 
braba un festín en su palacio; mejor que festín 
hay que decir orgía. No era una cena donde 
los dichos agudos y las alegres historietas hi- 
ciesen volar las horas y en que la presencia de 
las damas, incitando á la galantería, contuviese 
á la brutalidad. De estas cenas había dado mu- 
chas Orso; pero también gustaba de otras más 
desenfrenadas, á que sólo asistían sus capitanes 



48 



CUENTOS DE NAVIDAD 



semi-bandidos, sus bufones y sus familiares, 
gente cínica y perversa. 

Si se mezclaba con ellos alguna mujer, era 
la infeliz juglaresa sorprendida en la plaza pú- 
blica, y que, después de servir de ludibrio álos 
convidados, aparecía al día siguiente con el 
cuerpo acardenalando, medio muerta, arrojada 
en cualquier callejuela de la ciudad. Aquella 
noche, Ridolfi, uno de los capitanes ele Orso, 
había anunciado mejor presa: justamente aca- 
baba de cazar á una joven muy linda, ¡peor 
para ella si andaba á tales horas por la calle! 
Alborotáronse los bebedores; Orso, riendo á car- 
cajadas, ordenó que trajesen á la jo vencita, que 
entró, empujada por los soldados, temblorosa, 
desgreñado el rubio pelo, y los hombres se en- 
grieron al verla, porque era en verdad sobe- 
ranamente hermosa. 

Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; ten- 
dió la mano, apartólos rizos de oro... y asombra- 
do se echó atrás; en la niña desvalida, dispuesta 
allí para ultrajarla, veía el rostro de su hija 
Lucía, las mismas facciones, las mejillas, la 
frente, sonrojada de vergüenza. 

—Soltad á esa mujer— gritó Orso.— Que la 
acompañen á su casa con el mayor respeto. 
Que nadie la haga daño... ;Ay del que toque á 
un cabello de su cabeza! Que se la trate como 
á mi persona... 

Los beodos, atónitos, obedecieron sin com- 
prender. Continuó el festín; pero Orso, preocu- 
pado y sombrío, no apuraba la copa. Deseoso 
Ridolfi de animarle, hizo una seña, entendida 



£. PARDO BA2AN 



49 



al vuelo, y pocos minutos después, un preso 
moribundo de hambre fué traído á la sala del 
banquete. Solían divertirse en sacar de su maz- 
morra á uno de éstos, á quienes desde días antes 
privaban de alimento; sentarle á la mesa, ofre- 
cerle algún exquisito manjar, y, cuando iba á 
engullirlo sollozando y aullando de contento, se 
lo quitaban de la boca y le vertían en ella la ar- 
diente cera de los hachones que alumbraban la 
orgía. 

El preso era joven, y Orso, bromeando, le 
tendió un plato de asado, humeante, y una copa 
de Lacrima; mas al verle de cerca, profirió una 
imprecación. Los ojos, que le fijaban con dolo- 
roso reproche desde aquella extenuada faz de 
mártir, la boca que le daba gracias, eran la 
boca y los ojos de Lucía, su propia mirada, que 
el padre no podía desconocer, mirada de refle- 
jo cariñoso, luz del alma que busca otra luz 
igual. 

—Que suelten á éste— mandó Orso. —Antes 
dadle bien de comer, cuanto desee. Y regaladle 
dos jarros de oro, y vino á discreción... Que se 
le trate como á mi persona... ¿lo oís? ¡como á mi 
persona! 

Ridolfi, gruñendo, cumplió la orden. Casi al 
punto mismo en que salía el preso, se presentó 
en la sala del festín una mujer vieja, con un 
chiquitín en brazos:— "Piedad, gran señor— ex- 
clamaba,— piedad de la criatura que aquí ves. 
Este pequeño es el hijo de tu cuñado Landolfo 
dei Fiori, á quien aborreces, y unos soldados, 
por orden tuya, según dicen, le quieren estre- 



4 



50 



CUENTOS DE NAVIDAD 



llar contra el muro. Tú no puedes haber dado 
tan cruel orden, y yo le pongo bajo tu am- 
paro. Al nombre odiado de Landolfo, Orso 
se estremeció de furor, y desnudando el puñal, 
iba á atravesar la garganta del pequeño... pero 
éste, apacible, le sonreía, y su sonrisa era la 
sonrisa encantadora, inolvidable, de Lucía, 
cuando su padre la acariciaba, en los días de la 
niñez.— Orso, vencido, cayó de rodillas, y gol- 
peándose el pecho empezó á acusarse en voz 
alta de sus pecados; porque Jesús, fiel á su pro- 
mesa, acababa de nacer en aquel corazón más 
oscuro que el abismo infernal... 

A la mañana siguiente, Orso recibió la noti- 
cia de que su hija había espirado á las doce en 
punto de la noche. 

El tirano se ató una soga al cuello, recorrió 
descalzo las calles de la ciudad pidiendo perdón 
á los habitantes y, apoyado en un bastón, se 
alejó lentamente. Nunca se volvió á saber de 
él. jDichosos aquellos en cuyo corazón nace el 
Niño! 



JESÚS EN LA TIERRA 



Voy á contaros un cuento de la gran Noche, 
que me refirió un viejo peregrino, cansado ya 
de recorrer todos los caminos y senderos de 
este mundo y deseoso únicamente de recostar 
la cabeza en una piedra y morir olvidado. Si el 
cuento es algo sombrío, atribuidlo ala fatiga y 
á las muchas desventuras del que me narró 
esta especie de sueño. 

La noche de Navidad de uno de estos últimos 
años, habéis de saber que nuestro Señor Jesu- 
cristo en persona quiso bajar á la tierra y re- 
correrla, porque, como nadie ignora si ha leído 
el texto santo, las delicias de Jesús son morar 
entre los hijos de los hombres. 

Dejó, pues, su trono y su asiento á la diestra 
del Padre, y ocultando la majestad y belleza de 
su aspecto bajo forma que no deslumhrase á 
los ojos mortales y que á veces ni aun fuese 
visible para ellos, descendió al mundo, deseoso 



5* 



CUENTOS DE NAVIDAD 



de encontrar piedad, amor y fraternal regocijo. 
La naturaleza parece asociarse á la solemnidad 
del día: en el firmamento, claro como una bóve- 
da de cristal, brillan los astros de oro y de es- 
meralda pálida, titilando cual una mirada cari- 
ñosa: ni corre un soplo de aire, ni una partícula 
de humedad condensada en figura de nubecilla 
empaña la magnificencia de la hora nocturna. 
—En el polo, cuando se apoya sobre la helada 
extensión el pie sagrado de Jesús, enciénde- 
se súbitamente, como para festejarle, una es- 
pléndida aurora boreal: reflejos abrasadores, 
purpúreos y anaranjados, colorean la nieve y 
arrancan de los enormes témpanos centelleo 
diamantino. Mas ¿qué le importa á Jesús la 
magia del espectáculo? Lo que Él busca es 
luz de aurora en los corazones; le atraen los 
fenómenos del alma, no los juegos de un me- 
teoro en las rocas insensibles y en las heladas 
estepas.— Y pasa adelante. 

El primer lugar donde encuentra hombres, 
es una llanura árida, el fondo de un valle que 
altas montañas limitan y coronan. Hombres, sí, 
cubren el suelo, apretados como la mies cuan- 
do la tumba la guadaña del segador; pero hom- 
bres inmóviles, yertos, crispados, en posiciones 
violentas; y en sus rostros lívidos vueltos hacia 
el cielo resplandeciente de dulce claridad este- 
lar, en sus ojos abiertos y sin mirada, una ex- 
presión de rabia ó de espanto persiste, á des- 
pecho de la muerte... Porque son cadáveres 
los que cubren la llanura, y la llanura es un 
campo de batalla. —Jesús, pensativo, los con- 



E. PARDO BAZAN 



53 



templa breves instantes. En los pechos abiertos, 
las heridas bermejas parecen bocas; en las fren- 
tes destrozadas, los negros coágulos de sangre 
mariposas fúnebres, de esa horrible especie lla- 
mada Atropos, que lleva sobre el corselete la 
figura de una calavera. Algunos de los hombres 
que yacen en la llanura respiran todavía: pres- 
tando oído, se percibe su ronco estertor agóni- 
co. Una mujer anciana, deshecha en llanto, am- 
parando con la mano trémula lucecilla, cruza in- 
clinándose para ver los rostros: busca tal vez á 
su hijo entre los muertos. Un caballo sin jinete 
pasa, olfateando la carnicería y huyendo enlo- 
quecido...— Y Jesús sigue, se aleja. 

Entra en una ciudad populosa. Por las calles 
circula gente alborozada, gozando la deliciosa 
templanza de una noche tan apacible como las 
primaverales. Voces vinosas entonan cantos 
desafinados; las guitarras acompañan con su 
rasgueo procaz coplas equívocas; las pandere- 
tas repican insensatamente, y discordes sonidos 
de rabeles, zambombas, chicharras, carracas 
de metal, se enzarzan en el aire cual brujas vo- 
lando al sábado. La multitud, desparramándo- 
se por las calles, se arremolina ante los cafés 
atestados, sofocantes de calor; á veces un grupo 
se cuela por la puerta de alguna hedionda ta- 
bernucha, de donde salen pateos, algazara, 
blasfemias y vaho de aguardiente. 

Ante una de estas innobles guaridas se para 
el Nazareno. Ve allá en el fondo un grupo al- 
rededor de una mesa: dos hombres y una mujer. 
Ella da cuerda á entrambos; los provoca, los 



54 



CUENTOS DE NAVIDAD 



enreda; ellos beben copa tras copa, y disputan. 
El uno arroja un vaso á la cara del otro: el vaso 
se hace pedazos, el hombre se incorpora cho- 
rreando heces de vino mezcladas con sangre. 
Los demás bebedores intervienen, amonestan 
al sano, aplacan al herido, le enjugan la faz, 
bromean, obligan á los adversarios á reconci- 
liarse, les incitan á que se abracen riendo; el 
sano tiende los brazos, con cordialidad y sin 
recelo alguno; el herido desliza en el bolsillo la 
mano abierta; corta el aire el relámpago de una 
navaja, y cae un hombre con el pulmón par- 
tido. 

Jesús se desvía, sigue andando, y ve un por- 
tal grandioso, iluminado, sostenido en colum- 
nas de rojo mármol con capiteles de bronce. 
Sube la escalera, que reviste densa alfombra y 
decoran nobles tapices de batallas y cacerías, y 
penetra en una antecámara de vastas propor- 
ciones, donde hacen la guardia criados de cal- 
zón corto y armaduras ecuestres auténticas. La 
antecámara da acceso á un saloncito sin mue- 
bles, alumbrado por centenares de globos eléc- 
tricos, y en el fondo del saloncito, bajo celajes 
de tul fino batidos como espuma, aparece un 
encantador Belén, un Nacimiento para niños 
millonarios, obra de arte más que de ingenua 
devoción. Al través de los campos y los oteros 
imitados con musgo 3^ piedra pómez, salpicados 
de palmentas enanas y de sicómoros gentiles 
y diminutos, se deslizan murmurando riachue- 
los naturales, que sin duda algún ingenioso me- 
canismo hidráulico hace correr. De los montes 



E. PARDO BAZÁN 



55 



de piedra pómez, en cuyas cimas reluciente 
polvo blanco remeda la nieve, desciende el to- 
rrente Cedrón, y del césped verdadero de los 
jardines se lanzan y se pulverizan en el aire 
enhiestos surtidores. Un lago en miniatura re- 
fleja en su cristalino seno las torres de Jerusa- 
lem, el circuito de sus murallas, las cúpulas del 
templo y los apretados olivos del huerto de Get- 
semaní, que trepan por la ladera. Los mil 
pintorescos detalles de los Nacimientos no fal- 
tan en éste, sólo que las figuras, perfectamente 
modeladas, son muñecos primorosos, y desde 
el grupo de pastores que se arrodilla como 
en éxtasis, hasta los Reyes Magos que, caba- 
lleros en sus dromedarios, asoman por una 
garganta salvaje, todo revela la mano de hábil 
escultor. El prodigio es la gruta; hecha de cris- 
tales de roca menudísimos y cristalizaciones de 
amatista, se irisa con múltiples cambiantes al 
herirla la luz del foco eléctrico en forma de es- 
trella, que, suspendido de un hilo de perlas, 
oscila á gran altura. Y en la gruta deslumbra- 
dora, entre un asno y un buey de plata cincela- 
da, la Virgen, de oro, vela al Niño, de oro y es- 
malte también, con la cabecita de madreperla. 
Para ostentar dignamente aquel grupo, joya de 
la orfebrería florentina del Renacimiento, tal 
vez de Benvenuto Cellini, aquellas efigies en 
que la riqueza de la materia compite con lo in- 
estimable de la ejecución, se ha armado, sin gé- 
nero de duda, el Belén suntuoso, y han corrido 
los torrentes y las cascaditas bajo las palmeras 
y los olivos.— Lo extraño era que no hubiese 



CUENTOS DE NAVIDAD 



nadie, nadie absolutamente, en el salón; nadie 
para admirar tal maravilla, nadie para acom- 
pañar al niño Jesús de oro y piedras, á fin de que 
no se helase en su gruta de cristalizáciones, 
entre los reflejos violáceos de la amatista y los 
destellos multicolores déla diáfana roca... Y 
sin embargo, el palacio no debía de estar desier- 
to, sino al contrario, lleno de gente: se notaba 
en la atmósfera esa vibración, esos efluvios ti- 
bios que sólo produce el aliento de muchos hom- 
bres y mujeres reunidos para una fiesta. Del 
fondo de una galería llegaba á veces prolonga- 
do murmullo, las rotas cadencias de una música 
alada y sensual, el gorjeo de las risas. Jesús 
adelantó y se encontró en la galería, bello jar- 
dín de invierno, decorado por gigantescas plan- 
tas y árboles de remotos climas, gomeros y 
lantanas de enormes hojas, cicas y pándanos de 
complicada estructura semejantes á pagodas y 
obeliscos de porcelana verde. Esparcidas por 
el jardín se veían las mesas donde cenaban ale- 
gres grupos, mujeres engalanadas, acribilladas 
de pedrería, hombres que ostentaban sobre 3a 
solapa de raso de su frac grana gardenias ya 
mustias por el calor. La orquesta de cuerda, 
oculta en un kiosco árabe que revestían flori- 
das enredaderas, acompañaba suavemente el 
rumor de las conversaciones y de las carcaja- 
das melodiosas, el ticliteo de las transparentes 
copas que el Champagne orlaba de espuma, y 
el levísimo choque de los platos, que la destreza 
de los criados amortiguaba lo posible. Era una 
lujosa cena de Navidad.— Jesús retrocedió, vol- 



E. PARDO BAZÁN 



57 



vió al salón del Nacimiento, donde se vió otra 
vez en el establo, niño y solo. El roce de unos 
pasos sobre el pavimento de incrustaciones de 
madera se dejó oir, y una mujer, una jovencilla, 
de ojos azules, de blanco traje apenas escotado, 
penetró en el saloncito, fue derecha al Belén, y 
envió una tierna sonrisa al Niño, que contem- 
pló despacio con amor. Después, como el que 
tiene que ocultar una escapatoria, volvió preci- 
pitadamente á la galería, donde tal vez la echa- 
sen de menos. Era la hija del dueño de la casa. 
El Niño de oro ya no sentía tanto frío, y Jesús, 
extendiendo la mano, bendijo á la doncellita, la 
única que se acordaba del Misterio... 

Salió del palacio sin volver atrás la vista, y 
alejóse del pueblo, de la gran ciudad corrom- 
pida y fangosa, como se había alejado del si- 
niestro y sangriento campo de batalla. Un cam- 
bio repentino en la atmósfera presagiaba tempo- 
ral: nubarrones densos y obscuros como plomo 
corrían por el cielo: ráfagas de cierzo glacial 
azotaban los árboles, y se oía el mugir pavo- 
roso del mar rompiéndose contra los escollos. 
Jesús se encontró en una aldea de pescadores, 
mísero grupo de chozas, colgado á guisa de 
nido de gaviota en una escotadura de la costa 
salvaje. A pesar de la hora, bastante avanzada 
para gente que suele economizar luz, nadie 
duerme en la aldea: ábrense de golpe las puer- 
tas de las cabanas, y hombres y mujeres, pro- 
vistos de faroles encendidos y de largas pérti- 
gas, de bicheros, de cestos y de sacos, se diri- 
gen en tropel hacia la playa, despreciando el 



53 



CUENTOS DE NAVIDAD 



viento que les azota el rostro y la lluvia que 
empieza á caer sacudida por las rachas furiosas 
del huracán. Imponente aspecto el del Océano: 
olas gigantescas, con cresta de espuma, se en- 
crespan descubriendo abismos, y el sulfuroso 
zig-zag de un relámpago alumbra en el fondo 
de la sima á una embarcación que corre sin 
rumbo. Los ribereños alzan las luces, las hacen 
brillar, y el barco, que en ellas cree distinguir la 
salvación, el puerto amigo, maniobra hacia la 
costa, y, precipitándose, va á chocar contra el 
bajío, donde se clava despedazado. Los náufra- 
gos, que á la luz de otro relámpago habían po- 
dido verse sobre el puente, en actitudes de te- 
rror y desesperación, se arrojan al agua asidos 
á tablas, cogidos á cuerdas, montados sobre 
barriles; y luchando con las monstruosas olas 
qüe los sacuden 3^ los zapatean contra el peñas- 
cal, nadan desesperadamente para alcanzar Ja 
playa, en que brillan y corren las luces, en que 
ven agitarse seres humanos. Y entonces se ve- 
rifica algo espantoso: los que en la playa espe- 
ran á los náufragos, al verlos llegar moribun- 
dos , con las pértigas, con los bicheros, con 
remos, con palos, con cuchillos, los rechazan 
hacia el agua otra vez; pero antes les despojan 
de la cintura de cuero en que salvaban oro y 
papeles, de la cartera que se ataron bajo el 
sobaco al comprender el peligro, de la ropa, de 
cuanto poseen; y por si las olas tardasen en 
•hacer su oficio, aturden á los infelices de un 
golpe en la cabeza, y así los arrojan al piélago, 
inertes ya. Y danzando de júbilo, ó gruñendo 



E. PARDO BAZÁN 



59 



como canes por el reparto del botín, esperan 
la madrugada al pie de los escollos, para reco- 
ger los despojos del buque que el mar escupirá 
bien pronto, aprovecharse de la feliz albana, y 
celebrar después con grosero y copioso ban- 
quete el día de la Natividad del Señor... 

El Redentor ha huido de la playa: sus ojos 
están nublados, su alma triste hasta la muerte, 
según estaba cuando sudó sangre en Getsema- 
ní. Y su corazón, abrasado de caridad como 
nunca, insaciable en amar á los hombres, siente 
las espinas de la corona que se le clavan, agu- 
das é invisibles. ¡Para esta raza había nacido 
en el establo y había muerto en la cruz!— En- 
trando en una de las cabañas que los pescado- 
res dejaron desiertas al salir á su horrible pes- 
ca de náufragos, divisa, en un rincón, cerca 
del fuego, un niño arrodillado. Al verse tan 
solo, el rapaz ha tenido miedo; se ha acercado 
al hogar buscando abrigo, y reza buscando 
amparo y protección. Jesús le coge en brazos, 
le besa, le acuesta, le pone la mano en los ojos 
y le deja tranquilamente dormido, soñando con 
los ángeles. Y al ascender otra vez al cielo, se 
lleva Jesús en el hueco de la mano cuatro per- 
las: las lágrimas de una madre que buscaba á 
su hijo en el campo de batalla; el abrazo de un 
hombre que pide le sea perdonado un agravio; 
la sonrisa de una doncella, y la oración de un 
inocente. 



EL BELÉN 



De vuelta á su casa, ya anochecido, D. Julio 
Revenga—sentado en el tranvía *tíel barrio de 
Salamanca, metidas las manos en los bolsillos 
del abrigado gabán con cuello y rnaniquetas de 
pieles— rumiaba pensamientos ingratos. Su si- 
tuación era comprometida y grave, doblemen- 
te grave para un hombre leal y franco por na- 
turaleza, y obligado por las circunstancias á 
engañar y á mentir. ¡Qué cara pagaba una hora 
de extravío! La tranquilidad de su conciencia, 
la paz de su casa, la seriedad de su conducta, 
todo al agua por algunos instantes en que no 
supo precaverse de una tentación. 

Mientras el cobrador iba cantando las esta- 
ciones del trayecto y el coche despoblándose, 
Revenga daba vueltas á la historia de su yerro. 
¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suce- 
der? Como suceden esas cosas: tontamente. Si 
no es la quiebra de su amigo y paisano Costa- 
villa, no tendría ocasión de ponerse en frecuen- 



62 



CUENTOS DE NAVIDAD 



te contacto con la hermana, aquella Anita Do- 
lores—mujer ya espigada en los treinta años, y 
más desenvuelta que candorosa.— Ante la des- 
gracia de la quiebra, Costavilla perdió la ener- 
gía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cam- 
bio, se reveló llena de aptitudes comerciales, 
dispuesta, activa, resuelta á salvar la casa de 
cualquier modo. Para sus gestiones se asesora- 
ba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos, 
celebraban conferencias que duraban horas. Al 
manejar los papeles, al calcular probabilidades 
de liquidación, establecíase entre los dos una 
intimidad chancera, que se convertía de repen- 
te, por parte de Anita, en afición inequívoca. 
Al sospechar Revenga lo que iba á sobrevenir, 
ya estaba interesado su amor propio, encendida 
su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró 
poco: el esposo leal, el hombre honrado é ínte- 
gro se dió cuenta de que era preciso cortar de 
raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacri- 
ficó de buen grado algunos miles de duros para 
sacar á flote á Costavilla, y se apartó de Anita 
Dolores con propósito de no verla más. 

No contaba con las fatalidades de la natura- 
leza. Ocultamente, en apartado rincón de pro- 
vincia, Anita Dolores dió al mundo una criatu- 
ra. Fue el castigo providencial, no sólo para 
ella, sino para Revenga, que no había tenido 
prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al 
rodar del tranvía que apresuraba su marcha, 
al vacilar de la luz de la linterna que se pro- 
yectaba sobre los vidrios nublados por el hie- 
lo del aire exterior, Revenga quería dominar 



E. PARDO BAZÁN 



63 



una tristeza inconsolable, una amargura que le 
inundaba como ola de hiél.-— Nunca vería á su 
niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría so- 
bre las rodillas ni la besaría riendo... Anita Do- 
lores, vengativa y tenaz, la había escondido, la 
había hecho desaparecer. ¿Desaparecer?... ¡A 
cuántas conjeturas se presta este verbo! 

¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuan- 
do Revenga penetrase en su morada lujosa, en 
su comedor que la electricidad alumbraba es- 
pléndidamente y la leña de encina calentaba, 
intensa y crujidera; cuando la intimidad del ho- 
gar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena 
lisonjeasen su apetito, ¿dónde estaría la aban- 
donada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué 
glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquie- 
ra? ¿Valía más que viviese? 

Estremeciéndose de frío moral, Revenga su- 
bió el cuello del gabán y caló el sombrero. De- 
solación inmensa caía sobre su alma. Precisa- 
mente acababa de saber en casa de unos amigos 
de Costavilla, donde solía preguntar disimula- 
damente por Anita Dolores, noticias alarman- 
tes. [Anita Dolores se casaba! El nuevo socio 
de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, 
era el novio. No mortificaban los celos á Re- 
venga; no le quitaban el sueño memorias de lo 
pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y 
aquella boda obscurecía más aún el misterio de 
su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba á que- 
darse así, con los brazos cruzados y mucha 
flema británica! ¡Desde el día siguiente— desde 
temprano — que Anita Dolores se preparase! 



CUENTOS DE NAVIDAD 



¡Allí iría, á reclamar la chiquilla, á escandali- 
zar si era preciso! El escándalo repugnaba á su 
carácter; el escándalo podía herir de muerte 
á Isabel, á su mujer, enterándola de lo que de- 
bía ignorar siempre... No importa, escandali- 
zaría, i voto á sanes! Cantaría claro; desbara- 
taría la boda; pondría en movimiento á la poli- 
cía, si era preciso... pero le darían su pequeña, 
y la entregaría á personas que la cuidasen bien, 
y la educaría y haría que de nada careciese..., 
y sobre todo, la vería, la besuquearía, la lle- 
varía juguetes en la Navidad próxima... Con 
firme determinación cerró los puños y apretó 
los dientes. ¡Amanece, día de mañana! 

Entretanto Isabel, la esposa de Revenga, aca- 
baba de adornarse en su tocador. La doncella 
abrochaba la falda de seda rameada azul obs- 
curo, y prendía con alfileres la pañoleta de en- 
caje, sujeta al pecho por una cruz de brillantes 
y zafiros— el último obsequio de Revenga, traí- 
do de París.— Con inocente coquetería se alisa- 
ba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de 
tres lunas, cerciorándose de que las señales de 
las lágrimas se habían borrado del todo, des- 
pués del lavatorio con colonia y el ligero bar- 
niz de velutina. ¡El llanto no tenía para qué no- 
tarse! 

Ya vestida y engalanada, pasó á un cuartito 
contiguo á la alcoba, donde solía guardar baú- 
les, pero que ahora presentaba aspecto bien 
distinto del de costumbre. Tapizaban las pare- 
des ricas colchas y cortinas de raso y damasco; 
corría por el techo un cordón de focos eléctri- 



E. PARDO BAZÁN 



65 



eos, y cubría el piso blando tapiz. En el testero, 
como á una vara de altura, se levantaba un ta- 
bladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén 
clásico español, con su musgo en las praderías, 
sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando 
lagos y riachuelos, sus selvas de rama de rome- 
ro, sus torres puntiagudas de cartón, sus pas- 
torcicos de barro, sus dromedarios amarillos y 
sus Magos con manto de bermellón, muy pare- 
cidos á reyes de baraja. Dos diminutos surtido- 
res caían con rumor argentino, bañando las 
plantas enanas en que se emboscaba el Portal. 
Isabel se detuvo á contemplar los hilitos del 
agua, á escuchar el musical ritmo, y recordó 
sus propias lágrimas, y sintió nuevamente pre- 
ñados de ellas los ojos y rebosante el corazón... 
La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban 
á Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la en- 
gañaban, á ella que era incapaz de engañar, 
enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía sa- 
lir de casa despidiéndose con una sonrisa y una 
caricia, para ir á pasar horas en compañía de 
otra mujer? Los surtidores goteaban, gimiendo 
bajito, é Isabel también gimió; el son del agua 
que cae se adapta á la alegría lo mismo que á 
la pena; para unos es concierto divino, para 
otros queja desgarradora. Quejábase el alma 
de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo agra- 
vios, alegando derecho y razón. ¿No había ella 
cumplido sus promesas, lo jurado al pie de 
aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No 
había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dó- 
cil, casta, buena ( en fin? ¿Por qué su compañe- 

5 



66 



CUENTOS DE NAVIDAD 



ro, su socio en la familia, rompía secretamente 
el pacto? 

La mirada de la esposa de Revenga se fijó, 
nublada y húmeda, en el Belén, y la luz de la 
estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la 
atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y 
su Madre. Isabel lo contempló despacio, y un 
cuchillo agudo de dolor se le hundió en el pecho. 
"No pidas cuentas..., parecía decir la voz del 
grupo. No te quejes... Tú no has dado á tu es- 
poso sino la mitad del hogar; tú no le has dado 
el Niño..." La esposa permaneció un cuarto de 
hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo, en las 
tinieblas interiores de sus penas, lo que cada 
cual, durante ciertos supremos instantes que 
deciden del porvenir, ve con cruel lucidez: lo 
fallido de su existencia, el resquicio por donde 
la desgracia hubo de entrar fatalmente... Sus- 
piró muy hondo, como para echar fuera toda la 
pesadumbre, y poco á poco se apaciguó; su 
condición era resignarse, aceptar lo dulce, re- 
chazando mansa y tenazmente lo amargo. "El 
Niño Dios me está diciendo que hice bien, 
muy bien..." La sonrisa volvió á sus labios, 
aunque sus ojos estaban anegados en un llanto 
que no corría. En aquel mismo instante se oye- 
ron pisadas fuertes en el pasillo, y apareció 
Julio Revenga. 

—¿Qué es esto? — preguntó con festiva extra- 
ñeza á su mujer. — ¿Has hecho un Nacimiento 
para divertirte? 

—Para divertirme yo, no — respondió expre 
sivamente Isabel, ya serena del todo. — Tengo 



E. PARDO BAZÁN 



67 



los huesos durillos para divertirme con Bele- 
nes... Es... ¡para divertir á una criatura!... 

—¡A una criatura!— repitió maquinalmente 
el esposo.— ¡No será nuestra esa criatura! — 
añadió de un modo irreflexivo, que tal vez res- 
pondía á sus íntimas preocupaciones. 

—¡Qué sabes tú!— murmuró Isabel con calma. 

Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabe- 
za, desvió el rostro. Tales palabras desperta- 
ban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había 
pronunciado Isabel la sencilla frase! 

—No entiendo... — tartamudeó el infiel, con 
raros presentimientos y peregrinas sospechas. 

—Ahora entenderás...— ¿No tienes hijos, Ju- 
lio?— interrogó ella derramando dulzura y com- 
pasión, y, por extraña mezcla, despecho invo- 
luntario. 

Él no contestó. Medio arrodillado, medio 
doblegado, cayó sobre la banqueta de tercio- 
pelo frente al Belén. El mundo se le venía en- 
cima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan 
increíble! Quería pedir perdón, disculparse, ex- 
plicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, 
llegándose á su marido, le echó al cuello los 
brazos, sofocada de indignación, pero magnífi- 
ca de generosidad. 

—No se hable más del caso... Tranquilíza- 
te.., Así como así, estábamos muy solos, muy 
aburridos á veces en esta casa tan grandona. 
Yo tenía muchas, muchas ganas de un chiqui- 
llo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace 
catorce años que nos hemos casado, de manera 
que ya las esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! 



68 



CUENTOS DE NAVIDAD 



No es uno quien dispone estas cosas... Vamos, 
no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. 
¡Hoy nos ha nacido una pequeña!... 

Revenga, en silencio, besó las manos, besó 
á bulto la cara y el traje de su mujer. Tembla- 
ba, más de vergüenza y de remordimiento—es 
justo decirla— que de gozo. Sus labios se abrie- 
ron por fin, y fue para repetir desatentada- 
mente: 

—¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo á esa 
mujer..., te juro que no, que no la veo... Te 
juro que no me importa, que la detesto, que... 

— Estoy bien informada—contestó Isabel un 
tanto desdeñosa, apacible.— Me consta que no 
la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por 
tu abandono, fue enterarme de todo..., y por 
fin de fiesta, enviarme la niña... Y ya que me 
la envía... ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? 
Está en mi poder... La reconoceremos, arre- 
glaremos lo legal. Que no le quede á esa nin- 
gún derecho... 

Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos, 
Revenga imploró: 

¡Tráemela!... No la conozco todavía... 



PAGINA SUELTA 



El destacamento había marchado toda la ma- 
ñana, y después de un breve alto, fue preciso 
seguir la caminata emprendida para acampar, 
ya anochecido, como Dios dispusiese, en la lin- 
de del bosque. La lluvia (rara en aquel cli- 
ma durante el mes de Diciembre) no había 
cesado de caer en hilos oblicuos, apretados y 
gruesos. Sorprendidos por el capricho de las 
nubes, desprovistos de mantas y capotes, sol- 
dados y oficiales se resignaron, ó mejor dicho, 
se chancearon con el agua; y era preciso todo 
el azogue de la juventud, todo el ánimo del sol- 
dado, todo el estoicismo del carácter peninsu- 
lar, para no darse al mismo demonio al sentirse 
empapados como esponjas. Hacía calor, y el 
chorreo del agua no parecía sino que aumenta- 
ba la densidad de la temperatura pegajosa, so- 
focante, y con la marcha, irresistible. ¡Sudar el 
quilo y mojarse á un tiempo, caramba! Y no 
había otro remedio que seguir andando, á so- 



70 



CUENTOS DE NAVIDAD 



correr al pueblecillo cercado por los insurrec- 
tos, donde hacían desesperada y heroica defen- 
sa los moradores, capitaneados por el párroco, 
un fraile dominico muy terne... La idea de sal- 
var á españoles y españolas de la muerte y de 
los ultrajes, alentaba al destacamento y le po- 
nía alas en los pies, aunque el barro, que subía 
hasta las rodillas, se los calzase de plomo. 

Por necesidad, porque no se veía, y también 
porque las fuerzas humanas tienen un límite, 
se detuvieron á la entrada de la selva. Casi en 
el mismo instante cesó el aguacero, cual si al- 
gún tifón lo hubiese barrido, y apareció un tro- 
zo de cielo limpio de nubes. A buen presagio lo 
tuvieron los españoles, que se dispusieron á 
acampar al pie de un copudo y añoso tamarin- 
do, cuyos frutos, de acida pulpa, sabían que 
son seguro remedio contra el cansancio y 
la fiebre. La luna, que filtraba ondas de luz gris 
perla al través del espeso ramaje enredado de 
lianas y tupido por los heléchos colosales, fue 
acogida como una amiga; á su claridad añadie- 
ron la llama de una hoguera que no quería ar- 
der, y soldados y oficiales medio se secaron, 
abanicándose con hojas de cocotero, porque 
aquel calor húmedo asfixiaba. 

Colocados ya los centinelas, los soldados 
buscaron en el sueño, ó más bien en un inquie- 
to y pesado letargo, el descanso indispensable 
después de tan fatigosa jornada; pero el capi- 
tán, alto, moreno, enjuto, apoyado en el tronco 
del tamarindo, y el teniente, muy joven, aniña- 
do, de dulce cara femenil, se quedaron un ins- 



E. PARDO BAZÁN 



7 I 



tante en pie, abiertos los ojos, como si interro- 
gasen á la noche. 

—Pepe—dijo de pronto el capitán, — ¿sabes 
que me da el corazón que cuando lleguemos se 
habrán rendido? Por mi gusto... ¡ahora mismo 
los hago levantar á todos y monto á caballo, y 
seguimos, hombre, seguimos para adelante! 

—La tropa está que no puede con su alma — 
objetó el teniente, que se caía de sueño. — Dicen 
que tienen los pies como carbones ardiendo y 
los huesos calados... 

— ¡Bah! en cuanto dormiten un cuarto de 
hora, los azuzo y se enderezan frescos como le- 
chugas... ¡Si conoceré yo á mi gente! Son de 
hierro... forjados enEibar. 

— ¿Pero de dónde sacas tú que allá se han 
rendido? Hay armas, municiones, y por sabido 
se calla, corazón; la iglesia y su torre son fuer- 
tes; hay una buena empalizada de bambú y otra 
de tapial; con menos que eso se resiste á un 
ejército; y los que quieren entrar en Arringuay 
son cuatro gatos... 

—Tienes razón— declaró el capitán,— menos 
en lo de los cuatro ^atos, porque son centena- 
res y no sé si millares de gatos los que están 
allí; ¿pero sabes lo que más me desespera de 
esta parada? ¿Tú no te acuerdas de la noche que 
es hoy? Como van ocho días que no sosegamos, 
como aquí hace verano cuando allá invierno... 
qué, ¿no sabes que es...? 

—¡Nochebuena! — exclamó con acento pene- 
trado el teniente, cuyos ojos garzos se velaron 
de nostalgia. — ¡Nochebuena! ¡Y yo que no me 



CUENTOS DE NAVIDAD 



acordaba , chico! ¡Nochebuena! ¡Ay, quién co- 
miese hoy la sopita de almendra y la compota 
rajada de canela, en casa de tía Dolores! ¡Con 
las primillas, al lado de Fanny! ¡Está uno tan 
harto de ver caras amarillas y juanetudas! ¡Olé 
las mujeres de nuestra España! 

— España es también aquí—respondió seria- 
mente el capitán.— ¡Lo que es el mundo! Tú te 
acuerdas de las muchachas... y yo de mi nene, 
que ha nacido hace tres meses... No le conoz- 
co aún. 

—¡Nochebuena! — repitió el teniente de la 
cara afeminada. — Mira tú; ello será tontería ó 
chifladura... pero me acaba de dar por el alma 
no sé qué cosa rara, chico, y me pasa como á 
ti... que me gustaría hacer algo gordo esta 
noche. 

— ¡Para escribirlo allá! 

—¡No, que sería para contárselo al empera- 
dor de la China! 

Las manos de los amigos se buscaron y se 
estrecharon enérgicamente; la hoguera, casi 
extinguida por la humedad del suelo, lanzó un 
reflejo rojo sobre el semblante de los dos oficia- 
les; y el teniente, despabilado, electrizado, dijo 
en voz opaca y ardiente como un ruego: 

— ¡A despertarlos, chico, á despertarlos! 
Tres ó cuatro leguas que faltan se andan pron- 
to... El guía me ha dicho á mí que sabe un 
atajo.:. 

Quince minutos después, ni uno más, ni uno 
menos, el destacamento caminaba otra vez, 
mejor dicho, se arrastraba penosamente, cor- 



E. PARDO BAZÁN 



73 



tando con hachas las espesas lianas y los beju- 
cales, hundiéndose en charcos donde la amari- 
llenta sanguijuela les adhería á las piernas su 
ventosa, y oyendo deslizarse en la maleza la 
iguana y la venenosa serpiente palay. Cubierta 
otra vez la luna por nubarrones, la obscuridad 
era casi total, y la tropa avanzaba á tientas, 
riendo y renegando, pero sin quejarse, sin 
echar de menos el interrumpido reposo. El que 
tropezaba en un tronco de árbol y daba de bru- 
ces, juraba y se incorporaba, sin pensar siquie- 
ra en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para mi- 
mitos estaba el tiempo! ¡Cuando tal vez ardía 
Arringuay y destripaban á sus moradores los 
condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y 
una calentura de voluntad, de deseo, de abne- 
gación, impulsaba los cuerpos exhaustos, des- 
pejaba las cabezas cargadas de modorra, y 
prestaba fuerzas á los más endebles, á los que 
menos podían consigo... Iban como se va en 
una pesadilla. 

Media noche era por filo cuando avistaron 
al enemigo. Para decir verdad, lo que avistaron 
fue un caserío envuelto en llamas, un grupo de 
chozas de donde salían clamores: el capitán 
había adivinado : Arringuay se encontraba 
ya en poder de los asaltantes. Parapetados 
en la iglesia resistían aún algunos hombres, 
mandados por el párroco fraile; hacia la plaza 
sonaban disparos; el pueblo, inerme ya, encon- 
trábase entregado al saqueo y á la matanza. 
Los españoles se precipitaron en él, y se luchó 
confusamente entre las sombras ó á la luz del 



74 



CUENTOS DE NAVIDAD 



incendio, pisando muertos lívidos, acribillados 
de heridas, vivos palpitantes aún, agarrándose 
con los bandidos y cruzando con sus raras ar- 
mas de salvajes, sus campilanes y sus krises on- 
deados como sierpes, las leales espadas y las lim- 
pias bayonetas. La pelea, sin embargo, duró 
poco; la horda, con exclamaciones nasales, con 
atiplados chillidos, que delataban á la vez el 
despecho, la ferocidad y la cautela, se comuni- 
có la orden de retirada, y dejando en la plaza y 
en las calles otra nueva hornada de cadáveres- 
porqué la tropa, cansada y todo, pegaba duro, — 
huyeron á la desbandada los rebeldes, y los de- 
fensores de Arringuay, llorando de gozo, baja- 
ron de la torre, en cuyos escombros pensaron 
envolverse. El fraile, empuñando todavía su 
Remington, corrió al encuentro del capitán, y 
aquellos dos hombres que no se conocían, que 
no se habían visto nunca, pero que eran, en el 
momento de encontrarse, una misma idea habi- 
tando dos cuerpos diferentes, se abrazaron con 
esa efusión larga, ardorosa, con que sólo se 
abrazan los que se quieren mucho... 

La tropa, reanimada ya, ni pensaba en co- 
mer ni en dormir. Iban de casa en casa ayudan- 
do á apagar el incendio. Y el fraile y el capitán, 
comprendiendo que no era hora de entregarse 
á desahogos, se pusieron de acuerdo en breves 
palabras, empezaron á dar órdenes y á ejecu- 
tarlas en persona. Los moradores, como el re- 
baño después de la acometida del lobo, juntá- 
ronse en la plaza: la madre buscaba al hijo, el 
hermano al hermano; se llamaban, contaban; 



E. PARDO BAZÁN 



75 



algunos sacaban á cuestas á los heridos. Un 
sargento trajo en brazos á un niño de pecho; 
acababa de encontrarlo en una casuca que em- 
pezaba á arder, y donde sólo había una mujer 
muerta, nadando en un charco de sangre. Era 
la criatura un muñeco amarillo, que se des- 
cuajaba llorando; pero al capitán la vista del 
muñeco le avivó deseos y afanes, con más vi- 
veza en aquella noche, en que especialmente 
son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó 
tiernamente al huérfano, y el teniente, con bo- 
nita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y 
le enseñó á la multitud , diciendo humorística- 
mente: 

—¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy! 
—Es bien feo el condenado, mi teniente- 
declaró el sargento. 
—No tenemos otro...! 

Y el niño, de raza malaya, fue festejado y 
compadecido, y chillado, hasta que le tomó de 
su cuenta una china que le acercó á su seno 
oblongo, y á la cual el capitán deslizó en la 
mano todo el dinero que llevaba. 



DOS CENAS 



—Hoy es un día muy señalado y una noche 
en que no se debe cenar solo— dijo Rosálbez el 
banquero á su amigo el joven conde de Plane- 
lles, á quien encontró casualmente en su mis- 
ma calle, casi frente al suntuoso palacio. Usted 
es soltero, no tendrá quizá comprometida la 
cena... Si quiere hacernos el obsequio de acep- 
tar... á las ocho en punto.,. Yo apenas cenaré, 
me siento malucho del estómago; usted despa- 
chará mi parte,.. 

—Mil gracias y aceptado — respondió cor- 
dialmente el conde.— Pensaba cenar con unos 
cuantos en el Nuevo Club, Les aviso y en paz... 
Aunque casi no era necesario avisarles: al no 
verme allí... 

— ¡Perfectamente! Plasta luego — murmuró 
Rosálbez saltando á su berlinita que le aguarda- 
ba, para llevarle, como todos los días, á una pla- 
zuela, y de allí á pie á cierta casa, hasta la cual 
no le convenía que llegase el coche. Era el se- 



7§ 



CUENTOS DE NAVIDAD 



creto de Polichinela, como dicen nuestros ve- 
cinos los franceses; nadie ignoraba en Madrid 
que Rosálbez protegía á aquella rasgada moza, 
Lucía la Cordobesa, de tanta gracia, y garaba- 
to, y que el entretenimiento le salía carísi- 
mo—el que lo tiene lo gasta. 

Ha de saberse que Rosálbez el opulento ha- 
bía llegado á los cincuenta y seis años 3^ empe- 
zaba á cambiar sensiblemente de genio y de 
gusto. En otro tiempo no necesitaba la nota 
afectuosa en sus relaciones con mujeres: sólo 
exigía que le divirtiesen un instante. Ahora, 
sin duda, el desgaste físico de la edad reblan- 
decía sus entrañas, y lo que buscaba era agra- 
do tranquilo, el halago suave de un mimo filial. 
Su hija verdadera, Fanny, le demostraba un 
respeto helado, una obediencia pasiva y mecá- 
nica, y Rosálbez aspiraba á encontrar en la 
Cordobesa espontaneidad, calor amoroso, algo 
distinto, algo que removiese cenizas y alzase 
suaves llamas. Con esta esperanza y este deseo, 
llamaba á su puerta el día de Navidad. 

Lucía estaba en su tocador. Vestía una bata 
de franela rosa. La doncella, que le recogía con 
ancho peine la magnífica mata de pelo ondula- 
do, de un negro de azabache, al ver entrar al 
protector retiróse discretamente. 

La Cordobesa sonrió; Rosálbez la tomó una 
mano, y acariciando con reiterados pases la 
piel de raso moreno y los torneados dedos, la 
interpeló así: 

—¿Conque cenamos juntos esta noche, nena? 
¿Conque tú misma irás á la cocina y dirigirás 



E. PARDO BAZÁN 



79 



la sopa de almendra y la compotita con rajas, 
al uso de tu país? 

Lucía entornó un instante los párpados pe- 
sados y sedosos, y su boca pálida, en la cual 
refulgían los dientes como trozos de cuajado 
vidrio frío y blanco, hizo un gesto de mal 
humor. 

— ¡Ay, hijo! ¡Pero qué caprichos gastas, vaya 
por San Rafaé! ¿Te lo he de decir cantando ó 
rescindo? Ya sabes que está en Madrid mi pri- 
ma la de Écija, y quiere que la acompañe á la 
misa el Gallo, á media noche. Si te conformas 
con cenar á las ocho y largarte á las once en 
punto..., santo y bueno; después... tengo com- 
promiso. 

Rosálbez se soliviantó; se inyectó de sangre 
su cráneo calvo. 

—¡Compromiso! ¡Me gusta! ¿Y qué compro- 
miso es más que yo para ti? A las ocho se cena 
en mi casa; tal noche como hoy no he de dejar 
á mi hija sola, y menos teniendo convidados. 

—¡Hola! ¡Convidados! ¿Quién? 

—Gente que no conoces. Los Ruidencinas, 
Mario Lirio, el conde de Planelles... 

Lucía se echó á reir. Su carcajada era vul- 
gar (nada como el eco de la risa delata la ex- 
tracción, la educación y la calidad del alma). 

—-¿De qué te ríes?— exclamó el banquero im- 
paciente. 

—De ti— respondió ella con cinismo.— ¡Mira 
tú que empéñate en que no conozco á esos! Co- 
nozco yo á to el mundo. 

-Aquella risa insolente y mofadora, que con- 



8o 



CUENTOS DE NAVIDAD 



tinuaba, le hacía daño á Rosálbez. Hubiese pa- 
gado á buen precio una luz de melancolía en 
los grandes ojos árabes de la Cordobesa, un 
aire de mansedumbre en su morena faz. 

—¿Me das de cenar ó no?— insistió secamente, 
sintiendo en las manos como unas cosquillas, 
impulso de tratar con brutalidad á la reidora. 

— A las dose... ni que te lo imagines, criatu- 
ra,— declaró ella con la misma desdeñosa infle- 
xibiüdad. 

—Bien, hija— exclamó Rosálbez con laconis- 
mo, levantándose y encaminándose hacia la 
puerta. 

A medio pasillo sintió detrás de sí las pisa- 
das y la voz de Lucía, que le llamaba bromean- 
do; pero en vez de volverse, apretó el paso, 
tiró vivamente del resbalón de la puerta y bajó 
las escaleras á escape. Al verse en la plazuela, 
recordó que había despedido su coche, y echó 
á andar á pie, para calmar su agitación nervio- 
sa. Claridad repentina alumbraba su mente; 
comprendíalo que estaba sucediendo. Era, sin 
arabajes, que se encontraba enamorado de Lu- 
cía, de la Cordobesa agitanada é indómita. 
Hasta entonces la había mirado como un mue- 
ble ó un objeto de lujo: indiferencia absoluta. 
Pero la crisis de su madurez , ablandándole 
el corazón, hacía germinar en él un senti- 
miento desconocido. Al acercarse la noche in- 
mortal, consagrada al amor puro, en que se 
desea reclinar la frente sobre el pecho de un 
sér amado, Rosálbez soñaba que ese pecho se- 
ría el de la Cordobesa, y las proporciones de 



É. PARÍ)0 BAZÁÑ 



81 



su pena ante el desengaño le daban la medida 
exacta de su ilusión. 

—¡Después de lo que hice por ella!— pensaba 
el banquero.— La he sacado de la abyección y 
de la miseria; me debe hasta el aire que respi- 
ra. La he tratado mejor que á nadie; la he ro- 
deado de bienestar y de lujo; la he guardado 
incluso consideraciones... La quiero, la idola- 
tro... ¡Ingrata! 

La idea de la ingratitud de Lucía causó á 
Rosálbez una especie de enternecimiento: sin- 
tió lástima de sí mismo; se tuvo por muy des- 
venturado. A aquella hora de su vida, ante la 
vejez amenazadora, con la caja bien repleta y 
el alma completamente árida y obscura, Rosál- 
bez lo que eehaba de menos, para tapar el ne- 
gro agujero, era cariño. Su mujer fue una dura 
vascongada, una rígida ama de llaves, una 
secatona administradora, que no pensaba sino 
en cooperar dentro de casa, por medio de una 
economía estricta, á las brillantes especulacio- 
nes del marido. Cuando murió, Rosálbez notó 
su falta en que le robaron los cocineros y subió 
bastante el gasto diario. Y Fanny , la única hija, 
algo inclinada á la devoción, seria y callada 
por naturaleza, tampoco tenía para su padre 
halagos. Hasta se diría que le miraba como á 
un amo que manda, un superior, con quien no 
existe comunicación afectiva. Actualmente, la 
absorbían del todo sus amoríos con el conde de 
Planelles, no formalizados aún, Rosálbez lo sa- 
bía; y en el súbito acceso de bondad que le ha- 
bía acometido, en el deseo de ver algún rostro 



6 



82 



CUENTOS DE NAVIDAD 



que le sonriese, al volver á casa se apresuró á 
entrar en el saloncito de Fanny y darle la noti- 
cia de que estaba invitado Planelles á cenar. 
Equivalía á decir: "Autorizo tus relaciones; ya 
tienes oficialmente novio." 

Fanny, al recibir la nueva, se puso roja como 
una cereza, tembló, pero sólo respondió: 

—Está bien... 

Rosálbez fantaseaba otra cosa; que le salta- 
sen al cuello, que le abrazasen estrechamente. 
Acababa de traslucir una solución para su vida: 
unirse á su hija, crearse un hogar en el suyo, 
adorar y mimar á los nietos que enviase Dios. 
Ya veía una larga serie de Navidades futuras, 
de gozosas cenas de familia, con Arbol carga- 
do de juguetes, con sorpresitas retozonas y ba- 
bosas del abuelo. Creía sentir sobre sus rodillas 
el peso del "mayorcito'' y en las barbas la soba- 
dura de las manos tibias de "la pequeña". ¡Ah, 
sí; aquello era lo bueno, lo honrado, lo digno, 
lo que debía hacerse! Y conmovido, se acercó 
á Fanny y besó su frente marmórea, bebiendo 
ansioso la nitidez virginal de la fresca piel. 

Espléndida fue la cena, servida á las ocho en 
punto. En nada se pareció á la que pretendía 
Rosálbez organizar en casa de la Cordobesa: 
ni hubo sopa de almendra, ni besugo con rue- 
das de limón, ni compotita con rajas de canela. 
—Esos platos clásicos, familiares, no suelen 
dignarse presentarlos los cocineros de miles de 
pesetas de sueldo. Esos platos son mesocráti- 
cos.— En cambio, desfilaron por la mesa del 
banquero los peces y mariscos más suculentos, 



E. PARDO BAZÁN 



§3 



aderezados al genuino estilo francés, y regados 
con vinos añejos, raros y preciosos. El triunfo 
del cocinero fue un fingido jamón en dulce hecho 
de pescado prensado (no se podía infringir el 
precepto de la vigilia), que engañaba, no sólo 
á la vista, sino al paladar. Fanny, sentada á la 
derecha del que ya consideraba su prometido, 
en la penumbra del centro de mesa formado de 
lilas blancas forzadas en estufa y tallitos de 
combalaria alternando con camelias rojas, le 
hablaba quedo. Rosálbez, que los miraba á hur- 
tadillas, no pudo menos de exclamar: 
—Pero Planelles, ¡qué poco come usted! 
A lo cual contestó el conde: 
—Es que me siento malucho del estómago... 
Tan sencilla frase hizo estremecerse al ban- 
quero. Era exactamente la misma que él había 
pronunciado por la mañana, al invitar á Plane- 
lles, cuando proyectaba reservarse para la 
otra cena, íntima, en casa de Lucía, á las doce. 
Aquella singular coincidencia, no descifrada 
todavía, heríale, sin embargo, como chispa lu- 
mínica el pensamiento. ¿Quién averiguará por 
qué inmateriales hilos es conducida la leve sos- 
pecha que precede á la entera revelación de la 
verdad? No fué el protector apasionado de la 
Cordobesa, sino el padre de Fanny, quien cal- 
culó, fijando los ojos en los del futuro yerno: 

"A mí con esas. Tú ayunas para guardar 
apetito. ¡Ah! Yo te vigilaré. ¿Buscas en mi hija 
el oro ó el amor? ¡Cuidado conmigo!" 

La impresión adquirió fuerza cuando, á pe- 
sar de que Fanny anunció que á media noche 



CUENTOS DE NAVIDAD 



justa, al dar las doce, serviría á los convidados 
una copa de Champagne para celebrar el Naci- 
miento, el conde manifestó que se retiraba. 

Un cuarto de hora después que el conde, ba- 
jaba el banquero la escalera de mármol blan- 
co, y saltaba en el primer coche de punto vara- 
do en la esquina. El simón destartalado se paró 
á la puerta de la Cordobesa. No acudió el sere- 
no á abrir: Rosálbez le daba muy generosas 
propinas porque le dejase servirse de su Uavín, 
sin oficiosidades importunas. Cruzó el tenebro- 
so portal, y girando á la izquierda y encendien- 
do un fósforo, encontró la cerradura de la puer- 
ta del cuarto bajo. 

Sufría una agitación honda cuando introdujo 
en ella el otro extremo del llavín. ¡Aún dudaba! 
¿Quién sabe? Tal vez, como buena andaluza 
apegada á la tradición y creyente, la Cordobesa 
no había querido pasar la noche del 24 de Di- 
ciembre sin asistir á la Misa del Gallo, la más 
alegre y tierna de todas las misas.— ¡Qué dicha 
esperarla en el cuartito forrado de felpa azul, 
y cuando regresase á la una, depositar en su 
regazo el estuche con las calabazas de perlas, 
el último capricho!— Giró la llave sordamente; 
el banquero sintió bajo sus pies la alfombra de 
la antesala. Dió luz al tulipán, y al mismo tiem- 
po oyó que salía del comedor algazara y risa. 
De puntillas se coló en el ropero, que estaba á 
la derecha del pasillo; quería saber á qué ate- 
nerse: iba á ver, á saber, á cerciorarse de la in- 
famia.— Del ropero se pasaba á un gabinete, y 
ya en éste, al través de una puerta vidriera, 



E. PARDO BAZÁN 



8 5 



era fácil distinguir cuanto en el comedor suce- 
día. Rosálbez se agachó, entreabrió las corti- 
nas... Enfrente tenía á la Cordobesa, con man- 
tón de Manila y flores en el moño; á su lado, 
Planelles alzaba, la copa. 

El banquero retrocedió; reclinóse en un 
sofá, y creyó que una mano le apretaba la nuez 
hasta asfixiarle. Era el desastre completo; era 
no solamente la burla para él, sino el desprecio 
de su pobre Fanny, de su hija. Las risas, las co- 
plas, venidas del comedor, le azotaban como lá- 
tigos. Se levantó; á tientas buscó la salida, y se 
encontró de nuevo en la antesala. Dejó la puer- 
ta abierta; en la calle tiró la llave al primer 
agujero de alcantarilla; y subiendo á otro co- 
che, dió las señas de su palacio. Todavía esta- 
ban iluminados los salones; Fanny, en la ante- 
sala, despedía á los convidados. Cuando des- 
aparecieron, Rosálbez se acercó á su hija, y co- 
giéndola de la mano tartamudeó: 

—¡Valor! ¡No te sobresaltes!... Acabo de ad- 
quirir la prueba de que el conde de Planelles 
no te merece; de que es un miserable, que te 
engaña con la última de las mujerzuelas. Te lo 
juro; tu padre te lo jura, acaba de cerciorarse 
de ello, positivamente... Jamás consentiré que 
vuelva á poner los pies aquí. 

Y Fanny, sin replicar, blanca como su traje, 
balbuceó: 

-—Entraré en las Reparadoras. 

Rosálbez vio, mirando al porvenir, una lar- 
ga serie de Navidades frías y solitarias, inmen- 
so agujero tétrico en su existencia... 



LA NOCHEBUENA DEL CARPINTERO 



José volvió á su casa al anochecer. Su cora- 
zón estaba triste: nevaba en él, como empezaba 
á nevar sobre tejados y calles, sobre los árboles 
de los paseos y las graníticas estatuas de los 
reyes españoles, erguidas en la plaza. Blancos 
copos de fúnebre dolor caían pausadamente en 
el alma del carpintero sin trabajo, que regresa- 
ba á su hogar y no podía traer á él luz, abrigo, 
cena, esperanzas. 

Al emprender la subida de la escalera, al 
llegar cerca de su mansión, se sintió tan desco- 
razonado, que se dejó caer en un peldaño con 
ánimo de pasar allí lo que faltaba de la alegre 
noche. Era la escalera glacial y angosta de una 
casa de vecindad, en cuyos entresuelos, princi- 
pales y segundos vivía gente acomodada, mien- 
tras en los terceros ó cuartos, buhardillas y 
buhardillones, se albergaban artesanos menes- 
terosos. Un mechero de gas alumbraba los tra- 
mos hasta la altura .de los segundos; desde allí 



as 



CUENTOS DE NAVIDAD 



arriba, la obscuridad se condensaba, el ambien- 
te se hacía negro y era fétido como el que ex- 
hala la boca de un sucio pozo. Nunca el as- 
pecto desolado de la escalera y sus rellanos 
había impresionado así á José. Por primera vez 
retrocedía, temeroso de llamar á su propia 
puerta. ¡Para las buenas noticias que llevaba! 

Altas las rodillas, afincados en ellas los co- 
dos, fijos en el rostro los crispados puños, tiri- 
tando, el carpintero repasó los temas de su des- 
esperación y removió el sedimento amargo de 
su ira contra todo y contra todos. ¡Perra condi- 
ción, centellas, la del que vive de su sudor! En 
verano, cebolla, porque hace un bochorno que 
abrasa y los pudientes se marchan á bañarse y 
tomar el fresco. En Navidad, cebolla, porque 
nadie quiere meterse en obras con frío, y por- 
que todo el dinero es poco para leña de encina 
y abrigos de pieles. Y qué, ¿el carpintero no 
come en la canícula, no necesita carbón y mi- 
neral cuando hiela?- El patrón del taller le había 
dicho, meneando la cabeza: "Qué quieres, hijo, 
yo no puedo sacar rizos donde no hay pelo... 
Ñipara Dios sale un encargo... Ya sabes que 
antes de soltarte á ti, he soltao á otros tres... 
Pero no voy á soltar á mis sobrinos, los hijos de 
mi hermana..., ¿estamos? Ya me quedo con ellos 
solos... Búscate tú por ahí la vida... A ingeniar- 
se se ha dicho.. , v ¡A ingeniarse! ¿Y cómo se in- 
genia el que sólo sabe labrar madera, y no en- 
cuentra quien le pida esa clase de obra? 

Un mes llevaba José sin trabajar. ¡Qué jor- 
nadas tan penosas las que pasaba en recorrer 



E. PARDO BAZÁN 



á Madrid buscando ocupación! De aquí le des- 
pedían con frases de conmiseración y vagas 
promesas; de allá, con secas y duras palabras, 
hasta con marcada ironía... "¡Trabajo! Este 
año para nadie lo hay...' ? respondían los maes- 
tros,, coléricos, malhumorados ó abatidos. De 
todas partes brotaba el mismo clamor de esca- 
sez y de angustia; doquiera se lloraban los mis- 
mos males: guerra, ruina, enfermedades, dis- 
turbios, catástrofes, miedo, encogimiento de los 
bolsillos... Y José iba de puerta en puerta, 
mendigando trabajo como mendigaría limosna, 
para regresar á la noche, de semblante hos- 
co y ceño fruncido, y contestar á la interro- 
gación siempre igual de su mujer, con un mo- 
vimiento de hombros siempre idéntico, que sig- 
nificaba claramente: "No, todavía no." 

La mala racha les cogía sangrados, después 
de larga enfermedad, una tifoidea de la chica 
mayor, Felisa, convaleciente aún y necesitada 
de alimento substancioso; después de la adqui- 
sición de una cómoda y dos colchones de lana, 
que tomaron el camino de la casa de empeños 
á escape; después de haber pagado de un golpe 
el trimestre atrasado de la vivienda y oído de 
boca del administrador que no se les permitiría 
atrasarse otra vez, y al primer descuido se les 
pondría de patitas en la calle con sus trastos... 
En ocasión tal, un mes de holganza era el ham- 
bre en seguida, el ahogo para el resto del veni- 
dero año. ¡Y el hambre en una familia numero- 
sa! Nadie se figura el tormento del que tiene 
obligación de traer en el pico la pitanza al nido 



CUENTOS DE NAVIDAD 



de sus amores, y se ve precisado á volver á él 
con el pico vacío, las plumas mojadas, las alas 
caídas... Cada vez que José llamaba y se metía 
buhardilla adentro, el frío de los desnudos bal- 
dosines, la nieve de la apagada cocina se le 
apoderaban del espíritu con fuerza mayor; por- 
que el invierno es un terrible aliado del ham- 
bre, y con el estómago desmantelado muerde 
mil veces más riguroso el soplo del cierzo que 
entra por las rendijas y trae en sus alas la voz 
rabiosa de los gatos... 

Cavilaba José. No, no era posible que él pa- 
sase aquel umbral sin llevar á los que le aguar- 
daban dentro, famélicos y transidos, ya que 
no las dulzuras y regalos propios de la noche de 
Navidad, por lo menos algo que desanublase sus 
ojos y reconfortase su espíritu. Permanecía así, 
en uno de esos estados de indecisión horrible 
que constituyen verdaderas crisis del alma, en 
las cuales zozobran ideas y sentimientos arrai- 
gados por la costumbre, por la tradición. Honra- 
do era José, y á ningún propósito criminal daba 
acogida, ni aun en aquel instante de prueba; 
las manos se le caerían antes que extenderlas á 
la ajena propiedad; pero esta honradez tenía 
algo de instintivo; y lo que se le turbaba y con- 
fundía á José era la conciencia, en pugna en- 
tonces con el instinto natural de la hombría de 
bien, y casi reprobándolo. El no robaría jamás, 
eso no...; pero vamos á ver, los que roban en 
casos análogos al suyo, ¿son tan culpables como 
parece? A él no le daba la gana de abochornar- 
se, de arrostrar el feo nombre de ladrón; unas 



E. FARDO BAZÁN 



91 



horas en la cárcel le costarían la vida; moriría 
del berrinche, de la afrenta; bueno; esas eran 
cosas suyas, repulgos de su dignidad, que un 
carpintero puede tenerla también; mas los que 
no padeciesen de tales escrúpulos y cometiesen 
una barbaridad, no por sostener vicios, por 
mantener á la mujer y á los pequeños..., ¿quién 
sabe si tenían razón? ¿Quién sabe si eran mejo- 
res maridos, mejores padres? El no daba álos 
suyos más que necesidadylágrimas... 

Gimió, se clavó los dedos en el pelo, y estú- 
pido de amargura, miró hacia abajo, hacia la 
parte iluminada de la escalera. Por allí mucho 
movimiento, mucho abrir de puertas, mucho 
subir y bajar de criados y dependientes llevan- 
do paquetes, cartitas, bandejas: los últimos pre- 
parativos de la cena, el turrón que viene de la 
turronería, el bizcochón que remite el confite- 
ro, el obsequio del amigo, que se asocia al jú- 
bilo de la familia con las seis botellas de Jerez 
dulce y las rojas granadas. Una puerta sola, la 
de la anciana viuda y devota, doña Amparo, 
no se había abierto ni una vez; de pronto se oyó 
estrépito, una turba de chiquillos se colgó de 
la campanilla; eran los sobrinos de la señora, 
su único amor, su debilidad, su mimo... Entra- 
ron como bandada de pájaros en un panteón; la 
casa, hasta entonces muda, se llenó de rumores, 
de carreras, de risas. Un momento después, la 
criada, viejecita tan beata como su ama, salía 
al descanso y gritaba en cascada voz: 

— ¡Eh, Sr. José! ¿Esta por ahí el Sr. José? 
Baje, que le quiero un recado... 



02 



CUENTOS DE NAVIDAD 



En los momentos de desesperación, cual- 
quier eco de la vida nos parece un auxilio, un 
consuelo. El que cierra las ventanas para en- 
cender un hornillo de carbón y asfixiarse, oye 
con enternecimiento los ruidos de la calle, los 
ecos de una murga, el ladrido del perro vaga- 
bundo... José se estremeció, se levantó, y ron- 
co de emoción contestó bajando á saltos: 

—¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!... 

—Entre...— murmuró la vieja. — Si está des- 
ocupado nos va á armar el Nacimiento, porque 
han vento los chicos, y mi ama, como está con 
ellos que se le cae la baba pura,.. 

—Voy por la herramienta —contestó el car- 
pintero pálido de alegría. 

—No hace falta... Martillo y tenazas hay 
aquí, y clavos quedaron del año pasao; como 
yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé... 

José entró en el piso invadido por los chiqui- 
llos y en el aposento donde yacían desparrama- 
das las figuras del belén y las tablas del arma- 
dijo en que había de descansar. Entre la alga- 
zara empezó el carpintero á disponer su labor. 
¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la 
punta, la hincaba en la madera, la remachaba! 
¡Qué renovación de su sér, qué bríos y qué 
fuerzas morales le entraban al empuñar, des- 
pués de tanto tiempo, los útiles del trabajo! Pe- 
dazo á pedazo, y tabla tras tabla, iba sentando 
y ajustando las piezas de la plataforma en que 
el belén debía lucir sus torrecillas de cartón 
pintado, sus praderas de musgo, sus figuras 
de barro toscas é ingenuas. Los niños seguían 



E. PARDO BAZÁN 



93 



con interés la obra del carpintero, no perdían 
martillazo, preguntaban, daban parecer, y co- 
reaban con palmadas y chillidos cada adelanto 
del armatoste. La señora, entretanto, colgaba 
en la pared unas agrupaciones de bronce y vi- 
drio para colocar en ellas bujías. Los criados 
iban y venían, atareados y contentos. Fuera 
nevaba, pero nadie se acordaba de eso; la nie- 
ve, que aumenta los padecimientos de la mise- 
ria, también aumenta la grata sensación del 
bienestar íntimo, del hogar abrigado y dulce. 
Y José asentaba, clavaba la madera, hasta ter- 
minar su obra rápidamente, en una especie de 
transporte, reacción del abatimiento que mo- 
mentos antes le ponía al borde de la desespe- 
ración total... 

Cuando el tablado estuvo enteramente listo, 
y José hubo dado alrededor de él esa última 
vuelta del artífice que repasa la labor, doña 
Amparo, muy acabadita y asmática, le hizo 
seña de que la siguiese, y le llevó á su gabinete, 
donde le dejó solo un momento. Los ojos de 
José se fijaron involuntariamente en los mue- 
bles y decorado de aquella habitación ni lujosa 
ni mezquina, y sobre todo, le atrajo desde el 
primer momento una imagen que campeaba so- 
bre la consola, alumbrada por una lamparilla 
de fino cristal. Era un San José de talla, escul- 
tura moderna, sin mérito, aunque no despro- 
vista de cierto sentimiento; y el santo, en vez 
de hallarse representado con el Niño en brazos 
ó de la mano, según suele, estaba al pie de un 
banco de carpintero, manejando la azuela y en- 



94 



CUENTOS DE NAVIDAD 



señando al Jesusín, atento y sonriente, la ley 
del trabajo, la suprema ley del mundo. José se 
quedó absorto. Creía que la i^iagen le hablaba; 
creía que pronunciaba frases de consuelo y de 
cariño infinito, frases no oídas jamás. Cuando 
la señora volvió y le deslizó dos duros en la 
mano, el carpintero, en vez de dar gracias, 
miró primero á su bienhechora y después á la 
imagen; y á la elocuencia muda de sus ojos res- 
pondió la de los ojos de la viejecita, que leyó 
como en un libro en el alma de aquel desventu- 
rado, deshecho física y moralmente por un mes 
de ansiedad y amargura sin nombre.— Y doña 
Amparo, muy acostumbrada á socorrer po- 
bres, sintió como un golpe en el corazón: la ne- 
cesidad que iba á buscar fuera de casa, visitan- 
do zaquizamíes, la tenía allí, á dos pasos, calla- 
da y vergonzante, pero urgente y completa. 
Alzó los ojos de nuevo hacia la efigie del labo- 
rioso Patriarca, y bondadosamente, tosiquean- 
do, dijo al carpintero: 

* Ahora subirán de aquí cena á su casa de 
usted, para que celebren la Navidad.'' 



ff 



EL CIEGO 



La tarde del 24 de Diciembre le sorprendió 
en despoblado, á caballo, y con anuncios de 
tormenta. Era la hora en que, en invierno, de 
repente se apaga la claridad del día, como si 
fuese de lámpara y alguien diese vuelta á la lla- 
ve sin transición, las tinieblas descendieron bo- 
rrando los términos del paisaje acaso apacible 
á medio día, pero en aquel momento tétrico y 
desolado. 

Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que 
corren profundos, encajonados entre dos escar- 
pes; á la derecha el camino, á la izquierda una 
montaña pedregosa, casi vertical, escueta y 
plomiza de tono. Allá abajo no se divisaba más 
que una cinta negruzca, donde moría, cule- 
breando, áspid de carmín, un reflejo rojo del 
poniente ; arriba , densas masas erguidas, for- 
mas extrañas, fantasmagóricas ; todo solemne 
y aun pudiera decirse que amenazador. No 
pecaba Mauricio de cobarde, y sin embargo, le 



CUENTOS DE NAVIDAD 



impresionó el aspecto de la montaña; sintió de- 
seos de llegar cuanto antes al Pazo, del cual le 
separaban aún tres largas leguas, y animó con 
ía voz y la espuela á su montura, que empi- 
naba las orejas recelosa. 

Arreció el viento y le obligó á atar el som- 
brero con un pañuelo bajo la barba; el trueno, 
lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas 
de lluvia azotaron la cara del jinete, que ahogó 
un juramento. ¡Aquello era mala sombra! ¡Jus- 
tamente empezaba á llover á la mitad del ca- 
mino! Al punto mismo el caballo se encabritó y 
pegó un bote de costado: de entre la maleza 
había salido un bulto. Echaba ya Mauricio mano 
al revólver que llevaba en el bolsillo interior 
de la zamarra, cuando oyó estas palabras en 
dialecto: 

—¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios que va 
á nacer,., una limosnita, señor! 

Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al 
que en tal sitio y ocasión cometía la importuni- 
dad de pedir limosna. Era un hombrachón alto, 
descalzo de pie y pierna, que llevaba al hombro 
unas alforjas, y se apoyaba en recio garrote. 
La obscuridad no permitía distinguir cómo tenía 
el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo cas- 
cado de la voz y en el vago reflejo plateado de 
las greñas blancas. 

—Apártese— murmuró impaciente el señori- 
to. —¿No ve que el caballo se asusta? Si me des- 
cuido, al río de cabeza..* ¡Vaya unas horas de 
pedir, y un sitio á propósito para saltar delante 
de la montura! ¡Brutos! 



E. PARDO BAZAN 



97 



El pordiosero se había quedado como hecho 
de piedra. 

—¿Dónde está el río? — gritó con hondo te- 
rror. — ¿No es aquí el camino de la iglesia de 
Cimáis? Señor, por el alma de quien lo ha pari- 
do... Señor, no me desampare... ¡Soy un ciego! 
¡Nuestra Señora le conserve la vista! ¡Pobre 
del que no ve! 

Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se 
había perdido, ignoraba dónde se encontraba, 
y para no despeñarse necesitaba un guía. Sí, 
convenido; necesitaba un guía... ¿Y quién iba á 
ser? ¿Él, Mauricio Acuña, que desde Orense re- 
gresaba á su casa en tarde de Navidad , á ce- 
nar, á pasar alegremente la velada, jugando al 
julepe ó al golfo con sus hermanos y primos, 
fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su ca- 
ballo al lento andar de un ciego; si torcía su 
rumbo cara á la iglesia de Cimáis, distante buen 
rato, ¿á qué santas horas iba á hacer su entrada 
en la sala del Pazo de Portomellor? Un instante 
titubeó: pensaba que no podía menos de sacrifi- 
car algunos minutos á colocar al ciego en la 
dirección de Cimáis, y dejarle, ya orientado, 
arreglarse como Dios le diese á entender. Sólo 
que era internarse en la carballeda , exponerse 
á tropezar en los cepos y en los pedruscos, y 
sobre todo, era condescender á los ruegos del 
mendigo, que no soltaría á dos por tres á su la- 
zarillo improvisado, y si le complaciese en lo 
primero exigiría lo segundo... ¡Estos pobres 
son tan lagoteros y tan pegajosos! "Más vale 
escurrirse'', decidió; y sacando del bolsillo un 



7 



9 8 



CUENTOS DE NAVIDAD 



duro, lo dejó en la mano temblona que el viejo 
extendía, más para implorar que para mendi- 
gar; picó al caballo y escapó como un criminal 
que huye de la justicia. 

Sí, como un criminal—así definió su conduc- 
ta él mismo, luego, en el punto de refrenar á 
Maceo, su negro andaluz cruzado, y darse cuen- 
ta de que había caído enteramente la noche.— 
Velada por sombríos nubarrones, la luna se en- 
treparecía lívida, semejante á la faz de un ca- 
dáver amortajado con hábito monacal. La ca- 
rretera se desarrollaba suspendida sobre el río 
que, á pavorosa profundidad, dormitaba mudo 
y siniestro. El viento combatía, haciéndolos 
crugir, los troncos robustos de los árboles; un 
relámpago alumbró la superficie del agua, un 
trueno resonó ya bastante cercano; Mauricio se 
estremeció. Le parecía escuchar ruidos extra- 
ños, además de los de la tormenta. ¿Se habrá 
caído el viejo al agua? Detrás, sobre la peñas- 
cosa senda, creía escuchar el paso de un 
hombre que tentaba el suelo con un palo, 
como hacen los ciegos. Absurdo evidente, pues 
con la galopada que Maceo había pegado ya, 
quedaría el mendigo atrás un cuarto de legua. 
Lo cierto es que Mauricio juraría que le seguía 
alguien: alguien que respiraba trabajosamen- 
te, que tropezaba, que gemía, que imploraba 
compasión. Invencible desasosiego le impulsó 
á apurar nuevamente á su montura, para alcan- 
zar pronto el cruce en que la carretera se des- 
vía del río, cuya vista le sugería el temor de 
una desgracia. ¿Se habrá caído?... — Lo que á 



E. PARDO BAZÁN 



99 



Mauricio le acongojaba era la idea de haber 
abandonado á un ciego en tal noche. "Pero, 
¿cómo fui capaz...? ¡Si parece mentira! Me lo 
contarían después y no lo creería... Hoy no 
debí dejar solo á un infeliz.. cavilaba, hincan- 
do la espuela en los ijares de Maceo. "Y lo más 
sucio, lo más vil de mi acción fue darle dinero 
¡Dinero! Si á estas horas flota en el Sil su cuer- 
po..., el dinero ¿de qué le sirve? Creemos que 
el dinero lo arregla todo... ¡Miserable yo! Es- 
toy por volverme. ¿No viene nadie detrás?...'' 

Maceo volaba: un sudor de angustia hume- 
decía las sienes del jinete. El zumbido de sus 
oídos y el remolino del viento , profundo como 
una tromba, no le impedían oir, cada vez más 
próximas, las pisadas del que le seguía, ya sin 
género de duda, y percibir la misma respira- 
ción entrecortada, el mismo doliente gemido; 
y el caso es que no se atrevía á volverse: por- 
que si se volviese, quizás vería la figura del 
ciego mendigo, alto, descalzo de pie y pierna, 
con el zurrón al hombro, el cayado en la mano, 
y reluciente en la obscuridad la plata de sus 
blancas greñas... 

—¿Estaré loco?— pensó.— Ea, ánimo... Debo 
volverme...— Y no se volvía; su garganta apre- 
tada, su corazón palpitante, le hacían traición: 
sufría un miedo espantoso, sobrenatural. Apre- 
tó las espuelas, y el caballo, excitado, aceleró 
el tendido galope, sacando chispas de los gui- 
jarros del camino. La tempestad estaba ya en- 
cima: el relámpago brilló; un trueno formida- 
ble rimbombó sobre la misma cabeza del se- 



100 



CUENTOS DE NAVIDAD 



ñorito, aturdiéndole. Alborotóse Maceo; giró 
bruscamente sobre sus patas traseras, y se arro- 
jó hacia el talud que dominaba el Sil. Vió Mau- 
ricio el tremendo peligro, cuando otro relám- 
pago le mostró el abismo y la superficie del 
agua: cerró los ojos, aceptando el juicio de la 
Providencia... y el caballo, en su vértigo mor- 
tal, arrastró al jinete al fondo del despeñadero, 
tronchando en su caída los pinos y empujando 
las piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, 
al rodar peñas abajo, remedaba aún los desa- 
tentados pasos del ciegoque tropezaba ygemía. 



LOS MAGOS 



En su viaje, guiados día y noche por el ras- 
tro de luz de la Estrella, los Magos, á fin de des- 
cansar, quisieron detenerse al pie de las mura- 
llas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, 
entre bosquetes de olivos y setos de cactos es- 
pinosos. Pero un instinto indefinible les movió 
á cambiar de propósito: la ciudad de Samaria 
era el punto más peligroso en que podían hacer 
alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre 
las ruinas que habían hacinado los soldados de 
Alejandro el macedón siglos antes, y la pobla- 
ban colonos romanos que hacía poco trocaron 
la espada corta por el arado y el bieldo: gente 
toda á devoción del sanguinario Tetrarca, y 
dispuesta á sospechar del extranjero, del cami- 
nante, cuando no á despojarle de sus alhajas y 
viáticos. 

Siguieron , pues , la ruta , atravesando los 
campos sembrados de trigo, evitando la doble 
hilera de erguidas columnas que señalaba la en- 



102 



CUENTOS DE REYES 



trada triunfal de la ciudad, y buscando la som- 
bra de los olivos y las higueras, el oasis de al- 
gún manantial argentino. Abrasaba el sol, y en 
las inmediaciones de la villita de Betulia la des- 
nudez del paisaje, la blancura de las rocas, que- 
maban los ojos. "Ahí no encontraremos sino po- 
zos y cisternas, y yo quisiera beber agua que 
brotase á mi vista 1 ', murmuró, revolviendo 
contra el paladar la seca lengua, el anciano rey 
Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más 
aún que las fauces, y se acordaba de los anchos 
ríos de su amado país del Irán, de la sábana in- 
mensa del Indo, del fresco y misterioso lago de 
Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes tris- 
can las gacelas. La llanura, uniforme y monó- 
tona, se prolongaba hasta perderse de vista: 
campos de heno, planicies revestidas de espinos 
y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la 
perspectiva del horizonte; en el cielo, de un azul 
de ultramar, las nubes ensangrentadas del Po- 
niente devoraban el resplandor de la Estrella, 
haciéndola invisible. Entonces Melchor, el rey 
negro, desciende de su montura, y cruzando 
sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin 
reparo de manchar de polvo su rica túnica de 
brocado de plata, franjeada de esmeraldas y 
plumas de pavo real, coge un puñado de arena 
y lo lleva á los labios, implorando así: 

—Poder celeste, no des otra bebida á mi 
boca, pero no me escondas tu luz. ¡Que la Es- 
trella brille de nuevo! 

Como una lámpara cuando recibe provisión 
de aceite, la Estrella relumbró y chispeó. Al 



E. PARDO BAZÁN 



103 



mismo tiempo los otros dos Magos exhalaron 
un grito de alegría: era que se avistaban las 
blancas mansiones y los grupos de palmeras se- 
culares de En-Ganim. En Palestina, ver palme- 
ras es ver la fuente. Gozosa se dirigió la comi- 
tiva al oasis, y al descubrir el agua, al escuchar 
su refrigerante murmullo, todos descendieron 
de los camellos y dromedarios y se postraron 
dando gracias, mientras los animales tendían el 
cuello y el hocico, venteando los húmedos eflu- 
vios de la corriente. Así que bebieron, que col- 
maron los odres, que se lavaron los pies y el 
rostro, acamparon y durmieron apaciblemente 
allí, bajo las palmeras, á la claridad de la Es- 
trella, que refulgía apacible en lo alto del cielo. 

Al alba dispusiéronse á emprender otra vez 
la jornada en busca del Niño. La mañana era 
despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim 
salían al pastoreo, y las innumerables ovejas 
blancas, moviéndose en la llanura, parecían 
ejércitos fantásticos. La proximidad de la co- 
marca donde se asienta Jerusalén se conocía 
en la mayor feracidad del terreno, en la verdu- 
ra del tupido musgo, en la copia de hierba y flo- 
recillas silvestres, que no había conseguido 
marchitar el invierno. Baltasar y Gaspar refle- 
xionaban, al ritmo violento del largo zancajear 
de sus monturas. Pensaban en aquel Niño, rey 
de reyes, á quien un decreto de los astros les 
mandaba reverenciar y adorar y colmar de 
presentes y de homenajes. En aquel Niño, sin 
duda alguna, iba á reflorecer el poderío incon- 
trastable de los monarcas de Judá y de Israel, 



104 



CUENTOS DE REYES 



leones en el combate, gobernantes felicísimos 
en la paz; y la vasta monarquía, con sus recuer- 
dos de gloria, llenaba la mente de los dos Ma- 
gos. ¡Qué sabiduría, qué infusa ciencia la de 
Salomón, aquel que había subyugado á todos 
sus vecinos, desde los Faraones egipcios hasta 
los comerciales emporios de Tiro y Sidón; el 
que construyó el Templo gigante, con sus ma- 
res de bronce, sus candelabros de oro, su terri- 
ble y velado tabernáculo, sus bosques de co- 
lumnas de mármol, jaspe y serpentina, sus in- 
crustaciones de corales, sus chapeados de mar- 
fil! ¡Qué magnificencia la del que deslumbró 
con su recibimiento á la reina de Saba, á Balkis 
la de los aromas, la que traía consigo los teso- 
ros del Oriente y las rarezas venidas de las tres 
partes del mundo, recogidas sólo para ella y 
que ella arrojaba, envueltas en paños de púr- 
pura, al pie del trono del rey! Cerrando los 
ojos, Baltasar y Gaspar veían la escena, con- 
templaban la sarta de perlas desgranándose, 
los colmillos de elefante ostentando sus compli- 
cadas esculturas, los pebeteros humeando y sol- 
tando nubes perfumadas, los monillos jugando, 
los faisanes y pavos reales haciendo la rueda, 
los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, en- 
vuelta en su larga túnica bordada de turquesas 
y topacios, protegida del sol por los inmensos 
abanicos de pluma, adelantándose con los bra- 
zos abiertos para recibir en ellos á Salomón... 
No podían dudarlo; el Niño á quien iban á ado- 
rar sería, con el tiempo, otro Salomón, más 
grande, más fuerte, más opulento, más docto 



E. PARDO BAZAN 



105 



que el antiguo. Sometería á todas las naciones; 
ceñiría la corona del Universo, y bajo su solio, 
salpicado de diamantes, se postraría la opreso- 
ra ciudad del Lacio; sí, la ávida loba romana 
lamería, domada, los pies de aquel Niño prodi- 
gioso... 

Mientras rumiaban tales ideas, la Estrella 
desaparecía , extinguiéndose . Encontráronse 
perdidos, sin guía, en la dilatada llanura. Mi- 
raron en torno, y con sorpresa advirtieron que 
se había separado de ellos Melchor. Una niebla 
densa y sombría, alzándose de los pantanos y 
esteros, les había engañado y extraviado, de 
fijo. Turbados y tristes, probaron á orientarse; 
pero la costumbre de seguir á la Estrella y el 
desconocimiento completo de aquel país que 
cruzaban eran insuperables obstáculos para que 
lograsen su intento. Ocurrióseles buscar un 
guía, y clamaron en el desierto, porque á na- 
die veían ni se vislumbraba rastro de habita- 
ción humana. Por fin, aparecióse un pastor 
muy joven, vestido de lana azul, sujeto á la 
frente el ropaje con un rollo de lino blanco. Y 
al escuchar que los viajeros iban en busca del 
Niño rey, el rústico sonrió alegremente y se 
ofreció á conducirles. 

—Yo le adoré la noche en que nació...— dijo 
transportado. 

—Pues llévanos á su palacio y te recompen- 
saremos. 

—¡A su palacio! El Niño está en una cueve- 
cilla, donde solemos recoger el ganado cuando 
hace mal tiempo. 



io6 



CUENTOS DE REYES 



—Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias? 

—Una muía y un buey le calientan con su 
aliento...— respondió el pastor.— Su madre y su 
padre, el carpintero Josef de Nazareth, le cui- 
dan y le velan amorosos... 

Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que 
descubría confusión, asombro y recelo. El pas- 
tor debía de equivocarse; no era posible que 
tan gran rey hubiese nacido así, en la miseria, 
en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si pidiesen con^ 
sejo á Melchor? Pero Melchor, envuelto en la 
niebla, caminaba con paso firme; la Estrella no 
se había obscurecido para él. Hallábase ya á 
gran distancia, cuando por fin oyó las voces, 
los gritos de sus compañeros: "¡Eh, eh, Mel- 
chor! ¡Aguárdanos!'' El Mago de negra piel se 
detuvo, y clamó á su vez: "Estoy aquí, estoy 
aquí..." 

Al juntarse por último la caravana, Melchor 
divisó al pastorcillo y supo las noticias que 
daba del Niño re}^. "Este pobre zagal nos enga- 
ña ó se engaña— exclamó Gaspar enojado. — 
Dice que nos guiará á un establo ruinoso, y 
que allí veremos al hijo de un carpintero de 
Nazareth. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientí- 
simo Baltasar teme que aquí corramos grave 
peligro, pues no conocemos el terreno^ y si nos 
aventuramos á preguntar infundiremos sospe- 
chas, seremos presos y acaso nos recluya He- 
rodes en sus calabozos subterráneos. La Estre- 
lla ya no brilla y nuestro corazón desmaya." 

Melchor guardó silencio. Para él no se ha- 
bía ocultado la Estrella ni un segundo. Al con- 



E. PARDO BAZÁN 



Í07 



trario, su luz se hacía más fulgente á medida 
que adelantaban, que se aproximaban al esta- 
blo. Y en su imaginación, Melchor lo veía: una 
cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido 
con paja y heno, una mujer joven y celestial- 
mente bella agasajando á un niño tiernecito, 
que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, 
blanco, que bendice, que no llora. Lo singular 
es que la cueva, en vez de estar obscura, se 
halla inundada de luz, y que una música inefa- 
ble, apenas perceptible, idealmente delicada y 
melodiosa, resuena en sus ámbitos. La cueva 
parece que es toda ella claridad y armonía. 
Melchor oye extasiado; se baña, se sumerge en 
la deliciosa música y en los resplandores de 
oro que llenan la caverna y cercan al Niño. 

—¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si de- 
bemos continuar el viaje... ó volvernos á nues- 
tra patria, por no ser encarcelados y oprimidos 
aquí. 

— Y vosotros, ¿no oís la música?— repite Mel- 
chor, por cuyas mejillas de ébano resbalan go- 
tas de dulce llanto. 

—Nada oímos, nada vemos...— responden los 
dos Magos, afligidos. 

—Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y 
Dios se revelará á vosotros. 

Magos y séquito echan pie á tierra, extien- 
den los tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la 
cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la Estre- 
lla, poco á poco, como una mirada de moribun- 
do que se reanima al aproximarse al lecho un 
sér querido, va encendiéndose, destellando, has- 



ioS 



CUENTOS DE REYES 



ta iluminar completamente el sendero, que se 
alarga y penetra en la montaña, en dirección 
de Belén. La niebla se disipa; el paisaje es ri- 
sueño, pastoril, fresco, florido, á pesar de la es- 
tación; claros arroyillos surcan la tierra, y re- 
suena, como en Mayo, el gorjeo de las aves, 
que acompaña el tilinteo de la esquila y el cán- 
tico de los pastores, recostados bajo los tere- 
bintos y los cedros, siempre verdes. Los Ma- 
gos, terminada su plegaria, emprenden el cami- 
no llenos de esperanza y de seguridad. Una 
cohorte de soldados á caballo se cruza con la 
caravana: es un destacamento romano, arro- 
gante y belicoso; el sol saca chispas de sus 
corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las 
banderolas, los cascos de los caballos hieren 
el suelo con provocativa furia. Los Magos se 
detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa 
á su lado 3^ no da muestras de notar su presen- 
cia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni ad- 
vierten nada. 

—Van ciegos— exclama Melchor; — y los Ma- 
gos aprietan el paso, mientras se aleja la co- 
horte. 



SUEÑOS REGIOS 



Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. 
Fuera no se escucha el menor ruido: la nevada, 
cayendo en finos copos delicadísimos que mu- 
llen la atmósfera, contribuye á sostener el sp 
lencio absoluto, ahogado, que pesa sobre los 
jardines blancos con blancura fantástica. La 
nieve ha perfilado primorosamente la traza de 
las calles de árboles, de los macizos, de los bos- 
quetes, de los estanques cuajados por el hielo, y 
cuya superficie lisa rayaron los patines en la 
última sesión de patinaje que tanto divirtió á la 
corte, porque el príncipe de Circasia se dio 
unas costaladas regulares. Las estatuas pare- 
cen temblar y lucen aderezos de carámbanos. 
Las coniferas son témpanos bordados y escul- 
pidos. En el alcázar, las cornisas, las balcona- 
das, las torrecillas, la monumental ornamenta- 
ción de la fachada, el reloj, sostenido por Ge- 
nios que representan los destinos de la casa 
imperial venciendo al Tiempo , van desapare- 
ciendo bajo la suave acolchadura blanca. Los 
centinelas, en su garita, tiritando, sintiendo que 
el aliento se les cristaliza primero y se les li- 



110 



CUENTOS DE REYES 



quida después dentro del alto cuello de sus ca- 
potes militares, hieren el suelo con el pie, se 
acuerdan del cuerpo de guardia donde arde la 
estufa y se puede echar un trago de lo fermen- 
tado, y de tiempo en tiempo lanzan, al través 
de la nieve, su "¡Alerta!" gutural. El decorati- 
vo reloj da las doce, pausadamente, como si la 
hora contada por él fuese más solemne que las 
otras. Al reloj de fuera contestan los de dentro, 
desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas 
y bien moduladas de palaciegos. 

El emperador se estremece y se incorpora en 
el gran lecho incrustado de marfil, bajo las pie- 
les rarísimas que lo mullen. Se le figura que 
una mano acaba de posarse en su hombro; y 
en efecto, á la luz de la lámpara de alabastro 
velada de encaje, ve una figura venerable, un 
viejo aureolado por larguísima barba y mele- 
nas, donde la nieve se diría que enredó sus ve- 
llones. La vestidura del viejo deslumbra; túni- 
ca de brocado de oro, manto de terciopelo vio- 
leta orlado de armiño. Una especie de mitra en 
que las perlas se apiñan sobre la filigrana, ro- 
dea sus sienes y comprime y hace bufar su gran 
cabellera nevada, que se extiende caudalosa 
por los hombros. En la mano lleva cincelado 
cofrecillo abierto, lleno de polvo aurífero im- 
palpable. 

—¿Qué me quieres y quién eres?— pregunta 
el emperador al anciano. 

—Como de casa. Baltasar, rey de los países 
de Oriente— contesta el patriarca en voz tem- 
blona. 



E. PARDO BAZÁN 



— ¡Bienvenido, primo y señor! ¿Por qué viaja 
Vuestra Majestad en tan cruda noche? Convie- 
ne á las testas coronadas no ponerse nunca en 
el caso de sufrir las molestias que padecen los 
demás mortales. Dígnese Vuestra Majestad 
descansar bajo mi hospitalario techo. 

— No acepto sino breves instantes, aunque 
vengo rendido de atravesar los dominios de 
Vuestra Majestad, á los cuales no se les ve el 
fin: deben de cubrir buena parte de la superfi- 
cie del planeta. 

— ¡Ah!— articula el emperador, satisfecho.— 
¿Los ha recorrido Vuestra Majestad? ¿Se ha en- 
terado de su extensión y riqueza? Todos los cli- 
mas, todas las producciones, todas las razas, 
reconocen mi soberanía. Cuando paso revista 
á mi ejército, en él veo soldados blancos y ru- 
bios, de ojos azules; soldados de morena tez; 
soldados de cutis amarillo y nariz achatada; 
ropajes orientales y envolturas que preservan 
del rigor de las estaciones en los países hiper- 
bóreos. Mi imperio produce el trigo y el zafiro, 
los minerales, las pieles y las maderas odorí- 
feras; es un gigante cuya cabeza, como la de 
Vuestra Majestad, se baña en las nieves árti- 
cas, y cuyas manos se tienden hacia el Medio- 
día para abarcarlo. Y en este Imperio yo soy 
Dios. A mi voz las frentes se inclinan, las mu- 
chedumbres se prosternan, la plegaria por mí 
hace retemblar los iconostasios. Mientras el 
soplo del huracán juega con los monarcas oc- 
cidentales, nuestros necios primos, yo, como 
un numen, me oculto en santuario inaccesible, 



CUENTOS DE REYES 



— Conozco el poderío de Vuestra Majestad. 
Por eso sospecho si la tarea que me ha sido en- 
comendada resultará estéril; pero, obedecien- 
do, la cumplo. 

—¿Qué tarea es esa, primo y señor? 

—La que me ordenó realizar el Niño. Vuelvo 
de Palestina; regreso á mi patria, después del 
interminable viaje anual... ¡Es una maravilla lo 
lindo que está el Niño y lo dulce y honesta que 
es la Madre! Nada perdió su inmortal hermosu- 
ra en los mil novecientos dos años transcurri- 
dos desde que por vez primera les adoré. Como 
siempre, les he llevado mi ofrenda: polvo de 
oro del Ofir. Y el Niño, después de extender sus 
manitas, que besé, y bendecir el oro, me ha di- 
cho que lo espolvoree por el suelo, allí donde 
vea que el hombre atenta á la libertad del hom- 
bre. 

—¿Conque esas mañas saca el Niño? — tarta- 
mudeó el emperador.— ¡Por cierto que lo edu- 
can bien mal su Madre y el carpintero, gente 
baja al fin, aunque descienda de la casta de 
nuestros augustos primos los reyes de Judá! 
Vuestra Majestad, con la experiencia que le 
dan los años, habrá comprendido que no debe 
cumplírsele al Niño ese antojo. 

—No es posible desobedecerle, primo y se- 
ñor—declaró gravemente el Mago.— He espol- 
voreado la enorme porción de tierra donde rei- 
na Vuesta Majestad, aunque confieso que dudo 
de ver germinar cosa alguna sobre la dura 
capa de hielo que la reviste. Sin esperanzas 
voy derramando polvillo de oro; y la verdad, 



E. PARDO BAZÁN 



113 



hace un instante, en los jardines de este pala- 
cio, al caer el dorado polvillo, creí que el suelo 
se estremecía y se agrietaba la capa de nieve. 
Tembló la tierra; me pareció que un ruido ca- 
vernoso resonaba allá dentro. ¿Está seguro 
Vuestra Majestad de que no se halla minado 
su palacio? 

— Vuestra Majestad es quien lo mina, y será 
preciso impedirlo;— contesta enérgicamente el 
emperador, hiriendo un timbre. 

Aparece la guardia. El viejo toma una pulga- 
rada de polvillo, lo arroja á los ojos de los sol- 
dados y pasa por entre ellos libre y majestuoso. 



Otro efecto de nieve sobre jardines y palacio 
real, pero nieve ya cuajada y que empieza á de- 
rretirse formando un barro sucio y negruzco. 
En el alcázar se ven todavía luces: ha habido 
en el comedor de diario espléndida cena de fa- 
milia, alegres y cariñosos brindis, y el empera- 
dor, rendido de recibir toda la tarde felicitacio- 
nes, después de bendecir á sus hijos, que uno 
por uno le han besado la mano respetuosamen- 
te, y de abrazar con afecto á la fecunda empe- 
ratriz, se tiende en su estrecha y dura cama de 
campaña, única donde concilia el sueño, á cau- 
sa de la costumbre. 

Apenas empieza á aletargarse, le llaman con 
un ¡Pssit! muy bajo, y á la claridad de la lam- 
parilla divisa á un hombre en la fuerza de la 
edad, envuelto en ropón de púrpura, bajo el cual 
se parece una armadura de admirable trabajo. 
Rodea sus sienes una corona de picos; en su 

8 



ii4 



CUENTOS DE REYES 



diestra alza rico pomo de mirra de fuerte aro- 
ma, acre* y embriagador. 

—¿Qué desea Vuestra Majestad, señor rey 
Gaspar?— pregunta el emperador que, conocien- 
do al viajero, salta de la cama y saluda militar- 
mente. 

—Felicitar las Pascuas á Vuestra Majestad y 
confiarle un secreto.— Es el caso que el Niño, ¿no 
sabe Vuestra Majestad? ¡el Niño, á quien todos 
los años voy á visitar en su establo, para beber 
en sus ojos de violeta la sabiduría! después de 
jugar con esta mirra que le ofrecí y de arrojar 
sobre ella su aliento celestial, me manda que 
gota á gota la esparza por el suelo de los países 
donde el hombre tenga sed de la sangre del 
hombre. Y al caer gotitas de esta mirra, primo 
y señor, observo que la tierra, encharcada y pe- 
gajosa, se esponja, se entreabre, y nacen y sur- 
gen y crecen olivos, rosas, mirtos, centeno, lú- 
pulo, viñas cargadas de racimos. ¡Ah! Es un 
gran portento la tal mirra. Y á mí, señor y pri- 
mo, la armadura me asfixia, el corazón no me 
cabe en ella. Permítame Vuestra Majestad que 
salpique de mirra su cabeza augusta. 

—¡Qué diantre! ¡Cosas de chiquillos!— gruñó 
el emperador.— Cuando el Niño crezca y se 
aparte de las faldas y del regazo materno, di- 
ferentes serán sus caprichos. No hay nada más 
santo que la guerra. Dios mismo guía á los ejér- 
citos é infunde á los caudillos arrojo y tino para 
asegurar la victoria. Sobre el campo de batalla 
se cierne el Arcángel con sus alas salpicadas de 
rubíes y su gladio flamígero. El soplo divino 



E. PARDO BAZÁN 



hincha mi pecho apenas lo cubre la coraza ruti- 
lante. Esto no se les alcanza á los niños ni á las 
mujeres; convenido. Nosotros, pastores de pue- 
blos, jefes de razas, sonreímos ante ciertos 
arranques de debilidad graciosa. 

—Debo hacer lo que me mandan— insiste 
Gaspar. 

Y tomando unas gotas de mirra, las dispara 
á la frente del emperador. Este exhala un sus- 
piro; se deja caer en el lecho de campaña, y ve 
en sueños una pirámide de huesos humanos, 
blanca y pulida, altísima. Sobre la cúspide, un 
cuervo grazna plañideramente , hambriento , 
erizado el plumaje; y al pie, en las ramas de un 
olivo nuevo, dos palomas se besan, juntando 
los picos. 



En el patio del alcázar, sobre el gran pilón de 
pórfido sostenido por leones, recae el agua, 
melodiosa, con dulce porfía. La luna ilumina 
las arcadas afiligranadas, juega en las charola- 
das hojas de los naranjos, descubre el reflejo pá- 
lido de sus pomas de oro. Dos esclavos velan 
el sueño del emir, que reposa vestido sobre un 
diván, cubierto con una manta de fina pluma de 
avestruz— porque la noche está algo fría y la 
helada ha endurecido los caminos del ^desierto 
— y apoyando el pie en la garganta de una mu- 
jer desnuda, que hace de cogín y presta calor 
más grato que el de la manta. 

Elegante figura se desliza por entre los escla- 
vos, invisible. Es un negro joven, esbelto, de 
robusta y acerada musculatura, de piernas ner- 



n6 



CUEN TOS DE REYES 



viosas encerradas en calzas prietas y salpica- 
das de lentejuelas como las que ostentan los 
donceles en los cuadros de Carpaccio; una so- 
brevesta de tisú de plata acusa sus formas; un 
cinturón de pedrería sostiene sobre su vientre 
enjuto soberbio puñal; encima de sus cabellos 
crespos se ladea un gorro de velludo carmesí, 
y bajo el ala luce diadema de brillantes. El ga- 
llardo negro se inclina hacia el emir y le baña 
el rostro con una bocanada del incienso que 
humea en un incensario calado, pendiente de 
cadenillas de perlas. Sobresaltado, el emir des- 
pierta, echando mano á su gumía. 

—No temas, soy Melchor, que como tú ejerce 
el mando en tribus del desierto y posee pala- 
cios misteriosos, que parecen labrados por los 
genios del aire. Vengo á cumplir órdenes del 
Niño Yesuá, hijo de Leila Mariem. 

—¿Y qué te ordena ese profeta infiel?— excla- 
ma el emir con desprecio. 

—Columpiar este incensario en todos los paí- 
ses donde el hombre trate á la mujer como es- 
clava y no como compañera. 

Ríese el emir, mostrando sus blancos dientes 
de chacal entre la negra y sedosa barba. 

— Pues vuélvete á tierra de rumies, Melchor. 
También allí necesitan el perfume de tu incen- 
sario. Pero antes, reposa. Eres mi huésped; voy 
á ordenar que te preparen un baño con agua 
de rosas dos bellas cautivas. 

Y el Emir se incorpora, dando con el pie á 
la mujer en cuya garganta lo tenía apoyado. 



LA VISION DE LOS REYES MAGOS 



(Los Reyes Magos regresan d su patria por 
distinto camino del que vinieron, d fin de bur- 
lar al sanguinario Herodes. Es de noche: la 
estrella no les guía ya; pero laluna, brillando 
con intensa y argentada luz, alumbra esplén- 
didamente la planicie del desierto. La sombra 
de los dromedarios se agiganta sobre el suelo 
blanco y liso, y alo lejos resuena el cavernoso 
rvigir de un león.) 

Baltasar (acariciándose la nevada y luen- 
ga barba y moviendo la anciana cabeza á estilo 
del que vaticina).— No sé lo que me sucede des- 
de que me puse de rodillas en el establo de Be- 
lén y saludé al Hijo de la Doncella, que me 
agita un espíritu profético, y siento descorrerse 
el velo que cubre los tiempos futuros. Este tri- 
buto de oro que ofrecí al Niño para reconocerle 
Rey, ¡ cuántas y cuántas generaciones se lo han 



CUENTOS DE REYES 



de rendir! Tributos percibirá, no como nos- 
otros, días, meses y años, sino siglos, decenas 
de siglos, generación tras generación, y los 
percibirá de todo el universo, de toda raza y 
lengua, de nuevas tierras que se descubrirán 
para aclamar su nombre. El oro que le he pre- 
sentado era poco ; apenas llenaba el cofre de ce- 
dro en que lo traje; y ahora se me figura que se 
ha convertido en un mar de oro, y veo que al 
Niño se le erigen templos de oro, altares de oro 
labrado y cincelado , tronos de oro en torno de 
los cuales oscilan blancos flábulos de plumas 
con mango de oro, y que ciñe su cabeza una tri- 
ple corona de oro macizo también , incrustada 
de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, 
fluyendo de los veneros de la tierra, corren á 
los pies del Niño: y lo más extraño es que el 
Niño los contempla con entristecida cara, y al 
fin esconde el rostro en el seno de su Madre. 
¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle 
oro? ¿No le agradará á la criatura celeste el 
símbolo de la autoridad real? Temo que mis do- 
nes no hayan sido aceptos y mi obsequio pare- 
ciese sacrilego. 

Gaspar (enderezándose sobre su montura, 
requiriendo la espada, frunciendo las cejas y 
echando chispas por los ojos).— Patriarca de los 
Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey 
de los judíos no es vil mercader que quiere ate- 
sorar riquezas sin cuento en los subterráneos 
de su morada. La codicia rebaja el alma y la 
hace pegajosa y grosera como la arcilla que, 
despreciándola, pisamos. Mi don es el único que 



E. PARDO BAZÁN 



119 



pudo complacer al primogénito de la Virgen. 
Tú le trajiste oro, por monarca; yo mirra, por 
hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamar- 
se hombre será su mejor título. La mirra, amar- 
ga como el vivir y como el vivir sana y fortifi- 
cante; he ahí lo que conviene á quien ha de rea- 
lizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis 
que se puede ser grande y noble y fuerte sin 
gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis á mí, 
¡oh, sabios!: he combatido, he sufrido, he ven- 
cido monstruos, he lidiado con tentaciones ho- 
rribles, me he visto mil veces en manos de mis 
enemigos y el soplo del martirio ha rozado mi 
sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de 
mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le 
prestó su tónica y sabrosa amargura y quizás 
su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, 
Baltasar, pero le veo combatiendo, arrollando, 
venciendo, aplastando dragones, sometiendo á 
su yugo á la humanidad, sufriendo y regando 
con sangre una palma. Bien hice en traerle 
mirra. 

Melchor (tímidamente, con humildad pro- 
funda).— Yo no sé si habré acertado, y, sin em- 
bargo, por la alegría que me inunda, presumo 
que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable 
y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro, 
considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso 
Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hom- 
bre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, 
el etiope de negra tez, le ofrecí unos granos de 
incienso, pues mí corazón le presentía Dios. 

Baltasar y Gaspar, atónitos,— ¡Dios! 



120 



CUENTOS DE REYES 



Melchor (con fe y persuasión ardiente).— Sí, 
Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena 
noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto 
resplandecer su divinidad. Ahí están las nacio- 
nes postradas á sus pies y redimidas por El, y 
por Él igualados todos los hombres. Mi proge- 
nie, la obscura raza de Cam, ya no se diferen- 
cia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas 
maldiciones las ha borrado el sacro dedo del 
Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es 
un Dios diferente de los Dioses que van á mo- 
rir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, re- 
concilia, perdona, y sólo con acercarme á El 
noto en mi corazón una frescura inexplicable y 
en mi espíritu una paz que glorifica. Así que 
llegue á mi reino abriré las prisiones, licenciaré 
los ejércitos, condonaré los tributos, daré liber- 
tad á mis concubinas y me pondré desarmado 
en medio de la plaza pública á confesar mis ye- 
rros y á que mis enemigos, si lo desean, tomen 
venganza de mí. 

Baltasar.— Me dejas confuso, Melchor. Tu 
creencia se asemeja á la locura. 

Gaspar.— No te entiendo bien, Melchor. Tu 
creencia me parece afeminada, impropia de 
un Rey. 

Melchor. — No sé defenderla con razones. 
Hago lo que siento. 

Baltasar. — Mi dádiva era preciosa. 

Gaspar. —La mía era digna y noble. 

Melchor.— La mía expresa mi pequeñez }' 
sólo significa adoración. 

Baltasar.,— -Reuniendo las tres en una, qui- 



E. PARDO BAZÁN 



121 



zas obtendríamos algo que hiciese sonreír al 
prodigioso Niño. 

Gaspar.— No puede ser. ¿Dónde habrá un 
don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios 
juntamente? 

(La luna brilla con claridad más suave, 
más misteriosamente dulce y soñadora. El 
desierto parece un lago de plata. Sobre el 
horizonte se destaca una figura de mujer bi- 
zarramente engalanada y ricamente vestida, 
hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia 
que baja hasta la orla del traje. Lleva en las 
manos un vaso mirrino lleno de ungüento de 
nardo, cuya fragancia se esparce é impregna 
la ropa de los Magos y sube hasta su cerebro 
en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres 
Reyes, apeándose y prosternados sobre el pol- 
vo del desierto, envidiáis, con envidia santa, 
el don de la pecadora Magdalena.) 



EL ROMPECABEZAS 



El niño es una de esas criaturas delicadas y 
precozmente listas, que se crían en las grandes 
poblaciones, privadas de aire, de luz, de ejerci- 
cio, de alimento sólido y sano, víctimas de las 
estrecheces de la clase media, más menestero- 
sa á veces que el pueblo. Siempre limpito, con 
su pelo bien alisado, formal, dócil y reprimido 
naturalmente, Eloy no da en la casa quebrade- 
ros de cabeza. Verdad que si los diese, ¿cómo 
se las arreglaría para meterle en costura su in- 
feliz mamá, viuda, sola y atacada de un padeci- 
miento crónico al corazón? Precisamente la 
verdadera causa del buen porte y conducta de 
Tiloy es esa vehemente y temprana sensibilidad 
que suele despertar en las criaturas el temor 
de hacer sufrir á un sér muy amado , de entris- 
tecer unos ojos maternales, de agravar una 
pena que adivinan sin poder medir su profun- 
didad. 

Eloy estudiaba las lecciones al dedillo, por- 



I2 4 



CUENTOS DE REYES 



que su madre sonreía con descolorida sonrisa 
cuando le oía recitarlas de memoria; Eloy cui- 
daba mucho la fopa y el calzado, porque se 
daba cuenta de que su madre no tenía para 
comprar y reponer lo manchado ó roto; Eloy se 
recogía á casa al salir de la escuela, en vez de 
quedarse pilleando y haciendo demoniuras con 
sus compañeros, porque su madre se alegraba 
al verle volver, y el chiquillo, con la intuición 
del corazoncito cariñoso, olfateaba que la me- 
lancolía de mamá se aliviaba con su presencia, 
y que al enviarle á aprender, separándose de 
él por largas horas, realizaba un sacrificio. 

Recordaba Eloy, sin embargo, confusa y mi- 
nuciosamente á la vez, como recuerdan los ni- 
ños, tiempos recientes en que su madre no se 
quejaba, en que vivía gozosa. Es cierto que en- 
tonces un hombre joven, brioso, animado, de 
pisar fuerte y negros bigotes, vivía en la casa. 
— ¡Hl papá!— Eloy asociaba su memoria á la de 
cabalgatas en las rodillas ó sobre la punta del 
pie, violentos besos en los carrillos, un simpá- 
tico olor á cigarro fino, risas y juegos y humo- 
radas como de otro muchacho... Después... el 
papá desaparecía, y la mamá tenía á toda hora 
los párpados hinchados y rojos. La casa se vol- 
vía callada y tristona, y Eloy sentía escrúpulos, 
recelos de jugar ó de pedir alto la merienda, 
porque le parecía estar dentro de una iglesia 
obscura ó de un sepulcro. Los conocidos que 
encontraba le hablaban en tono compasivo al 
preguntarle "si había noticias de papá, que es- 
taba en la guerra" ¡En la guerra! Por el acento 



E. PARDO BAZÁN 



125 



con que madre y amigos modulaban la frase, 
comprendía Eloy que la guerra era una cosa 
muy terrible, atroz, malísima. ¿Quizás en la 
guerra papá se podía morir? ¡Ah! ¡vaya si po- 
día! Como que una tarde, al volver de la escue- 
la, Eloy encontró á su madre con un síncope, á 
la criada hipando, á las vecinas del segundo 
que se lo llevaron y le atracaron de golosinas 
"paraquenose impresionase, pobre pequeño...'' 
Y al otro día mamá le reclamó, le abrazó silen- 
ciosa, sin verter una lágrima, y le vistió de ne- 
gro; traje entero, desde las medias hasta la boi- 
na... El muchacho no sabía definir, no acerta- 
ría á explicar en qué consistía la muerte, pero 
estaba seguro de que era algo espantoso, y que 
ese algo les impediría ya para siempre vivir 
contentos. Lloró á escondidas por no afligir 
más á su madre, 3^ rezó las oraciones que sabía, 
muchas veces, "por el alma de papá''. Desde 
entonces empezó á empollar firme las leccio- 
nes, á no hacer nada malo, á doblar la chaque- 
tita antes de acostarse, á volver u al reloj" de la 
escuela, con los libros atados bajo el brazo. El 
alma de papá de seguro aprobaba tal proceder. 

Sin embargo, el chico más juicioso es chico 
al fin, y Eloy, como oyese en los primeros días 
del año las conjeturas de sus compañeros acer- 
ca de lo que traerían los Reyes, y los proyec- 
tos de zapatos colocados en la ventana ó la chi- 
menea, no pudo menos de dar suelta á la imagi- 
nación. También él deseaba que los Reyes le 
trajesen algo... ¿Por qué no se lo habían de 
traer, señores? ¿No había sido bueno el año en- 



126 



CUENTOS DE REYES 



terito? Si pusiese su zapato en el alféizar de la 
ventana, ¿era justo que el zapato amaneciese 
vano como avellana vieja? 

Afortunadamente, la misma idea de equidad 
se había abierto camino en el espíritu de la ma- 
dre de Eloy. Ella, que jamás salía, que se ponía 
á morir en las escaleras, se echó á la calle la 
tarde del 5 envuelta en su modesto coleto de 
paño pasado de moda, y se detuvo en la tienda 
de juguetes. Cuando volvió á casa llevaba es- 
condida una cajita plana de cartón. La escasez, 
al imponer el cálculo, destruye muchos gérme- 
nes de poesía. ¡Qué no hubiese dado aquella 
madre por traer á su niño el fogoso caballo me- 
cánico, la reluciente bicicleta, el caprichoso ci- 
nematógrafo, la locomotiva de vapor con tén- 
der y vagón, raíles verdaderos y caldera de co- 
bre! Pero ¡ay! eran caprichos de media onza, 
diez duros, quince, y el bolsillo se encogía ate- 
rrado... No, no; convenía que el regalo de los 
Santos Reyes Magos sabios y doctos no fuese 
una inutilidad, sino que coadyuvase á la ins- 
trucción del niño... Y la madre adquirió por 
módico precio un rompecabezas geográfico, 
nada menos que el mapa de España... Así Eloy, 
jugando, aprendería mejor lo que ya había dado 
pruebas de no ignorar, pues en geografía lle- 
vaba el número uno. 

Levantándose á media noche, dejó el huér- 
fano su zapato entre la fría ceniza de la chime- 
nea del gabinete, la única de la casa, encendi- 
da rarísima vez. Por la mañana saltó de la 
cama, descalzo y tiritando, á ver si los Reyes... 



E. PARDO BAZAN 



127 



¡Sorpresa inolvidable! Sus majestades se ha- 
bían dignado venir: allí estaba la dádiva, el ob- 
sequio... ¿Qué encerrará aquella cajita chata, 
tan mona con sus filetes dorados?... Eloy la co- 
gió afanoso, se volvió á la cama blanda y tibia, 
y allí, con los brazos fuera y el tronco bien 
abrigado, desató la cinta y miró... ¡Anda, cor- 
cho! Los Reyes le habían traído un mapa... 
Como les constaba el comportamiento de Eloy, 
su costumbre de sabérsela... ¡De todos modos, 
un mapa! ¡Pch!... ¿No valía más un aristón ó 
una linterna mágica igual á la de Pepito Ponza- 
no, que siempre la estaba refregando por las 
narices á los otros?... Empezó Eloy á reconci- 
liarse con los Reyes, al averiguar que el mapi- 
ta era de pedazos y se desbarataba y volvía á 
arreglarse... Y ya levantado, tomado el café 
caliente, mientras mamá se preparaba para ir 
á misa, Eloy se divirtió, armó y desarmó el 
país, barajó á España cien veces, revolviendo á 
Zaragoza con Valladolid y á Salamanca con 
Vigo... 

De pronto, meditabundo, interrumpió su ta- 
rea, é interrogó inquieto á su madre: 

—Mamá, te han engañado... El juguete está 
incompleto. Falta aquí mucha España. No en- 
cuentro la isla de Cuba. Ni á Puerto Rico... 
¡Falta España! 

Arrasáronse los ojos de la madre, y se quedó 
parada, con el velito á medio prender. Por últi- 
mo, encogiéndose de hombros: 

— ^Esas tierras estaban tan lejos!— dijo.— Y ya 
no son de España, mira... Acierta el rompe- 



128 



CUENTOS DE REYES 



cabezas, porque... ya no son. ¡Allí murió tu 
padre...! 

Eloy calló: una tristeza mayor que las habi- 
tuales, desmedida, que no cabía en el alma de 
un niño, pesó un instante sobre su pensamiento. 
Y con ademán expresivo apartó, rechazó el re- 
galo de los Reyes. 



EN SEMANA SANTA 



A la cabecera del moribundo estaban Pre- 
ciosa y Conrado, asistiéndole en sus últimos 
instantes, temblorosos como el criminal que 
sube las escaleras del cadalso. Y criminales 
eran— aunque criminales triunfantes y corona- 
dos por el ciego destino— Conrado y Preciosa. 
El que, después de largos sufrimientos, sucum- 
bía en el cuarto impregnado de olores á medi- 
cinales drogas, entristecido por la luz amari- 
llenta de la lamparilla que iba extinguiéndose 
al par que la vida del agonizante, era el esposo 
de Preciosa, el protector y bienhechor de Con- 
rado; y para los que de común acuerdo le en- 
gañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca 
aquel honradísimo viejo, generoso y confiado 
como un niño, más que palabras de dulzura y 
hechos de bondad y amor. Abierta siempre á 
Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre 
los brazos y el corazón para Preciosa, cuya ju- 
ventud no quiso entristecer nunca con severi- 



9 



130 



CUENTOS DE REYES 



dades de anciano y melancolías de enfermo, el 
infeliz tenía derecho á la gratitud y al respeto 
más tierno y grave..., ya que otros sentimien- 
tos vehementes no pueda inspirarlos la senec- 
tud. Y ahora se moría, se moría lentamente..., 
después de advertir á Preciosa que quedaba 
instituida su única heredera, y que, si no sentía 
repugnancia por Conrado, á quien él miraba 
como hijo, deseaba que ambos le prometiesen 
casarse á la terminación del luto. 

Cuando manifestó así su voluntad, en voz 
desmayada y flaca y apoyando sus manos ya 
frías en las manos febriles de Conrado 3^ Pre- 
ciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, 
como delincuentes que tratan de ocultarse y no 
saben dónde, vagaron por el suelo, cargados 
con el peso de la vergüenza. Preciosa, sin em- 
bargo, mujer y extremada en la pasión, fue la 
primera que recobró ánimos, y reaccionando 
violentamente, trató de atraer la mirada de 
Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. 
Pero Conrado, como si sintiese picadura de 
víbora, se retiró al fondo de la alcoba, y de- 
jándose caer en la meridiana, escondió entre 
las palmas el rostro. Un silabeo apenas percep- 
tible del moribundo le llamó otra vez á la ca- 
becera del lecho. "Conrado, mira, soy yo quien 
te lo ruega en este momento solemne... No de- 
jes desamparada á Preciosa... Que sea tu mu- 
jer, y quiérela y trátala... como la quise yo... 
Siquiera por el día en que estamos..., dame pa- 
labra.'' Y Conrado, balbuciente, sólo pudo bar- 
botar: "*La doy, la doy..." Lució una chispa de 



E. PARDO BAZÁN 



contento en las apagadas pupilas del moribun- 
do; pero como si aquel esfuerzo hubiese agota- 
do el poco vigor que le quedaba , cayó en un so- 
por, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médi- 
co, que aconsejó se trajese la Extremaunción 
sin tardanza; pero al llegar el sacerdote con los 
santos óleos, no había calor vital en el cuerpo; 
Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado, agita- 
dísimo, paseaba desesperadamente arriba y 
abajo por el gabinete que precedía á la estan- 
cia mortuoria... El sacerdote, que salía, le tocó 
suavemente en el hombro. 

—No se aflija usted— dijo en tono afectuoso, 
confundiendo con un gran dolor aquel acceso 
de remordimiento agudo.— Las virtudes de este 
señor le habrán ganado un puesto en el cielo. 
Y después, la misericordia de Dios, ¡especial- 
mente en el día en que estamos!... 

Era la segunda vez que esta frase resonaba 
en los oídos de Conrado; pero ahora resonó, 
más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del 
moribundo! "El día en que estamos..." ¿Y qué 
día era? Conrado necesitó hacer memoria, re- 
flexionar... Recordó de pronto; un relámpago 
hirió su imaginación fuertemente. El día era el 
Viernes Santo. 

Pocos instantes después de haberse retirado 
discretamente el sacerdote, que prometió vol- 
ver á velar el cuerpo, acercóse Preciosa á Con- 
rado de puntillas y quedó espantada de su acti- 
tud, del movimiento que hizo al verla tan pró- 
xima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la que- 
ría; á Conrado le infundía horror desde que la 



132 



CUENTOS DE REYES 



muerte había penetrado allí... Adivinaba el es- 
tado de ánimo de su cómplice, y precaviendo 
el porvenir, aspiraba á disipar aquella nube de 
tristeza, aquella alteración de la conciencia im- 
pura. "Si esta noche vela el cadáver, se preocu- 
pará más; se grabará doblemente en su espíritu 
esta impresión terrible..." Una idea acudió á la 
mente de Preciosa, fértil en expedientes, atre- 
vida—como hembra apasionada y resuelta á lo- 
grar su antojo.— Entró en la estancia mortuo- 
ria, y sobre el mueble incrustado, frente á la 
cama, buscó, entre otros frascos, el que conte- 
nía poderoso narcótico. Una gota calmaba y 
amodorraba; dos adormecían; tres ó cuatro 
producían ya un sueño largo, invencible, muy 
duradero, semi-letal... Al poco rato, Preciosa 
se acercó á Conrado nuevamente y le sirvió 
por su mano una taza de tila. "Bebe, estás ner- 
vioso." Conrado bebió por máquina; apuró la 
calmante infusión... Cuando empezó á notar 
cierta pesadez incontrastable, le guió Precio- 
sa á su propio cuarto, le reclinó en el amplio 
diván, revestido de raso y almohadillado de en- 
caje, cubrióle con rico pañuelo de Manila, le 
abrigó con edredón ligero los pies, le puso al- 
mohadas finas bajo la nuca. "Duerme, duerme— 
pensó— y no despiertes hasta que esté fuera de 
casa el otro..." 



Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía 
el sueño de plomo que le había postrado, y se 
restregaba los párpados, notando que el sitio 
en que se encontraba no era el elegante dormí- 



E. PARDO BAZAN 



133 



torio de su tentadora Preciosa, sino una calza- 
da, en cuesta, empedrada de losas rudas y an- 
chas, sobre la cual caía á plomo un sol ardoro- 
so y esplendente, como de primavera en país 
cálido. Miró en derredor. A sus pies se exten- 
día una ciudad que le parecía conocer mucho: 
¿dónde había visto él aquellas puntiagudas to- 
rres, aquellos extensos baluartes, aquel recinto 
fortificado, aquellas casas cónicas, aquel mo- 
numental templo, aquellas puertas angostas, 
sombrías, bajo las cuales cruzaban dromedarios 
y bueyes guiados por hombres de atezado cu- 
tis? La vestimenta de estos hombres también se 
le figuró á Conrado, aunque extraña, vista al- 
guna vez, no en la realidad, sino en esculturas 
ó cuadros: como que era la indumentaria he- 
braica de la gente humilde en tiempo de Augus- 
to—la chituna ó túnica ceñida, el tallith ó 
manto, el sudas que rodea las sienes, el ceñi- 
dor que ajusta el ropaje, y los pies descalzos, ó 
metidos en gastadas sandalias de cuero.— -Con- 
rado pensó oir una voz persuasiva, salida qui- 
zás de lo íntimo de su ser, que murmuraba mis- 
teriosamente: 

— Esa ciudad es Jerusalén. 

¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró. Je- 
rusalén no era para él un lugar exótico. ¡En Je- 
rusalénhabía pensado tantas veces! Desde niño, 
por el Nacimiento que preparaba su madre, se ha- 
bía familiarizado con Jerusalén... En Jerusalén 
tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa propia. 
Lo único que sintió fue inmensa alegría... Ima- 
ginó volver de un largo destierro. 



134 



CUENTOS DE REYES 



Un grupo de gente que se apiñaba en la puer- 
ta fijó la atención de Conrado. Instintivamente 
siguió al grupo. Por un camino que defendían 
á ambos lados setos de chumberas y que orla- 
ban palmas y vides, rosales de Jericó é higue- 
ras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo ha- 
cia áspero cerrillo, que destacaba sus líneas 
duras sobre el horizonte color de violeta. Bu- 
llía una muchedumbre en la colina; hormiguea- 
ban los de á pie, y se mantenían inmóviles so- 
bre sus recios corceles los legionarios, cuyas 
lorigas y rodelas rebrillaban. Dominando la 
multitud, coronando la escena, erizando el ce- 
rro, se erguían tres cruces negras, sobre las 
cuales parecían estatuas ele pórfido rosa, desde 
lejos, los cuerpos de los tres ajusticiados... 

Conrado, entonces, tampoco se asombró, 
tampoco se cre}^ó juguete de un delirio. Al con 
trario: se penetró de que estaba asistiendo, no 
á un drama, á la representación de la verdad 
misma. Aquella escena, aquella triple cruci- 
fixión, y sobre todo una de las cruces, la lleva- 
ba él dentro desde los primeros días de la niñez. 
Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, 
no podía verla ni contemplarla; cuando se le 
desvanecía, como se desvanece el rostro de 
una persona querida al querer reconstruirlo ce- 
rrando los ojos... ¡Qué felicidad, poseer de nue- 
vo la visión— clara, concreta, firme, indubita- 
ble — de la Cruz; no una cruz de oro, plata ni 
bronce, sino la Cruz viva, el madero al punto 
en que lo calienta el calor del Cuerpo divino y 
lo empapa la Sangre redentora! Conrado, sin 



E. PARDO BAZAN 



135 



aliento, de tan aprisa como iba, seguía al gru- 
po, subiendo la agria cuesta, hollando el seco 
polvo y los abrojos espinosos del siniestro Gól- 
gota, salpicado de blancos huesos humanos que 
calcinaba el sol... Su afán era colocarse cerca 
de la Cruz, ver la cara del Salvador en la su- 
prema hora. 

Era difícil la empresa. Bullía cada vez más 
compacta la muchedumbre. Como sucede en 
sueños, á cada obstáculo que Conrado lograba 
vencer, surgían otros mayores, insuperables. 
Nadie le quería abrir paso. Pastores de la sie- 
rra, tratantes y tenderillos de la ciudad, muje- 
res harapientas con niños famélicos en brazos, 
fariseos altaneros, esenios pálidos y compade- 
cidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas 
que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver 
las torturas del Maestro, y por último, los sol- 
dados á caballo, enhiesta la lanza, se atravesa- 
ban para impedir que nadie salvase el círculo 
de cuerda y estacas que rodeaba los patíbulos. 
Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería 
infiltrarse, llegar hasta la cruz central, más 
alta que las otras, donde colgaba Jesús; quería 
verle vivo, antes del momento en que, doblan- 
do la cabeza, exclamase: "Todo se acabó. }) Una 
angustia profunda se apoderaba de Conrado. 
¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese 
muerto? Y bañado en sudor , anhelante , afano- 
so, corría, corría en dirección á la cima del ce- 
rro, que siempre se le figuraba más distante. 

Sus ojos divisaron entonces á una mujer 
abrazada al árbol mismo de la Cruz; y sin re- 



CUENTOS DE REYES 



parar que la mujer estaba casi desvanecida de 
congoja, fijándose sólo en que á aquella mujer 
también la conocía, gritó con esfuerzo: 

— ¡María, María de Nazareth!, alárgame la 
mano, que quiero llegar hasta tu hijo. 

Y María de Nazareth, temblorosa, con los 
ojos inflamados, trágica la actitud, se adelan- 
tó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del 
manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al 
pie del madero, tan cerca, que el ruido del afa- 
noso resuello del moribundo se le figuraba un 
huracán. Sin embargo, pensó con gozo: 

—¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía! 

Y alzando la frente, doblando las rodillas, 
poniendo la boca sobre el palo ensangrentado, 
cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró: 

—¡Jesús, Jesús, no me abandones!... 

Y ¡oh asombro!; una voz dulce, empapada 
en lágrimas, respondió desde arriba: 

— Tú eres el que me abandonaste hace años, 
Conrado. ¿No te acuerdas? 

Profundo sacudimiento experimentó Conra- 
do. Un agudo cuchillo de pena, de contrición, 
se clavó en su pecho. Miró hacia lo alto con 
ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol 
se velaba tras negrísima nube; la tierra se es- 
tremecía convulsa; á las plantas de Conrado se 
abrió una grieta horrible, casi un abismo... y 
el pecador, atónito, cayó con la faz contra el 
polvo y las rocas descarnadas... 



Al despertarse Conrado de su largo sueño 
artificial, Preciosa estaba allí, vestida de negro, 



E. PARDO BAZÁN 



137 



pero linda, fresca, reposada, espiando el ins- 
tante de estrechar en sus brazos al durmiente. 
Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse cuen- 
ta de lo que le sucedía... Preciosa, sonriendo, 
quiso halagarle, ser para él la vida que renace 
al borde de una sepultura. Conrado, sin aspe- 
reza, la rechazó; y á paso mesurado, firme, sin 
tambalearse ya, despejada la cabeza, salió á la 
antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe 
y corrió á la calle... Una brisa suave acarició 
sus sienes. Era la mañana del Domingo de Re- 
surrección. 



LA ORACION DE SEMANA SANTA 



El último cha de Persia, que, según nadie ig- 
nora, murió á manos de un fanático, tuvo en su 
historia una página de muy pocos conocida, y 
yo la ignoraría también á no referírmela una 
viajera inglesa, de esas mujeres intrépidas é in- 
fatigables que registran con emoción y curiosi- 
dad los más apartados confines del planeta. 
Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn (que 
así se llama la inglesita) para obtener la con- 
fianza y casi la privanza del chá, y penetrar en 
la cerrada magnificencia de su palacio y cono- 
cer íntimamente ásus allegados, áulicos, corte- 
sanos y generales, es punto de difícil investiga- 
ción; pero seguramente, al aspirar á este resul- 
tado, no se valió miss Ada de ningún medio 
reprobable, pues compiten en esta valiente ex- 
ploradora la decencia y pulcritud de las costum- 
bres con la austeridad del criterio moral y la 
delicadeza de la conducta. Si miss Ada gozó 
privilegios desconocidos en Persia, debe atri- 



140 



CUENTOS DE REYES 



buirse á la tenacidad que sabe desplegar la raza 
anglosajona para conseguir sus propósitos— te- 
nacidad que va haciendo á esa raza dueña del 
mundo. 

Contóme miss Ada el episodio que voy á na- 
rrar la tarde del Jueves Santo, mientras reco- 
rríamos las calles de Avila visitando Estacio- 
nes. En aquellas calles que todavía recuerdan 
por varios estilos la Edad media española, el 
nombre de Persia sonaba como el de un país 
fantástico, de juglaresca leyenda ó de romance 
tradicional; costaba trabajo admitir que exis- 
tiese. Quizás la misma irrealidad de Persia en 
la pacífica atmósfera de la ciudad teresiana, 
acrecentó el interés de los extraños recuerdos 
de viaje que evocaba miss Ada, y que intentaré 
trasladar al papel sin alterarlos. 

"Nasaredino— empezó la inglesa — era un mo- 
narca absoluto , á quien sus vasallos llamaban 
sombra de Dios, y que disponía de haciendas y 
vidas, con dominio incondicional. No sé si aho- 
ra se habrá modificado el régimen interior de 
Persia; entonces— y son épocas bien recientes— 
no había allí más ley que la omnímoda volun- 
tad de Nasaredino. Para mayor desventura de 
sus súbditos, el cha no conocía el cristianismo, 
ó por mejor decir, no quería conocerlo, ni per- 
mitía que se propagase en sus Estados opinión 
alguna que se apartase del código de Mahoma. 
Quizás comprendía que Cristo nuestro Señor es 
el verdadero enemigo de los déspotas, y que la 
libertad y la dignidad humana tuvieron su cuna 
en el humilde establo de Belén» 



E. PARDO BAZÁN 



141 



„Esta misma intransigencia del cha con nues- 
tra santa religión me incitó á probar si le atraía 
al terreno de la controversia, á fin de combatir 
sus errores. Aprovechando la rara amabilidad 
con que me acogía, me dediqué á catequizar á 
Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo, 
comencé por pintarle la gloria y prosperidad 
de naciones cristianas como Francia y la Gran 
Bretaña, superiores en las mismas artes de la 
guerra á las naciones sujetas al fanatismo mu- 
sulmán. Mis argumentos parecían hacer mella 
en el monarca; á veces le vi quedarse pensativo, 
acariciando la negrísima y puntiaguda barba, 
con los rasgados ojos de pestañas de azabache 
fijos en el punto imaginario de la meditación. 
No era un necio ; ciertas ideas le movían á re- 
flexionar; ciertos problemas se le imponían á 
pesar suyo, al través de su oriental indolencia 
y su soberbia de dueño absoluto de muchos mi- 
llones de seres racionales. —Despaciosamente, 
en correcto inglés, solía, transcurrido un rato, 
contestarme, no sin alguna inflexión de despre- 
cio en su voz grave y bien timbrada: 

— „Jamás me convenceré de que sean heroi- 
cas y viriles naciones que se postran ante un 
Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso. 
El gran atributo de Dios es el poder y la fuer- 
za. La única explicación que encuentro á ese 
enigma es que vuestras naciones se llaman cris- 
tianas sin serlo realmente, y cuando funden ca- 
ñones y botan al agua barcos blindados, niegan 
á su Dios con los hechos, aunque le reconozcan 
con la palabra. Y porque lo niegan han logrado 



142 



CUENTOS DE REYES 



el predominio que ejercen. Si se atuviesen á la 
letra de su fe, como nos atenemos nosotros á la 
nuestra, nosotros les pondríamos la planta del 
pie sobre la garganta. 

„ Al hablarme así Nasaredino, dejábame con- 
fusa. Pertenezco á las Ligas del desarme y de 
la paz universal, y confío más en la energía del 
amor y de la fraternidad, que en todos los ejér- 
citos de Europa reunidos. Mas ¿cómo hacer en- 
tender la verdad á un bárbaro, y á un bárbaro 
que se cree un semidiós? Sin embargo, lo inten- 
té. A mi manera, empleando los razonamientos 
que me sugirió Ja convicción, le di á entender 
que la misma fuerza material necesita fundarse 
en la moral, y que sin base de derecho y razón 
se derrumba toda soberanía. Y pasando á tra- 
tar de nuestro Dios, le afirmé que precisamente 
el haber sufrido y muerto como murió fue es- 
plendorosa muestra de su sér divino. El chá, 
moviendo la cabeza, me contestó entonces esta 
atrocidad : 

— „De esa misma manera que pereció tu Pro- 
feta, sucumbe todos los días alguno ó muchos 
de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos aca- 
bar con la perniciosa secta de los babistas, cu- 
yas doctrinas se asemejan á las de vuestros 
Evangelios. 

„Lo confieso—exclamó miss Ada al llegar á 
este punto:— tan horrible declaración me tras- 
tornó, y estuve á pique de prorrumpir en invec- 
tivas contra el tirano. Me reprimí trabajosa- 
mente, y Nasaredino, de pronto, como si se hu- 
biese olvidado del giro de la conversación, me 



E. PARDO BAZÁN 



H3 



anunció que al día siguiente se verificaría una 
representación teatral en los jardines de pala- 
cio, y que me convidaba á ella. 

„Son estas funciones dramáticas espectáculo 
favorito de los persas, y todos los viajeros las 
describen: se celebran de noche, á la luz de los 
farolillos y linternas y de las hachas encendi- 
das, y el telón de fondo lo da hecho la natura- 
leza: una cortina de árboles, un macizo de flo- 
res, una fuente, un ligero kiosco, constituyen 
la decoración. Habituada á asistir á tales fun- 
ciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto 
del escenario y el golpe de vista del concurso. 
En primer término, sillones para el chá y los 
altos dignatarios: detrás, la servidumbre, la 
multitud de funcionarios y parásitos que pulu- 
lan en el palacio infestando sus galerías, claus- 
tros, patios y salones. A la izquierda, una es- 
pecie de tribuna ó palco cerrado por rejas de 
madera dorada y pintada de colorines— desde 
el cual presenciaban la función, ocultas á los 
ojos de todos, las esposas de Nasaredino.— Con 
extrañeza noté que no se había invitado á nin- 
gún diplomático; la única extranjera, yo. Mi 
sillón, colocado muy cerca, aunque un poco 
atrás del del soberano, era un puesto altamente 
honorífico. 

„A1 empezar la representación, desde las 
primeras escenas, percibí un estremecimiento. 
Yo no podía entender el idioma en que se ex- 
presaban los actores, y que es una especie de 
dialecto persa muy literario y arcaico— el habla 
misma, bella y sonora, que empleó el poeta 



i 4 4 



CUENTOS DE REYES 



Firdusi;— pero aun sin inteligencia de las pala- 
bras, me parecía darme cuenta del sentido, y 
hasta creía que era familiar para mí, como algo 
que hubiese escuchado mil veces, y otras tan- 
tas llevado en mi corazón. Las escenas del dra- 
ma me recordaban cosas íntimas, vistas, por 
decirlo así, al través de un vidrio turbio y roto 
que desfiguraba los objetos, alterando sus colo- 
res y rasgos sin ocultarlos enteramente.— Al 
final del primer acto (llamémosle así; la transi- 
ción consistía en extender un riquísimo paño 
por delante del escenario, y dejarlo caer á los 
cinco minutos), y mientras nos presentaban 
amplias bandejas cargadas de golosinas, re- 
frescos y sorbetes, de súbito vi claro: el asunto 
del drama no era sino la vida de Jesucristo, in- 
terpretada á estilo persa. 

„Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. 
Temía una profanación, una burla, cualquier 
desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta 
que pudiese obligarme á faltar al respeto al 
monarca levantándome } r retirándome. En voz 
baja le pregunté si creía que me sería posible 
permanecer allí; y el cha, con lenta inclinación 
de cabeza, me tranquilizó; después, volviéndo- 
se hacia mí, murmuró seriamente, con toda su 
oriental majestad: 

— „No temas ofensa alguna para tu fe, ni 
para tu gran Profeta. 

„En efecto, las páginas principales de la sa- 
grada Vida iban desarrollándose más ó menos 
ingenua y peregrinamente interpretadas, pero 
con profundo sentido de veneración y de sim- 



Éi FARDO BAZÁN 



H5 



patía hacia el Salvador de los hombres. Jesús 
aparecía niño, jugando en el atrio del templo; 
después le veíamos predicar á las multitudes; 
presenciábamos la tentación en la Montaña, el 
diálogo con Eblis, genio del mal, y por último, 
en el tercer acto, penetrábamos de lleno en el 
drama de la Pasión, al ser preso Jesús en el 
Huerto, no sin que se trabase ruda y encarni- 
zada batalla entre los discípulos y los sayones, 
que todos iban armados hasta los dientes, con 
kanjiares, puñales, pistolas inglesas y espin- 
gardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, 
siendo esta parte de la función, gracioso ana- 
cronismo, lo que más parecía entusiasmar al 
auditorio. Era indudable que el papel de traido- 
res lo desempeñaban los enemigos de Jesús, lo 
cual se traslucía hasta en el modo de vestirse 
y de caracterizarse los actores, siniestros y fe- 
roces, antipáticos de veras. 

„A1 principiar el acto cuarto, que debía ser 
el último, el actor que desempeñaba el papel 
de Jesús apareció atado á una columna de jas- 
pe, y empezó la escena de la flagelación, que 
desde el primer instante me crispó los ner- 
vios. Supuse que se trataba de un juego escé- 
nico, pero así y todo salté en el asiento, y me 
tapé los ojos con el pañuelo disimuladamente. 
Era el actor un hombre joven, como de unos 
veintiocho años, de noble tipo semítico; llevaba 
los negros cabellos crecidos y ¡partidos en bu- 
cles, y en la escena de la tentación, dialogando 
con Eblis, había tenido acentos llenos de digni- 
dad, de desdén y de dulzura, conmovedores has- 



10 



146 



CUENTOS DE REYES 



ta páralos que no entendíamos los conceptos. 
Ahora, amarrado á la roja estela, con el torso 
desnudo y el rostro respirando un entusiasmo 
misterioso, una sed de sufrir, revelábase sin 
duda como trágico genial— tanta era la verdad 
de su ficción, la expresiva fuerza de su acti- 
tud.— Por lo mismo no quería verle: me conmo- 
vía demasiado. El silbido de las cuerdas y de 
los látigos rasgó el aire; escuché cómo sonaban 
al herir la carne viva, y hasta oí un sofocado 
gemido, que semejaba involuntario... Y la voz 
del chá, su acento de mando, grave y sin em- 
bargo cortés, me obligó á atender á pesar mío, 
diciéndome en inglés, con irónica entonación: 

— „No te niegues á mirar. Lo que sucede ahí 
no es farsa, sino la realidad misma. Persuádete 
de lo fácil que es padecer resignadamente y 
hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está 
desempeñando á lo vivo y sin protestar un ba- 
bista condenado á muerte... Ya le verás cruci- 
ficar después. 

„E1 grito que exhalé debió de ser terrible; 
como que se detuvieron los verdugos, y Nasa- 
redino me fulminó una ojeada severa, tétrica, 
imponente. Otra mujer se hubiese acobardado; 
pero una inglesa, en caso tal, saca de su orgu- 
llo de raza y de su cristianismo fuerza bastante 
para no arredrarse aunque se le viniese encima 
el mundo. No sé lo que dije al chá: primero creo 
que le anuncié una cruzada de las naciones ci- 
vilizadas contra sus reinos y su poder, y le va- 
ticiné venganzas humanas y cóleras del cielo; 
mas como el tirano permaneciese impasible y 



E. PARDO BAZÁM 



*47 



aún firme y aferrado á su crueldad, una inspi- 
ración me sugirió que la causa de Jesús ha de 
sostenerse por medio de la piedad y de las lá- 
grimas, y arrojándome de súbito á los pies de 
Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de ani- 
llos magníficos, las besé, las mojé con llanto, 
las sujeté, las apreté, hasta que una voz, á mi 
parecer descendida del cielo, murmuró casi en 
mis oídos: 

— ^Levántate, extranjera. Serás complacida. 
Te regalo la vida de ese perro. 

„No sé lo que respondí. Debieron de ser ex- 
tremos de júbilo tales, que el grave y pálido 
rostro del chá se iluminó con una fugitiva son- 
risa, y su mano derecha, salpicada de mi lloro, 
que resplandecía sobre las sortijas de piedras, se 
extendió en imperativo ademán, comprendido 
instantáneamente por los que torturaban al des- 
dichado, ya cubierto de sangre. No era sólo la 
vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel 
gesto mudo, y en el exceso de mi alegría, eché- 
me á llorar otra vez..." 

Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y 
yo sólo acerté á preguntar: 

—¿Y qué fue del hombre á quien usted salvó? 

—Ese hombre...— balbuceó miss Ada,— -dos 
años después... asesinó á Nasaredino... ¡Sí, el 
mismo, el perdonado!... Ya ve usted cómo no 
hay en el mundo sino una verdad, que es la 
verdad de Jesús... Para un cristiano, sería sa- 
grado el hombre que supo perdonar, siquiera 
una vez. Y yo, desde entonces, particularmen- 
te estos días de Semana Santa, rezo siempre 



i 48 



CUENTOS DE REYES 



por el que me regaló una vida; imploro á Dios 
como imploré al rey absoluto, que al fin me es- 
cuchó y se ablandó... Tal vez sea una ilusión 
rezar por Nasaredino, pero ilusión que me con- 
suela. 

—Y por el matador, ¿no reza usted?— inte- 
rrogué cuando nos detuvimos ante el bello pór- 
tico de la catedral. ' 

— ¡También debo hacerlo ! — exclamó miss 
Ada después de vacilar un instante. 



CUENTOS DE LA PATRIA 



VENGADORA 



En aquellos días de angustia y de zozobra, 
surcados por relámpagos de entusiasmo á los 
cuales seguía el negro horror de las tinieblas y 
la fatídica visión del desastre inmenso; en 
aquellos días que, á pesar de su lenta sucesión, 
parecían apocalípticos, hube de emprender un 
viaje á Andalucía, adonde me llamaban asun- 
tos de interés. Al bajarme en una estación para 
almorzar, oí en el comedor de la fonda, á mis 
espaldas, gárrulo alboroto. Me volví, y ante 
una de las mesitas sin mantel en que se sirven 
desayunos, vi de pie á una mujer á quien insul- 
taban dos ó tres mozalbetes, mientras el cama- 
rero, servilleta al hombro, reía á carcajadas. 
Al punto comprendí; el marcado tipo extranje- 
ro de la viajera me lo explicó todo. Y sin dar- 
me cuenta de lo que hacía, corrí á situarme al 
lado de la insultada, y grité resuelto: 

—¿Qué tienen ustedes que decir á esta seño- 
ra? Porque á mí pueden dirigirse. 



150 



CUENTOS DE LA PATRIA 



Dos se retiraron tartamudeando; otro, colé- 
rico, me replicó: 

—Mejor haría usted, barajas, en defender á 
su país que á los espías que andan por él sacan- 
do dibujos y tomando notas. 

Mi actitud, mi semblante, debían de ser im- 
ponentes cuando me lancé sobre el que así me 
increpaba. La indignación duplicó mis fuerzas, 
y á bofetones le arrollé hasta el extremo del 
comedor. No me formo idea exacta de lo que 
sucedió después: recuerdo que nos separaron, 
que la campana del tren sonó apremiante avi- 
sando la salida, que corrí para no quedarme en 
tierra, y que ya en el andén divisé á la viajera 
entre un compacto grupo que me pareció hos- 
til; que me entré por él á codazos, que la ofrecí 
el brazo y la ayudé para que subiese á mi de- 
partamento; que ya el tren oscilaba, y que al 
arrancar con brío escuché dos ó tres silbidos, 
procedentes del grupo... 

Sólo entonces acudió la reflexión; pero no 
me arrepentí de mis arrestos, y únicamente me 
pregunté por qué había metido en mi departa- 
mento á la viajera, causa del conflicto. ¿Para 
protegerla mejor quizás?... ¿Quizás para hablar 
con ella á mis anchas y esclarecer mis dudas, 
averiguando si, en efecto, era una traidora ene- 
miga? Lo primero que hice fue examinarla des- 
pacio, mientras^ella se acomodaba y colocaba 
su raído saquillo en la red. Anglo-sajona, salta- 
ba á la vista: la marca étnica no podía desmen- 
tirse. Carecía de belleza: sus facciones sin fres- 
cura, sus ojos amarillentos, su cuerpo desgar- 



E. PARDO BAZÁN 



bado, su talle plano, la quitaban toda gracia 
perturbadora. Y para que me sedujese menos, 
bastó el movimiento que hizo al volverse hacia 
mí y tenderme virilmente una mano huesuda y 
rojiza, que estrechó la mía, sacudiéndola. Con 
voz, eso sí, muy timbrada y dulce, la extranje- 
ra pronunció: 

—Gracias, señor; mil gracias. 

Confuso, disculpé mi rasgo: 

—Yo no podía consentir aquella barbaridad. 
De seguro que usted no es espía, señora; aca- 
so ni es usted americana siquiera. Inglesa, 
¿verdad? 

— ¡Ah! No, señor. Soy, en efecto, yanqui. 

Y al notar que me estremecía, añadió alzan- 
do el brazo y cogiendo su saquillo: 

—Pero no soy espía. Vea mi álbum y mis di- 
bujos. 

Hojeé el álbum. Estaba atestado de apuntes 
arquitectónicos y croquis de tipos pintorescos: 
una ventana florida, una reja salomónica, un 
borriquillo, un paleto... 

—¿Es usted artista? 

—Muy poco... mera afición... Por mi oficio 
soy tipógrafo. Trabajo... es decir, trabajaba en 
una imprenta de Boston. . . Ahora no sé qué haré. 

Mi curiosidad se inflamó. Adiviné un miste- 
rio, y me prometí aclararlo. La voz de mi pro- 
tegida tenía tan blandas inflexiones, sus pupilas 
estaban tan húmedas de gratitud al encontrarse 
con las mías, que pensé: "Por un momento eres 
dueño de esta mujer. Aprovecha este instante 
y sorprende su alma, desdeñando el barro que 



152 



CUENTOS DE LA PATRIA 



la envuelve; es más gloriosa siempre una con- 
quista del espíritu. v Con diplomacia suma, mur- 
muré inclinándome: 

—No. Temo que crea usted que quiero co- 
brarme de tan insigficante servicio como el que 
tuve la suerte de prestarla... 

La extranjera calló; pero un tinte rosado, 
vivo, fluido, se esparció por su marchito rostro, 
embelleciéndolo... Era un arrebol de alegría, 
de ilusión, de agradecimiento pasional ante 
frases de galante respeto o¡ue acaso por vez pri- 
mera resonaban en sus oídos. La vi llevarse la 
mano al corazón, y, fingiéndome distraído, noté 
que me miraba de un modo expresivo, afanoso. 
La voz de plata se elevó conmovida: 

—Pues prefiero contarle lo que me pasa, si 
no le molesta... Tal vez, después de oirme, ya 
no me tendrá nunca por una espía. 

Solícito y demostrando rendimiento me acer- 
qué, no sin arrojar antes el cigarro que acaba- 
ba de encender en aquel instante. 

—No soy espía— declaró ella lentamente— y 
no puedo serlo, porque detesto el sentimiento 
patriótico, opuesto á la fraternidad universal. 
La guerra entre naciones... la repruebo. ¡Los 
pobres luchando y muriendo... los poderosos re- 
cogiendo el honor y el fruto...! Sin embargo, 
señor... á esa gente que me insultaba, la perdo- 
no; comprendo su ceguedad; casi admiro su fu- 
ria... ¿Qué pensarían, si supiesen...? 

Aquí se detuvo, y apoyando uno de sus de- 
dos huesudos sobre los labios, me recomendó 
discreción acerca de lo que iba á revelar. 



E, PARDO BAZÁM 



153 



—Si supiesen... que vengo trayendo un ramo 
de oliva al través del Atlántico... á proponer la 
alianza de los oprimidos y los miserables de 
allá á los de aquí! Mi conocimiento del español, 
debido á que pasé años de mi niñez en Méjico, 
hizo que me escogiesen para esta misión... He 
explorado el terreno en las comarcas obreras y 
mineras... 

Después de breve pausa, prosiguió: 
—Va usted á oir una cosa rara... En España 
casi he perdido la fe, mi fe... No veo la urgen- 
cia de ciertas medidas que allá aplicaremos in- 
mediatamente, antes que crezca el monstruo 
del militarismo y la fuerza, nos subyugue. Aquí 
no existen esas horribles desigualdades, esas 
colosales desproporciones entre la suerte de los 
hombres. Aquí no noto la tiranía del dinero ni 
la insensatez del gastar y del gozar, basada en 
la brutalidad ciega del millón de millones. 
Aquí no hay Cresos que, como nuestro Rock- 
feller... ¿no sabe usted? el rey del petróleo... ó 
Astor, el rey de las minas... sudan oro y se bur- 
lan de Dios... En nuestro país domina la abomi- 
nación de la riqueza... se alza el ídolo de me- 
tal... y allí, y no aquí, es donde la justicia debe 
hacer su oñcio... ¡Y justicia haremos! ¡Se lo pro- 
meto á usted! ¡Y pronto! ¡ Ah! ¡España! Yo la 
adoro... Es muy pobre, muy noble, muy simpá- 
tica, muy sencilla... ¡Nada contra España! Este 
será mi consejo, señor... Aquí no he encontra- 
do la miseria negra... No siento impulsos de 
destruir. .. ¡y soy tan feliz, tan feliz! ¡Si usted su- 
piese...! 



154 



CUENTOS DE LA PATRIA 



Irradiaban las pupilas de la sectaria, y su pe- 
cho liso y sin morbidez anhelaba, palpitaba de 
entusiasmo. Comprendí el error que había he- 
cho confundir á la fanática de la humanidad 
con la fanática del patriotismo, á la insatisfe- 
cha con la espía. Entretanto el tren avanzaba, 
tragando estaciones, y caía voluptuosamente la 
bella tarde de Mayo; olor de hierbas y matas 
florecidas entraba por la ventanilla abierta, y 
ya la luna, dibujando sobre el verde fino y el 
oro amortiguado del cielo su ligera segur de 
plata, añadía un toque poético á la deliciosa 
paz de la Naturaleza, indiferente á nuestras 
agitaciones y nuestras luchas, á los grandes do- 
lores colectivos ó individuales... Mi compañera 
había enmudecido, y vuelta, contemplaba el 
paisaje: nos acercábamos al cruce; casi nos 
deteníamos... Ella se encaró conmigo, y exalta- 
da, en pie ya para bajarse, repitió: 

—¡España! ¡Qué hermosa! ¡Vivir aquí... vi- 
vir aquí! 

En rápido é imprevisto arranque, sentí su 
cara pegada á la mía, el calor de sus mejillas 
halagando mi sién... Después empujó la porte- 
zuela, y al saltar al andén, siempre muy aga- 
rrada á su raído saquillo, todavía me gritó con 
la solemnidad de misteriosa promesa y el ceño 
fruncido por sombría amenaza: 

— ¡Adiós... Vuelvo allá... vuelvo á mi tierra! 



EL CATECISMO 



Hasta las diez duraba la velada de familia, y 
Angelito regateaba siempre cinco minutos ó un 
cuarto de hora, refractario á acostarse, como 
todos los niños en la edad de seis á siete años, 
cuando empieza á alborear la razón. Mientras 
Rosario, la madre, cosía sin prisa, levantando 
de tiempo en tiempo su cabeza bien peinada, su 
cara sonriente, que la maternidad había redon- 
deado y dulcificado por decirlo así, Carlos, el 
padre, daba lección al muchacho. "Si había de 
perder el tiempo en el café..." solía responder 
como excusándose, cuando los amigos, en la 
calle, le embromaban, soltándole á quemarro- 
pa: "Ya sabemos que te dedicas á maestro de 
primeras letras..." 

La verdad era que Carlos se había acostum- 
brado á la lección, á la intimidad dulce de las 
noches pasadas así, entre la mujer enamorada 
y contenta y el niño precoz, inteligente, deseo- 
so de aprender. Fuera, la lluvia caía tenaz, el 



156 



CUENTOS DE LA PATRIA 



viento silbaba, ó la helada endurecía las losas 
de la calle; dentro, la lámpara alumbraba cari- 
ñosa al través de los rancios encajes de la pan- 
talla, la chimenea ardía mansamente, y la at- 
mósfera regalada y tranquila del gabinete se 
comunicaba á la alcoba contigua, nido de paz 
y de ternura, tan diferente de las sombrías y 
hediondas madrigueras donde solían agazapar- 
se los amigotes de Carlos,— los mismos que se 
creían unos calaverones y se burlaban solapa- 
damente del padre profesor de su hijo. 

Aquella noche Angelito estaba rebelde, dis- 
traído, desatento á la enseñanza. Al leer se ha- 
bía comido la mitad de las palabras, y obliga- 
do á volver atrás y repetir lo saltado, su voce- 
cilla adquirió esos tonos irritados y chillones 
que delatan la cólera pueril. Al escribir hizo la 
trompeta con el hociquito, engarrotó el porta- 
plumas, echó más de una docena de calamares 
en el papel, y por último estrelló la pluma en 
un movimiento precipitado, y la tinta saltó has- 
ta la blanca labor de la madre, que exhaló un 
grito de sorpresa y enojo. Carlos miró á su mu- 
jer, y meneó la cabeza y se tocó la frente como 
significando: "No sé qué le pasa hoy á esta cria- 
tura." Y Rosario, levantándose, cogió al rapaz 
en el regazo y le dirigió las inquietas interro- 
gaciones maternales. "¿Qué tienes, vida? ¿Te 
duele algo? ¿Es sueño? ¿Es pupa aquí, aquí?" Y 
le acariciaba las mejillas y las sienes, tentando 
por si sorprendía el fuego de la calentura. ¡En- 
ferma tan pronto un niño! 

No encontrando calor ni ningún síntoma 



E. PARDO BAZÁÑ 157 



alarmante, Rosario engrosó y endureció la voz. 

—Vas á ser bueno... Ya sabes que no me 
gustan los nenes caprichosos... El pobre papá 
se pondrá malito -si le haces rabiar; después 
tienes tú que cuidarle á él y que llevarle las 
medicinas á la cama... Vamos, Angel, á con- 
cluir las lecciones; aún te falta por dar el Cate- 
cismo... 

Angel, sin responder, miraba fijamente á un 
rincón obscuro del cuarto. La contracción de 
su carita, la inmovilidad de sus ojos de un azul 
fluido y transparente, delataban una de esas 
luchas con ideas superiores á la edad, que de- 
vastan y maduran á la vez el tierno cerebro de 
los niños. 

— Mamá— respondió por fin muy despacio, 
como si hablase en sueños:— ¿y el tío Alejandro, 
no viene nunca? 

La madre se estremeció. El recuerdo del 
hermano que estaba en la guerra con su regi- 
miento la asaltaba también á Rosario muchas 
veces en medio de su ventura doméstica, y se 
la envenenaba con el temor de que á la misma 
hora en que ella descansaba entre limpias sá- 
banas, cerca de unos brazos amantes, pudiese 
Alejandro yacer cara al sol, con el pecho tala- 
drado y las pupilas vidriadas para siempre. 

—¿No viene nunca tío Alejandro, mamá?— 
repitió el chico con ese acento infantil que anun- 
cia llanto. 

—Vendrá si Dios quiere, hijo mío— respon- 
dió la madre con rota voz, apretando contra el 
seno á la criatura. 



■ 5 8 



CUENTOS DE LA PATRIA 



—¿Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Vendrá 
esta semana, di? 

—No sé, querido— exclamó el padre.— A ver, 
la cartilla. Que es tarde, muñeco. 

—¿Pero cuándo? papá. ¿Por qué no lo sa- 
bes tú? 

—Porque hasta que se acabe la guerra, mi 
cielo... hasta que se acabe, tío Alejandro no 
puede venir. 

Los ojos de turquesa del niño se obscurecie- 
ron á fuerza de concentración y de ímprobo tra- 
bajo para entender. 

—¿Cómo es la guerra?— exclamó por último. 

—Pelear unos contra otros, á ver quién 
gana. 

—¿Los buenos con los malos, papá? 
—Sí; los buenos con los malos. 
—Tío Alejandro es bueno— declaró Angel.— 
¿Y cómo pelean? 

—Con fusiles, con espadas, con cañones. 
El niño batió palmas. 

—Me has de llevar, papá. Me has de llevar. 
—¡Pobretín!— suspiró Carlos.— La guerra no 
es para chiquillos. 

—¿Es para hombres grandes? 
-Sí. 

—Y entonces, ¿por qué no estás tú en la gue- 
rra? Tú eres grande, grande. 

—Porque no soy militar— dijo el padre con- 
trariado, algo mortificado, (como si aquellas pa- 
labras no las hubiese articulado una lengua de 
seis años,) y hablando para convencer.— Tío 
Alejandro es militar; ya sabes que vino á ense- 



E. PARDO BAZÁN 



f 59 



ñarte el uniforme. Los militares estudian para 
eso, para defender á la patria... 

—La patria...— repitió el niño, impresionado 
por el tono enfático y grave con que Carlos 
pronunció la palabra.— La patria... ¿es aquí? 

—Aquí... ¿dónde? 

—En nuestra casita. 

—No... es decir, sí... Nuestra casa está en la 
patria, pero la patria es mucho más... son todas 
las casas que ves en el pueblo y en otros pue- 
blos, ¡tantos, tantos! Y es además la tierra, y 
los bosques, y las aldeas, y Madrid, y todo... 

—¿Y las iglesias también?— murmuró Angel 
con el tono con que decía sus oraciones al acos- 
tarse. 

— También. 

—¿Y la Virgen? ¿Mamá del cielo? 
—También la Virgen; sí, mamá del cielo es 
la patria. 

—¿Y tío Alejandro quiere á la patria? 

—Ya ves— interrumpió Rosario sin ocultar 
la emoción que empañaba sus ojos.— El pobre 
tío la quiere mucho. Como que se expone á que 
le den un tiro y á morirse así, de pronto, figú- 
rate tú. Reza, hijo mío, reza, para que no maten 
al tío. 

El niño calló, reflexionando laboriosa, casi 
dolorosamente. 

—¿Y los que no van á la guerra no mueren 
nunca?— preguntó al fin, siguiendo el hilo de su 
temprana lógica. 

—También mueren. 

—Entonces quiero ir á la guerra cuando sea 



i6o 



CUENTOS DE LA PATRIA 



grande— declaró con energía el pequeñuelo.— 
Y quiero que tú vayas, papá. Al fin hemos de 
morir, ¿no? Pues morir por eso... por eso... Por 
mamá del cielo, jpor la patria! 

Un silencio siguió á las palabras del niño. 
Los padres se miraban, mudos, penetrados de 
un respeto extraño, como si la voz del inocente 
viniese de otras regiones, de más arriba. Y al 
cabo de unos instantes, Carlos dijo á su mujer: 

— Acuéstale. Son las diez largas. 

—¿Y la lección del Catecismo? 

—Hoy ya la ha dado— respondió el padre, 
besando á Angel con ardor sobre el nacimiento 
de la rubia melena. 



EL CABALLO BLANCO 



Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, 
Santiago Apóstol, reclinando en la diestra la 
cabeza leonina, de rizosa crencha color del 
acero de una armadura de combate, meditaba. 
Mostrábase punto menos caviloso y ensimisma- 
do que cuando, después de bregar todo el día en 
su oficio de pescador en el mar de Tiberiades, 
vió que ni un solo pez había caído en sus redes; 
sólo que entonces el consuelo se le apareció 
con la llegada del Mesías y la pesca milagrosa. 
Ahora— aunque en tiempos de pesca estamos — 
el hijo del Zebedeo, mirando hacia todas partes, 
no adivinaba por dónde vendría la salvación, 
siquier milagrosa, de los que amaba mucho. 

Frente al Patrono, en mitad del campo, se 
elevaba un árbol gigantesco, de tronco añoso, 
rugoso, de intrincado ramaje, pero casi despo- 
jado de hoja, y la que le quedaba, amarillenta y 
mustia. Infundía respeto, no obstante su decai- 
miento, aquel coloso vegetal; á pesar de que 



ii 



IÓ2 



CUENTOS DE LA PATRIA 



no pocos de sus robustos brazos aparecían tron- 
chados y desgajados, conservaba majestuoso 
porte; su traza secular le hacía venerable; con- 
vidaba su aspecto á reflexionar sobre lo delez- 
nable de las grandezas. De las ramas del árbol 
colgaban innúmeros trofeos marciales. Petos, 
golas, cascos, grebas y guanteletes, con heroi- 
cas abolladuras y roturas causadas por el hen- 
diente ó el tajo, espadas flamígeras sin punta y 
lanzas astilladas y hechas añicos; rodelas con 
arrogantes empresas; albos mantos que blasona 
la cruz bermeja, trazada al parecer con la ca- 
liente sangre de una herida; yataganes cogidos 
á los moros; turbantes arrancados en unión con 
la cabeza; banderas gallardas con agujeros 
abiertos por la mosquetería; el alquicel de Boab- 
dil y la diadema pintorescamente emplumada 
de Moctezuma... Al pie del árbol, sujeto á él 
con fuerte cadena de hierro, se veía un sér her- 
mosísimo, un corcel de batalla luminoso á fuer- 
za de blancura: el Pegaso cristiano, aquel ideal 
bridón que galopaba al través de las nubes y 
descendía á traernos la victoria. 

Los ojos del Apóstol se lijaron en el caballo, 
cual si no le hubiese contemplado nunca. Notó 
la lumínica blancura del pelo, la fluida ligereza 
y ondulación delicada de las crines, el fuego de 
las pupilas, el aliento ardiente que despedían 
las fosas nasales, la delgadez de los remos, finos 
cual tobillo de mujer, la especie de electricidad 
que desprendía el cuerpo del generoso animal 
celeste. Con sólo advertir que le miraba su ji- 
nete de antaño, el caballo se estremeció, empi- 



E. PARDO BAZÁN 



163 



nó las orejas, respiró el aire, hirió la tierra con 
el reluciente casco y pareció decir en lenguaje 
de signos: "¿Cuándo llega la hora? ¿Vamos á 
estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por 
qué no cruzamos otra vez entre lampos y chis- 
pas el firmamento rojo, el aire encendido de las 
campales batallas?" 

Levantóse el Apóstol guerrero y fué á hala- 
gar con las manos el lomo de su cabalgadura. 
Quería consolarla, quería calmar su impacien- 
cia y no sabía cómo, pues él, glorioso veterano, 
también soñaba incesantemente renovar las 
proezas de otros días. Sin duda para acrecen- 
tarle el ansia y avivarle el recuerdo, apareció- 
se por allí un alma acabada de ingresar en el 
Paraíso, pues daba claras señales de no cono- 
cer los caminos, de hallarse como desorientada 
é incierta. Era el recién llegado de mediana es. 
tatura, moreno, avellanado y enjuto; rodeaban 
su tronco retazos de tela amarilla y roja, que 
apresuradamente igualaba en matiz la sangre 
fluyendo de varias mortales heridas. Santiago 
corrió hacia aquel valiente con los brazos abier- 
tos, y el español, al ver ante sí al Apóstol de la 
patria, cayó de rodillas y le besó los pies con 
infinita ternura. 

—Bonaerges, hijo del trueno— murmuraba 
devotamente el español,— ¿por qué nos has 
abandonado? En nuestro infortunio, confiába- 
mos en ti. Esperábamos que hicieses vibrar 
sobre nuestros enemigos el rayo ó llovieses so- 
bre ellos fuego celeste, como el que quisiste 
lanzar contra aquellos samaritanos que cerra- 



164 



CUENTOS DE LA PATRIA 



han las puertas de su ciudad á Jesús. Mira, San- 
tiago, adonde hemos llegado ya. Te lo diré con 
palabras de la Epístola que se lee el día de tu 
fiesta; hemos sido hechos espectáculo para las 
naciones, los ángeles y los hombres. Hemos ve- 
nido á ser lo último del mundo. Y todo por fal- 
tarnos tú, Apóstol de los combates. Desata tu 
corcel, guíale al través del aire, ponte á nuestra 
cabeza. El caballo blanco olfatea la lid. ¿No 
oyes cómo relincha, deseoso de arrancar al gri- 
to de cierra España? Desciende, te esperan 
allá. Te aguarda la tierra que por ti se cre} T ó 
invencible. El bridón quiere romper la cadena. 
¡Santiago! ¡Buen Santiago! ¡Señor Santiago! 

Al oir tan apremiantes súplicas, el Apóstol 
se conmovía más. jSoltar el corcel blanco, sa- 
lir al galope, esgrimir otra vez el acero lla- 
meante! ¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! 
No por su gusto permanecía en la inacción, con 
la montura amarrada al árbol y las armas col- 
gadas del ramaje... Y alzando y consolando al 
español y apretándole contra su pecho, Santia- 
go empezó á vendarle las heridas cruentas; he- 
cho lo cual, llegóse al tronco y desató al blanco 
bridón, que, loco de júbilo al verse libre, al su- 
poner que remanecían las aventuras de otros 
tiempos, agitó la cabeza, hizo flotar la crin, 
corbeteó gallardamente, y batiendo el polvo 
con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla de 
oro. Por su parte, el Patrón descolgaba la cota 
de malla y se la vestía, calábase el ancho som- 
brerón orlado de acanaladas conchas, afianza- 
ba en los hombros el manto, embrazaba el es- 



E. PARDO BAZÁN 



l6 5 



cudo y ceñía el tahalí y la espada terrible. En- 
tretanto, el español echaba al caballo la silla 
recamada de oro y le ponía el freno y el pretal 
incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando 
ya el Apóstol trataba de afianzar el pie en el 
estribo de plata para saltar, he aquí que apare- 
ce, saliendo del vecino bosque, otro español, 
vestido de paño pardo, calzado con groseras 
abarcas, haciendo señas para que se detuviese 
el Apóstol. Este aguardó: en el villano de tez 
curtida y de rústico atavío, acababa de recono- 
cer á San Isidro, pobrecillo jornalero laborioso, 
que en su vida montó más que jumentos carga- 
dos de trigo, porque los llevaba á la molienda. 

— ¡Orden del Señor!— voceaba el labriego 
descompasadamente.— ¡Orden del Señor! Ese 
caballo nos hace falta para uncirlo al arado y 
que ayude á destripar terrones. Y ese español 
que está ahí, que venga á llevar la yunta. Bien 
sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en oca- 
sión memorable, cuando tu madre le pidió para 
ti y tu hermano el puesto más alto en el cielo: 
los que quieran ser mayores beban primero su 
cáliz. Paisano mío, á arar con paciencia y sin 
perder minuto... 



LA EXANGÜE 



—Alquiló el cuarto tercero de micasa, desocu- 
pado hacía tiempo— nos dijo el eminente Doctor 
Sánchez del Abrojo— una señora que me llamó 
la atención al encontrarla casualmente en la es- 
calera. Nada tenía, á primera vista, de particu- 
lar; ni era guapa ni fea, ni vieja ni joven; vestía 
de riguroso luto, y pasaba como una sombra, 
tímida y muda, acongojada por el sobrealien- 
to de la subida. Lo que en ella me extrañó fue 
la palidez cadavérica de su rostro. Para for- 
marse idea de un color semejante, hay que re- 
cordar las historias de vampiros que cuentan 
Edgardo Poe y otros escritores de la época ro- 
mántica, y servirse de frases que pertenecen al 
lenguaje poético: hay que hablar de palidez se- 
pulcral: sólo la muerte da un tono así á una faz 
humana. 

El manto negro encuadraba y realzaba aquel 
rostro de cera, y en él observé una expresión 
peculiarísima, mezcla de dolor y de satisfac- 



i68 



CUENTOS DE LA PATRIA 



ción, de calma y de sufrimiento. Mi costumbre 
de ver enfermos me hizo comprender que allí no 
existía sólo un estado físico delatado por el co- 
lor; reconocí las huellas de algún sacudimiento 
moral formidable, los estragos de una catástro- 
fe ignorada; y penetrado de simpatía y respeto, 
saludé á mi vecina siempre que nos cruzábamos 
en la meseta, y la cedí el pasamanos con espe- 
cial deferencia y apresuramiento cortés. 

Transcurrió una quincena sin que la viese, 
hasta que un día, la criada de la pálida bajó á 
rogarme que visitase á su señora, encamada y 
enferma. Subí al tercero y encontré una vivien- 
da pobre, limpia, glacial. Sin necesidad de to- 
mar el pulso reconocí en mi nueva cliente los 
síntomas de la anemia profunda, cuando ya ata- 
ca los tejidos y produce desórdenes graves. Las 
piernas hinchadas, la extremada languidez, el 
no poder alzar los párpados, eran señales de que 
faltaba el jugo vital, licor precioso que reparte 
por todo el organismo energía y fuerza. 

Cada quisque— prosiguió el médico, después 
de ligera pausa—tiene sus caprichos y sus go- 
ces. Otros coleccionan dijes, baratijas, cuadros, 
muebles, que avalora su belleza ó su rareza; yo 
—no por caridad, ni por filantropía; por tema, 
por mi carácter tozudo— colecciono vidas; junto 
resurrecciones... Es para mí deleite refinado 
arrancar á la nada su presa... Me complazco en 
saber que gracias á mí andan por la calle más de 
un centenar de personas que ya tenían ganado el 
puesto en la Sacramental.— Ver á la pálida y 
prometerme enriquecer con ella mi colección, 



E. PARDO BAZÁN 



fue todo uno. Déjense ustedes— añadió atajando 
nuestras manifestaciones— de elogios que no me- 
rezco... Créanme. ¡Si me conoceré yo! Los que 
nacen para Tenorios se desviven por una más 
en la lista. ¿Se figuran ustedes que en el fondo 
hay gran diferencia? No tengo veta de Tenorio, 
pero so}^ otro como él, que reúne y archiva en 
la memoria emociones de un género dado. 
¿Amor á la humanidad? ¡Quiá! Odio al sepultu- 
rero, ¡que no es lo mismo!... 

Explicado así, comprenderán que no hay que 
alabarme tampoco por lo que hice para ampliar 
y reforzar mi catálogo. La anemia se cura, más 
que con medicinas, con alimentos y reconstitu- 
yentes. La señora no podía costear ciertos man- 
jares, substancia de carne, v. gr.; como yo de- 
seaba hacerla revivir, puse los medios, y la 
cosa marchó bien. Todavía está descolorida; no 
creo que llegue nunca á preciarse de frescacho- 
na; pero ya no sugiere ideas de vampirismo... 
Y no vendría á cuento que yo hablase de esta 
curación, menos difícil que otras, si no me hu- 
biese proporcionado ocasión de saber la histo- 
ria de la tremenda palidez. Fue necesario, para 
queme la refiriese, todo el agradecimiento que 
la pobrecilla me cobró, no sé por qué, acompa- 
ñándolo de una veneración y una confianza sin 
límites. 

Era mi enferma una señorita bien nacida, y 
se había quedado sin padres, ni más amparo en 
el mundo que el de un hermano menor, emplea- 
do por influencia de un pariente poderoso en 
nuestras oficinas de Ultramar. El sueldo módi- 



170 



CUENTOS DE LA PATRIA 



co sostenía mal á los dos hermanos; sospecho 
que ella trabajaba para fuera; con todo eso, 
pasaban suma estrechez. Nació de aquí el de- 
seo de un traslado á Filipinas: la hermana si- 
guió al único sér á quien amaba, y se esta- 
blecieron en uno de esos poblados, de barracas 
de bambú, perdidos en el océano de verdor 
del hermoso Archipiélago que ya no nos perte- 
nece. 

Abreviando detalles de los años que allí resi- 
dieron en paz, diré que la sublevación al pronto 
no les asustó; creían inofensivos á aquellos 
adormilados y obedientes indígenas, y les pare- 
cía seguro reducirles, con sólo alzar la voz en 
lengua castellana, á la sumisión y al invetera- 
do respeto. Disipóse su error al cercar el po- 
blado hordas diabólicamente feroces, que lan- 
zaban gritos horrendos 3^ esgrimían el bolo y el 
campilán. Defendióse con valor de guerrillero 
el fraile párroco, refugiado en la iglesia, reali- 
zando proezas que no pasarán á la historia; 
ayudóle como pudo el empleado: cedieron al nú- 
mero; quedó el fraile acuchillado allí mismo; al 
empleado le cogieron vivo, y á su hermana la 
llevaron arrastra á una choza donde el vence- 
dor cabecilla tagalo— poco importa su nombre- 
tenía su cuartel general. La española se arrojó 
á sus pies llorando, implorando el perdón del 
hermano con acentos desgarradores. La cara 
amarillenta del cabecilla no se alteró: expresa- 
ba la frialdad inerte de la raza, y se creería que 
era de madera de boj, á no brillar en ella la 
chispa de ios oblicuos ojuelos de azabache. En 



E. PARDO BAZÁN 



171 



el semblante impasible leyó la señorita, enlo- 
quecida de horror, la sentencia del hermano 
adorado; y besando los pies del cabecilla, le 
ofreció "su sangre por la de él'\ "Se admite", 
contestó de pronto el amarillo. "La sangre de 
él no correrrá. Que sangren á ésta.'' 

La sangría estremece decirlo— duró... una 
semana. —Cada mañanita, en una escudilla de 
coco, recogían la sangre de la desdichada, que 
caía después al suelo en mortal desmayo. Desde 
el quinto día, la debilidad la produjo una espe- 
cie de delirio; creíase á bordo del barco que la 
conducía á España, libre y feliz, al lado de su 
hermano; escuchaba el ruido del mar, batiendo 
los costados del buque, y notaba— efectos del 
vértigo— el ir y venir de las olas, el balance y 
cuchareo de la embarcación, el soplo del vien- 
to, la humareda que la chimenea lanzaba. Tan 
pronto su alucinación la mostraba una bandada 
de tiburones, como un asalto de piraguas lle- 
nas de indígenas; ya exhalaba chillidos porque 
ardía el barco, ya oía silbar las balas de los ca- 
ñones y veía que el gran trasatlántico, partido 
en dos, hundíase en el abismo. Al amanecer del 
octavo día— último de su suplicio según le ha- 
bían anunciado — cuando ya la vena del brazo, 
exhausta, sólo gota á gota soltaba su jugo, y el 
corazón desfallecía próximo al colapso mor- 
tal—en un momento lúcido, ó acaso de fiebre, 
se le apareció España, sus costas, su tierra 
amada, clemente; y creyendo besarla, pegó la 
boca al suelo de la cabaña, donde yacía sobre 
petates viejos, medio desnuda, agonizando, de- 



172 



CUENTOS DE LA PATRIA 



vorada por sed horrible, clamor de las secas ve- 
nas sin jugo... 

La misma tarde cerró sobre el poblado una 
columna de infantería española é indígena, po- 
niendo en fuga á los insurrectos y libertando á 
los prisioneros y heridos. Atendieron á la infe- 
liz, reanimándola un poco á fuerza de cuida- 
dos. Lo primero que pidió la exangüe fue á su 
hermano; quisieron ocultarle la verdad, pero la 
adivinó: el castila colgaba de un árbol corpulen- 
to... El cabecilla había cumplido su palabra, no 
sacándole gota de sangre de las venas... 

Entre los que escuchaban á Sánchez del 
Abrojo siempre, contábase el pintor modernis- 
ta Blanco Espino, á caza de asuntos simbóli- 
cos... Batió palmas con entusiasmo. 

—Voy á hacer un estudio de la cabeza de esa 
señora. La rodeo de claveles rojos y amarillos, 
la doy un fondo de incendio... escribo debajo 
"La exangüe...", y así salimos de la sempiterna 
matrona con el inevitable león, que representa 
á España! 



LA ARMADURA 



No se hablaba más que de aquel baile, un 
acontecimiento de la vida social madrileña. La 
antojadiza y fastuosa señora de Cardona había 
exigido que no sólo la juventud, sino la gente 
machucha; no sólo las damas, sino los caballe- 
ros, todas y todos, en fin, asistiesen de traje. 
"No hay —repetía Mad. Insausti— más excepción 
que el Nuncio... y eso porque va de traje 
siempre." 

Prohibido salir del apuro con habilidades, 
como narices, girasoles eléctricos en el ojal, 
pelucas ó trajes de colores. Obligatorio el traje 
completo, característico, histórico ó legendario. 

Se murmuró, naturalmente, de la Cardona 
(con los sayos que la cortaron podrían vestirse 
los concurrentes á la fiesta); se la puso un nue- 
vo apodo: Villaverde... Pero, entre dentellada 
y dentellada, la gente consultó grabados y figu- 
rines, visitó museos, escribió á París, volvió 
locos á sastres y modistas... y las caras más 



174 



CUENTOS DE LA PATRIA 



largas no fueron debidas á la sangría del bol- 
sillo, sino á omisiones en la lista de invitados. 

Quien estaba bien tranquilo era el joven du- 
que de Lanzafuerte. Al preguntarle Perico Gon- 
zalvo de qué pensaba ir, triunfante sonrisa di- 
lató sus labios. "Voy de abuelo de mí mismo. 
Ya verás mi martingala", añadió satisfecho. 

Y es que — en confianza — gastos extraordi- 
narios no le convenían al duque. Estoy por de- 
cir que ni ordinarios. Embrolladísimos andaban 
los asuntos de la casa, y gracias que el padre 
del duque se había muerto á tiempo; que si dura 
dos añitos más... En fin, se salió adelante, por 
la puerta ó por la ventana... Por la ventana so- 
bre todo. Se vendían cortijos, cuadros de méri- 
to, literas, tapices... Quedaban aún, testimonio 
de la grandeza pasada, algunas antiguallas 
preciosas, y entre ellas una armadura comple- 
ta de un paladín compañero de Carlos V. En 
esta armadura, arrinconada en una especie de 
leonera, se había fijado el duque, haciéndola 
limpiar de orín, y al aparecer limpia vio que 
era objeto digno de la Armería, muy semejan- 
te—y quizás de la misma mano — al célebre 
arnés de parada y guerra del Emperador, co- 
nocido por "el de los mascarones". Igual labor 
milanesa, finísima, de ataujía de oro y plata, 
igual empavonado... 

A conocerse, hubiese sido cebo de anticua- 
rios y envidia de coleccionistas. ¿Qué mejor dis- 
fraz? ¿Qué cosa más propia de máscaras? Sin 
gastos ni cavilaciones, Lanzafuerte sería el rey 
de la fiesta. 



E. PARDO BAZÁN 



175 



Dicho y hecho. Dos horas antes de la solem- 
ne de entrar en el baile, estaba el duque abier- 
to de brazos y esparrancado de piernas, deján- 
dose abrochar piezas de la armadura. Fue es- 
pecialmente arduo el ajuste del peto y espaldar; 
se habían olvidado las correas con su hebillaje. 
Terminada la difícil obra, se miró el duque en 
un espejo de cuerpo entero y no se reconoció. 
Afeitado el bigote; cayendo á ambos lados del 
rostro las melenas de la peluca — era un retra- 
to antiguo bajado del lienzo. La apostura arro- 
gante; la boca desdeñosa; el diseño de las fac- 
ciones viril y adamado á un tiempo, — conver- 
tían al duque en doncel, y la raza hirvió en su 
* sangre, causándole la nostalgia de la edad he- 
roica. "¡Si nazco entonces!" murmuró con or- 
gullo. "¡Pero ahora... claro! No hay medio...'' 
Aumentaba su engreimiento el que la armadura 
le venía un poco estrecha. "Soy más hombre 
que el paladín...' 7 

Al bajar las escaleras sus ideas tomaron 
otro giro. Si no le ayudan los criados, de cabe- 
za al portal. Y precauciones infinitas para me- 
terse en el coche, para sentarse, para salir, 
para subir á la regia morada de Cardona, por 
peldaños de mármol, entre doble fila de lacayos 
empolvados, de azul librea y calzón corto. En 
cambio, la entrada, de sorprendente efecto. 
Destacándose sobre los trajes, que al fin eran 
disfraces de relumbrón, la armadura se impo- 
nía por el arte, por la verdad, por la seriedad y 
la extrañeza. Un guerrero se alzaba del sepul- 
cro; una estatua yacente se había incorporado. 



CUENTOS DE LA PATRIA 



Como animada figura debida al cincel depom- 
peyo Leoni, avanzaba el duque, levantando á 
su paso murmullos de admiración. Los inteli- 
gentes tasaban aquel noble despojo y lo valua- 
ban en cifras sonoras, con el impudor del hábito 
de que todo se venda. Los artistas, transporta- 
dos, clamaban elogios. Los preciados de erudi- 
tos recordaban timbres de la casa de Lanza- 
fuerte, y una vez más desfilaba la clásica lista 
de nuestros triunfos: San Quintín, Pavía, Orán, 
Cerinola. Y el choque del acero, al andar el 
duque, tenía un eco romántico, algo parecido 
al son de los escudos en la cabalgada wagne- 
riana. Sólo una voz burlona, casi en la misma 
cara de Lanzafuerte, pronunció: "Se ha dis- 
frazado de héroe para que no le conozca ni su 
madre. 

Por fin la maravillosa armadura se confun- 
dió entre el bullicio del baile, en un remolino 
de zíngaros, andaluces, gigerls, marquesas 
Luis XV, rosas, libélulas y japonesitas de cejas 
pintadas. El paladín de Carlos V empezaba á 
notar indefinible molestia, que fue acentuándo- 
se, convirtiéndose en declarada fatiga. 

No podía dudarlo: le pesaba y le apretaba la 
maldita armadura... ¡Qué idea, haberse metido 
en semejante caparazón! Ni poder bailar, ni si- 
quiera estar de pie... ¿Sentarse? ¿Y cómo? ¿Que 
á lo mejor saltasen las escarcelas y se quedase 
allí en calzón de punto? Imposible... Un sudor 
de angustia humedeció sus sienes. Irse era expo- 
nerse ala chacota... Por fatalidad, la bella Inés 
Puenteancha vino á rogarle que hiciese vis en 



É. PARDO feAZÁN 



*77 



un rigodón. ¿Rigodón? ¿Andar, volverse, incli- 
narse? Lanzafuerte, acongojado, se excusó lo 
mejor que supo... Pidió en el comedor un vaso 
de ponche helado y experimentó momentáneo 
alivio. La Puenteancha le preguntó risueña 
si estaba malo. "No es nada... calor.. . v Y á 
manera de quien huye, pálido, escalofriado, se 
escabulló á la serré, casi desierta, y con paso 
trabajoso se dirigió á la antesala. Los lacayos 
le socorrieron, le bajaron en vilo, avisaron á un 
coche. Dentro cayó el guerrero, produciendo 
temeroso ruido. ¡Uff ! ¡Por fin! En casa le arran- 
carían la horrible armadura. 

—¡Fuera todo esto, fuera!— gritó cuando es- 
tuvo en manos de sus servidores, que se mira- 
ban sorprendidos y descontentos... ¡Ellos que se 
prometían una noche de libertad! Y además... 
¡qué compromiso! 

—¡Fuera todo, volando!— repetía el duque, 
abriendo los brazos otra vez, esparrancando 
las piernas. 

Quitáronle gola, escarcelas, quijotes, gre- 
vas, brazales, cubos, guanteletes... Al llegar á 
la coraza, se pararon. 

—¿Qué aguardáis?— interrogó furioso.— ¡Si 
esto es lo que más me oprime! 

El ayuda de cámara, tartamudeando, se dis- 
culpó. ¿No se acorbaba el señor duque? Su cora- 
za, por faltarla el hebillaje y correas, estaba sol- 
dada á fuego. 

—¡A fuego! ¡Es verdad! ¡Maldita sea! ¡Vo- 
lando!... ¡El armero!... ¡Ya estáis aquí con él! 

Nuevas excusas. Confusión. ¡El armero! Si 



12 



i 7 8 



CUENTOS DE LA PATRIA 



el señor duque lo deseaba irían... pero inútil 
buscar á nadie, á la una de la noche del Domin- 
go de Carnaval. Hasta la mañana siguiente... 

Ante una orden á rajatabla salieron á caza 
del armero, con la convicción de no encontrar- 
le, y quedóse el duque embutido en la coraza, 
echado sobre la cama, sin poderse revolver, ni 
resollar. La opresión de su pecho, la sensación 
de asfixia, eran ya tormento insufrible. Y pa- 
saban las horas de la noche con cruel lentitud, 
y comprimía sus pulmones, hasta ahogarle, una 
mano de plomo. ¡Armadura odiosa! ¡Cuánto 
daría el descendiente de los paladines por ver- 
se libre de ella, por tenerla colgada en la pared, 
en panoplia decorativa, luciendo sus labores 
riquísimas, sus figuras paganas del más puro 
Renacimiento! ¡En la pared, sí; en el pecho, no! 
¿Qué sugestión diabólica había sido aquella? 
Incrustarse en el molde de otros siglos... ¡y no 
poder salir! Sentir sobre un costillaje débil, so- 
bre un corazón sin energía, la cascara del 
heroísmo antiguo... ¡y no romperla! ¡Prisionero 
en una armadura! El golpe de sus arterias re- 
medaba el trotar de bridones; el zumbido de la 
sangre era el fragor de la batalla... 

— Así verás que no es tan fácil disfrazarse 
de abuelo de sí mismo—dijo soltando la carca- 
jada Perico Gonzalvo, que, según costumbre, 
subió á casa de su amigo al retirarse del baile, 
y penetró en la alcoba de Lanzafuerte tocando 
una trompeta de cotillón, toda guarnecida de 
cascabelitos dorados. ¿Parecerse á la gente de 
entonces? ¡Hombre! Ni en guasa... 



E. PARDO BAZAN 



179 



Y como Lanzafuerte gimiese medio muerto 
(ya ni respirar podía), añadió el gomoso: 

—¿Sabes qué me ocurre? España está como 
tú... metida en los moldes del pasado, y muñén- 
dose porque ni cabe en ellos ni los puede sol- 
tar... Bonito simbolismo, ¿eh? Vaya, voy en 
persona á traerte alguien que te libre de ese 
embeleco... Porque ¡si esperas á los criados!... 



EL TORREÓN DE LA ESPERANZA 



¿Conocéis por tradiciones y descripciones el 
torreón fatídico desde cuya plataforma la infe- 
liz Isaura, séptima esposa de Barba Azul, aguar- 
dó con sudores de agonía á sus hermanos, que 
venían á libertarla de la muerte? Aferrada á 
una almena como si ya se defendiese instinti- 
vamente del cuchillo, Isaura, con el rostro del 
color de la cera y el cuerpo tembloroso, no te- 
nía ánimos ni para seguir avizorando el hori- 
zonte. Su esposo y verdugo, después de sor- 
prender la delatora mancha de sangre en la 
llave del terrible gabinete, mandó á Isaura su- 
bir á lo más alto de la torre para encomendarse 
á Dios, advirtiéndola que de allí á media hora, 
sin remisión, iría á degollarla. Isaura, flaqueán- 
dole las piernas, nublados por el miedo los ojos, 
sólo acertaba á preguntar de minuto en minu- 
to, con voz á cada paso más apagada y desfa- 
llecida: "Hermana Ana, ¿no ves nada? ¿no vie- 
ne nadie?" Y Ana, dolorosamente, respondía: 



l82 



CUENTOS DE LA PATRIA 



"Sólo veo la hierba que verdea y el camino que 
blanquea.'' Cuando ya faltaban pocos instantes 
para cumplirse el plazo; cuando Isaura, crispa- 
das las manos, se agarraba á las piedras cre- 
yendo sentir en la garganta el frío del cuchillo, 
Ana exhaló un grito loco, delirante: "¡Allí vie- 
nen, allí vienen!" y disipada la nube de polvo 
que arremolinaba el galope de los corceles, 
Isaura reconoció á los paladines que volaban á 
salvarla... 

Mucho se ha escrito y discutido acerca del 
torreón de Barba Azul. La opinión más general 
es que yace en ruinas, y que si los medrosos 
subterráneos, con sus mazmorras y pozos don- 
de aparecen aún hoy, al excavar y registrar, 
huesos y calaveras humanas, se conservan in- 
tactos, el torreón de la Esperanza se vino á tie- 
rra.— Mejor informada, puedo asegurar que el 
torreón existe.— Es tan fuerte y sólido, sus pie- 
dras están tan bien trabadas, con cemento tan 
indestructible; su gorguera de elegantes alme- 
nas posee una resistencia tal, que ni las tormen- 
tas, ni la lluvia, ni el aire, ni siquiera el trans- 
curso del tiempo y el abandono, han podido dar 
cuenta de él. Hay más todavía. No sólo no ha 
sufrido deterioro el torreón, sino que actual- 
mente es visitado por innumerables peregrinos 
y viajeros de todos los países del mundo, que 
acuden allí como en romería, atraídos por la 
leyenda. Esta asegura que encaramándose al 
torreón de la Esperanza y aguardando con pa- 
ciencia—sin dejar de implorar el auxilio del 
cielo,— cada cual acaba por ver venir, alzando 



E. PARDO BAZÁN 



183 



la indispensable nube de polvo, una represen- 
tación de su porvenir y su destino. Ya se adivi- 
na si estará concurrida la plataforma de la to- 
rre, y si los que se agarran á sus almenas- 
las mismas á que Isaura se abrazó en trance 
apretadísimo — sentirán latir el pecho de an- 
siedad, á veces de dolor, á veces de suprema 
alegría. 

No hace mucho — esta noticia nos interesa es- 
pecialmente — una caravana de viajeros espa- 
ñoles, como pasase cerca del torreón de la Es- 
peranza, deseó subir á él. Antes de realizar la 
ascensión conferenciaron, y con la verbosa fa- 
miliaridad y la espontánea franqueza que ca- 
racteriza á los españoles, se confiaron recípro- 
camente sus aspiraciones y hasta sus fantás- 
ticos sueños. Abrieron su corazón como se 
abre una puerta, de par en par, y resultó que 
existía entre sus anhelos afinidad y analogía 
extraña. Querían encaramarse al torreón de la 
Esperanza, porque, aburridos y hastiados de 
lo presente, sólo fiaban en las novedades que 
diese de sí lo futuro. Mostrábanse los peregri- 
nos descontentos de cuanto existe, y andaban 
conformes en atribuir los males y decaimiento 
de España á los individuos que figuran á la ca- 
beza de la nación. Sólo un ciego no vería la 
decadencia y lastimoso agotamiento de nues- 
tros héroes. Sobre este tema había que oir á 
los peregrinos, oportunos, decidores y epigra- 
máticos. Las flaquezas, las deficiencias, las tor- 
pezas y los yerros de las celebridades salieron 
á relucir con salsa de mostaza picante, con fue- 



i8 4 



CUENTOS DE LA PATRIA 



go graneado de chistes y anécdotas. Quedaron 
allí las altas famas pulverizadas, las glorias di- 
sueltas y devoradas por el ácido corrosivo de 
una crítica mofadora. ¿Los estadistas? gardu- 
ñas, vividores sin conciencia. ¿Los caudillos? 
cobardones, y por contera ineptos, sin el acier- 
to instintivo del guerrillero ni la vasta estrate- 
gia del verdadero gran capitán. ¿Los artistas? 
imitadores misérrimos, que se traían del extran- 
jero las ideas y hasta las formas, como las baila- 
rinas se traen pantorrillas de algodón. ¿Los lite- 
ratos? pobres diablos secos y vacíos hasta la 
médula de los huesos, y además, pesadísimos... 
11 ¡Lateros insufribles!" gritó uno de los pere- 
grinos, que frisaría en los veintitrés años y li- 
diaba á la sazón con el tercero de Derecho. La 
frase resumió el debate; todos convinieron en 
que se estaba erigiendo una catedral de hoja- 
lata para que se riese la posteridad. Urgía re- 
frescar, variar el personal; era llegado el ins- 
tante de cambiar de baraja, estrenando una 
nueva, tersa, reluciente, no sobada ni fatigada 
deluso... ¡Vengan otros, los desconocidos, los 
ignorados genios que encierra en su seno la 
multitud anónima!— Por eso ardían los españo- 
les en deseos de subir al torreón y divisar á lo 
lejos el remolino de polvo que anuncia la irrup- 
ción triunfante del porvenir... 

A la mañana siguiente, al despuntar el día, 
trepando por las piedras, agarrándose á las 
matas de hiedra, valiéndose de escalas y de so- 
gas, arañándose las manos, alcanzaron la pla- 
taforma, y reclinados en el parapeto y el alme- 



E. PARDO BAZÁN 



l8 5 



naje, consultaron ansiosos elhorizonte.— Desde 
luego pudieron cerciorarse de la verdad histé- 
rico-topográfica que envuelve la conseja de 
Barba Azul. Arrancando de la calzada que con- 
duce al puente levadizo del castillo, y prolon- 
gándose hasta perderse allá entre dos monta- 
ñas casi difumadas en la lejanía, serpeaba por 
frescos prados la cinta de plata del camino. En 
lo más distante que de él podía percibirse cla- 
varon los ojos los españoles, como los había 
clavado la despavorida Isaura; y repitiendo su 
pregunta con afán poco menor, preguntaban 
los cortos de vista á los que asestaban podero- 
sos gemelos: "Qué, ¿nada? ¿No asoma nada 
aún?" Y los otros respondían: "Nada... Sólo se 
ve la hierba que verdea y el camino que blan- 
quea." 

Pasaron horas y horas, y mis españoles quie- 
tos allí, catalejo en ristre, ó haciéndose panta- 
llas y tubos con periódicos los que de anteojo 
carecían. El sol, que iba remontándose al cé- 
nit, picaba más de lo justo y quemaba las pu- 
pilas y derretía los sesos; la sed inflamaba los 
gaznates y el hambre pellizcaba los estómagos; 
pero la magia de la Esperanza, como un filtro, 
sostenía á los expedicionarios, impidiéndoles 
retirarse. Cerca ya de la hora meridiana, un 
privilegiado que poseía unos soberbios mari- 
nos exhaló chillido indescriptible. jAllá, allá, 
en lontananza remotísima, acababa de apare- 
cer un punto blanco, el núcleo de un astro, la 
misteriosa nube de polvo! 

Creyeron volverse locos los españoles. De 



i86 



CUENTOS DE LA PATRIA 



mano en mano pasaron los gemelos. ¡Sí, sí, allí 
estaba, creciendo, dilatándose, la nube! Pronto, 
roto el turbio velo, lograron distinguir lo que 
se acercaba. Era una lucida cohorte á caballo, 
una hueste espléndida, bizarramente engalana- 
da y armada de punta en blanco, apercibida al 
combate. Ya se podían admirar el corbeteo de 
los fogosos bridones, ya el damasquinado de 
los arneses y cotas; ya gallardeaba el ondear 
de las plumas y el flotar de las bandas de colo- 
res; ya se distinguían las empresas de los pen- 
dones y el blasón de los escudos... Los de la 
plataforma, ebrios de entusiasmo, gritaban, 
vitoreaban, cabalgaban en las almenas á ries- 
go de estrellarse... Faltábales sólo ver las ca- 
ras de los paladines: era una fatalidad: lleva- 
ban todos baja la visera del casco. ¡Grande, 
ardiente era el anhelo de conocer á los que 
cifraban el destino de la patria española!... 

Un clamoreo inmenso, de nervioso entusias- 
mo, se alzó de la plataforma cuando, llegados 
al pie del puente levadizo, los héroes que ve- 
nían alzaron la visera... Y otro clamor espe- 
cial, de ironía y desencanto, siguió al prime- 
ro. — Los de la hueste esperada, los de la hues- 
te desconocida... no eran sino aquellos mis- 
mos, ¡vive Dios! aquellos que desde hacía años 
lidiaban, resistiendo les embates de la censura 
y las exigencias del descontento y del cansan- 
cio. Todos iguales, invariables, ya curtidos, 
ya veteranos... Los mismos caudillos, los mis- 
mos estadistas, los mismos artistas y literatos 
célebres... ¡Ni una cara nueva, vive Dios!— Y 



K. PARDO BAZÁN 



l8 7 



los viajeros españoles, asaz mohínos, descen- 
dieron aprisa... A la noche se consolaron ar- 
mando una tertulia, volviendo á pulverizar á 
los eternos héroes, y planeando, para el oto- 
ño próximo, otra subida al torreón de la Espe- 
ranza. 



EL PALACIO FRÍO 



¿Os acordáis de aquella princesa enferma, 
hija del rey de Magna, á quien curó como por 
ensalmo un viejo mostrándola cierto panorama 
muy lindo? Pues habéis de saber que á la vuel- 
ta de muchos años el cetro de Magna vino á re- 
caer en un hijo de esta princesa, y este hijo, 
bajo el nombre de Basilio XXVII, reinó glorio- 
samente por espacio de más de un cuarto de si- 
glo, persistiendo la huella de su paso por el 
trono en varios monumentos grandiosos y ve- 
nerables, que estudian hoy los arqueólogos con 
particular interés, discutiendo si el estilo pecu- 
liar de tales construcciones es invención que 
exclusivamente pertenezca al vigésimoséptimo 
Basilio ó procede ya de la influencia de su ma- 
dre y quizás se remonta hasta la de su abuelo. 
Punto es éste acerca del cual se han escrito 
doce voluminosos libros y cosa de sesenta mo- 
nografías asaz doctas.— Lo que especialmente 
hizo darse de calabazadas á los sabios fueron 



190 



Cuentos de la patria 



ciertas imponentes ruinas que la tradición po- 
pular llama del Palacio frió, sin que hasta hace 
poco tiempo se consiguiese averiguar el origen 
de tal nombre, que contrasta con el aspecto de 
lo que del edificio resta en pie. 

En efecto; el palacio, del cual se conservan 
galerías, salones y estancias que decoran res- 
tos de ricas maderas y preciosos mármoles y 
jaspes, parece haber sido erigido por la madre 
de Basilio XXVII para asilo de un feliz amor 
conyugal; y su traza, su adorno, su carácter, en 
fin, son marcadamente amables y alegres, con 
la alegría de una dicha soberana, ostentosa y 
triunfante. El emplazamiento, su orientación al 
Mediodía, su situación en el punto más despe- 
jado y dominando la perspectiva más risueña, 
sobre la bahía y entre bosquecillos de naranjos, 
limoneros y granados siempre en flor, tampoco 
permitían inducir por qué hubo de ser llamado 
frío y nombre que parece delatar solemnidad y 
tristeza. — El enigma de semejante tradición 
llegó á preocupar al Dr. Herr Julius Tiefen- 
lehrer, sabihondo catedrático alemán, que se 
propuso descifrarlo á toda costa. Con la cacha- 
za del que no regatea tiempo, se instaló en las 
mismas ruinas, y araña de aquí, escarba de allí, 
rebusca por allá y escudriña por acullá, consi- 
guió desenterrar, al pie de una columna, en la 
cripta bajo lo que fue salón del trono, un cofre- 
cillo de hierro que contenía un rollo de manus- 
critos. A pique estuvo el Dr. Tiefenlehrer de 
volverse loco de júbilo con el inestimable des- 
cubrimiento; como que los manuscritos eran 



É. PARDO BAZAN 



IQI 



nada menos que unas instrucciones muy proli- 
jas, de puño y letra del mismo Basilio XXVII, 
y destinadas á sus herederos y sucesores, para 
adoctrinarles en la recta gobernación del Esta- 
do y en la conducta que debe seguir un monar- 
ca. Pero lo que sobre todo arrebató á Herr Ju- 
lius al quinto cielo, fue que, por vía de ejemplo, 
Basilio refería allí con pormenores la historia 
del Palacio frío. Y nosotros, al traducirla del 
enorme volumen en lengua alemana en que el 
sabihondo la publicó, enriqueciéndola con toda 
especie de documentos, glosas, advertencias, 
referencias, notas, comentarios, planos y estu- 
dios comparativos con otras tradiciones de Mag- 
na y de los demás pueblos del mundo, la extrac- 
tamos rápidamente y sólo damos en forma es- 
cueta el relato del extraño suceso por el cual se 
llamó frío el palacio de Basilio XXVII. 

Es el caso que cuando el joven Basilio here- 
dó la corona, hallóse en un estado de ánimo pa- 
recido al fervor de los que ingresan en una or- 
den religiosa, y se dió á pensar cómo debía con- 
ducirse á fin de cumplir sus deberes y desem- 
peñar á perfección la alta y ardua tarea que le 
señalaba el destino. Penetrado de la grandeza 
y hasta de la santidad de su cargo, pidió á 
Dios luz y fuerza para que su nombre pasase 
á la Historia con la aureola y el prestigio de 
los reyes que saben ejercer el poder sumo en 
provecho y honor de la patria. Sin embargo, 
tan excelentes intenciones se estrellaban con- 
tra una dificultad: el rey quería el bien, pero 
no sabía dónde estaba, ni en qué consistía, ni 



i ) CUENTOS DE LA PATRIA 



cómo era preciso arreglárselas para descu- 
brirlo. 

Así las cosas, y mientras Basilio cavilaba en 
el modo de acertar, empezó á darse cuenta de 
un sorprendente fenómeno; y es que dentro de 
su palacio— aquel deleitoso palacio construido 
por una reina enamorada para albergue de la 
dicha, y enclavado en un oasis, en lo mejor de 
un país de clima naturalmente benigno, — hacía 
frío, mucho frío, un frío cruel. La sensación de 
este frío, al principio sutil y casi imperceptible, 
iba siendo á cada paso más fuerte y penetran- 
te, Nadie dudará que el rey aplicó al punto los 
remedios que suelen emplearse contra el des- 
censo de la temperatura; y el primero fue abri- 
garse, envolverse en ropas de invierno. Desde 
la hopalanda de enguatada seda hasta el manto 
de finas pieles de rata polar, colchón vivo que 
crea una atmósfera suave y tibia en torno del 
cuerpo; desde el casacón de terciopelo de media 
pulgada de alto hasta la funda de raso rehen- 
chida de plumón de pato silvestre; desde la ve- 
dijosa zalea de cordero blanco hasta la gruesa 
manta lanuda, Basilio usó cuanto juzgó á pro- 
pósito para entrar en calor, sin que se desvane- 
ciese aquel frío singular, siempre más intenso. 
Desesperando ya del abrigo suyo, se dió prisa 
á calentar el palacio. De entonces procede la 
construcción de las suntuosas y amplias chime- 
neas que por todas partes lo decoran, y en las 
cuales noche y día se quemaba un monte ente- 
ro de leña seca, levantando mil lenguas y jiro- 
nes de llama. No se conocía en aquel tiempo 



E. PARDO BAZÁN 



193 



otro sistema de calefacción; pero sobraba para 
disipar cualquier frío natural y explicable en lo 
humano. No obstante, el frío continuó, arreció, 
redobló, invadiendo ya la médula del rey, que 
daba diente con diente á todas horas. 

Cuando Basilio XXVII preguntaba á sus mi- 
nistros y magnates y á los mil agradadores que 
bullen alrededor de los poderosos si sentían 
como él aquel extraño frío, le desesperaba oír- 
les responder vagamente que sí, y al mismo 
tiempo verles andar á cuerpo y abanicarse, 
mientras él se encogía castañeteando los dien- 
tes. Notaron los áulicos la contrariedad del so- 
berano, quisieron llevarle la corriente y fue 
muy gracioso verles fingir que también se he- 
laban, vestidos de riguroso invierno y sudando 
como pollos. Y el joven rey, que tenía un espí- 
ritu sincero y leal, se indignó ante la comedia 
y miró á sus cortesanos con desprecio profundo 
al observar que en cosa tan evidente y palmaria 
le mentían y engañaban sin temor. Acometido 
de tristes recelos, pidiendo la verdad á la cien- 
cia, Basilio llamó á un médico y le preguntó si 
el terrible frío que sólo él padecía sería debido 
á mortal enfermedad. Reflexionó el sabio, y 
después quiso saber si el rey notaba el mismo 
frío en todas partes. Abriendo una ventana, su- 
plicó á Basilio que se asomase; y cuando éste 
pensó tiritar y morir helado, observó que, por 
el contrario, el aire exterior le calentaba y re- 
animaba mucho. 

—La solución de este problema no depende 
de la Medicina— declaró el doctor.— V. M. no 

i3 



IQ4 CUENTOS DE LA PATRIA 



está enfermo. No me consulte á mí, sino á su 
conciencia y á Dios, y pues aquí tiene frío y ahí 
no, salga, salga á todas horas; viva fuera de 
este palacio fatal. 

Y Basilio salió, en efecto, huyendo de la es- 
pléndida morada en que se congelaba su san- 
gre y los mármoles parecían témpanos, y los 
dorados, irisaciones del sol en las paredes de 
alguna nevera. Echóse á todas horas á la calle, 
gozando con delicia la suave temperatura,— y 
poco á poco fue tomándose interés en lo que le 
rodeaba y estudiando y conociendo lo que pre- 
ocupaba y convenía á sus vasallos.— Vió con 
extrañeza que el mundo no era como sus corte- 
sanos lo pintaban, y le pareció que se le barrían 
de los ojos unas telar añitas y que el cerebro se 
le despejaba y se le despabilaba el sentido. Mil 
cuestiones que no comprendía se le aparecie- 
ron claras, transparentes; conoció las necesi- 
dades, oyó las quejas, se asimiló las aspiracio- 
nes, hizo suyos los deseos y afanes del pueblo, 
y de tal modo se identificó á la vida de sus súb- 
ditos, que su corazón llegó á latir enteramente 
al unísono del gran corazón de la Patria, como 
si á los dos los regase la misma sangre y los dila- 
tasen y contrajesen iguales alegrías y tristezas. 
Basilio estaba transportado; lo único que todavía 
le contrariaba era que, al retirarse á palacio, le 
acometía el frío otra vez. Y, en un momento de 
inspiración, se le ocurrió que, pues fuera hacía 
calor, quizás el palacio se templaría abriendo 
de par en par las puertas y las ventanas para 
que lo llenase el ambiente exterior, las ráfagas 



E. PARDO BAZÁN 



195 



de la calle y hasta la gente de la calle, la gente 
humilde. Dio, pues, la orden, y fueron franquea- 
das á los subditos las puertas del regio alcázar. 
Y á medida que el pueblo, respetuoso y líeno 
de amor por su buen monarca, recorría las es- 
tancias magníficas, verificábase el portento: de- 
rretíase el hielo, el aire se hacía blando, tem- 
plado; las avecillas de las pajareras cantaban, 
los tiestos florecían, reía el dulce hálito de la 
primavera. —Resuelto estaba el enigma. Basi- 
lio XXVII no volvió á tener frío en su palacio. 



EL TEMPLO 



Sucedía lo que voy á referir en los tiempos 
modernísimos de la China, séptimo siglo de 
nuestra era, reinando la emperatriz Vu. No in- 
cluyen los historiógrafos sinenses á esta dama 
en la lista de los soberanos, alegando que Vu 
era una usurpadora, ni más ni menos que la 
actual emperatriz, que tanto preocupa á la Eu- 
ropa culta. 

Hija de un príncipe de Mingrelia, Vu fue lle- 
vada al gíneceo de Tai-Sung con otras veinte 
doncellas nobles, encargadas de hacer el té y 
plegar, guardándolos en cajas de sándalo orien- 
tal, los ropajes de seda del emperador. La re- 
conocieron los eunucos; se cercioraron de que 
tenía el aliento sano, la dentadura pareja y 
completa, el cuerpo puro y gentil, y sabía tra- 
zar con el pincel los caracteres complicados del 
alfabeto, rasguear la guitarra y recitar de me- 
moria las enseñanzas de la literatura Pan-hoei- 
pan, que ordenan á la mujer ser en su casa nada 
más que un eco y una sombra. Seguros ya de 
que Vu merecía el honor de divertir al glorioso 
soberano, la vistieron de bordadas telas, la per- 
fumaron con algalia, salpicaron de llores de 



198 



CUENTOS DE LA PATRIA 



cerezo su negra cabellera, peinada en compli- 
cadas y relucientes cocas, y la presentaron á 
Tai-Sung. Este apenas la miró; altos designios, 
planes heroicos, sabias máximas ocupaban su 
mente. Estaba disponiendo las instrucciones 
que había de dar al príncipe heredero Kao- 
Sung, entre las cuales figuraba este consejo: 
"Reina sobre ti mismo y sujeta tus pasiones." Y 
el príncipe heredero— asomado al balconcillo 
de un pabellón de bambú que adornaban placas 
de esmalte y cuyo techo escamoso guarnecían 
campanillitas de plata, —vio pasar á la nueva 
esclava de su padre y la codició en su corazón 
de un modo insensato. 

Un mes más tarde, el emperador bebía una 
taza de té servida por Vu, y disuelta en la ru- 
bia efusión, fuerte dosis de opio ofrecía al mor- 
tal reposo eterno. Después del solemne entierro 
del ilustre guerrero y legislador, Kao-Sung re- 
pudió á sus legítimas esposas, emperatrices del 
Poniente y del Levante, y sentó á su lado, en el 
trono, á Vu, dándola el título nuevo é inaudito 
de reina celestial. 

Jamás se había cometido tan grave y escan- 
dalosa acción. La piedad filial es la virtud china 
por excelencia, y Confucio dice en el Y-King ó 
Libro de los libros que el padre es al hijo lo que 
el sol al mundo. Pero habían pasado los tiem- 
pos en que el prestigio de la ley podía más que 
el respeto al Monarca, y nadie se atrevió á 
chistar. Solamente un literato— en aquel país 
los literatos llevaban la voz de la conciencia 
pública— tuvo valor para anunciar á Kao-Sung 



É. í>ARDO BAZÁN 



í 9 g 



que los Espíritus ó manes de los antepasados to- 
marían venganza de la ofensa; por lo cual el li- 
terato fue esmeradamente cortado en diez mil 
pedacitos, suplicio que se reserva á los grandes 
culpables. 

Sin duda los Espíritus quisieron dejar bien 
al literato, pues Kao-Sung murió pronto, con- 
sumid® por el incendio de sus venas, por el 
amor desesperado y loco. Sucedíale su hijo 
Shun-Sung; pero á los pocos días la emperatriz 
le hizo sorprender en su lecho y trasladar en 
palanquín á una fortaleza fronteriza, de las que 
defendían la Gran Muralla. Y apoderándose del 
trono, dió rienda suelta á su soberbia infinita. 
Mandó construir un palacio desmesurado, y en 
en él reunió servidumbre innumerable, entre la 
cual había bailarinas, atletas, astrólogos, ar- 
queros muy diestros y palafreneros tártaros de 
suma habilidad. Todas las noches los jardines 
se iluminaban con millares de farolillos, y bar- 
cas empavesadas, de figura de dragones ó cis- 
nes, llenas de músicos, con mesas dispuestas 
para el banquete, recorrían los estanques y la- 
gos; en la más suntuosa de las embarcaciones, 
la emperatriz, rodeada de su corte, se entrega- 
ba á los delirios de la orgía. Hasta tuvo el ca- 
pricho de hacer un lago de vino rojo y ver cómo 
se bañaban en él, ebrios ya, los cortesanos. En 
medio de su desatinada vida, Vu pensaba en 
agrandar su Imperio, y veteranos generales 
consiguieron para sus armas brillantes victorias. 
Los literatos, no queriendo ser aserrados ó cor- 
tados en diez mil trozos, cantaban la gloria de 



200 



CUENTOS DE LA PATRIA 



la excelsa Vu, y el Imperio entero, postrado á 
sus casi invisibles pies, la reverenciaba acobar- 
dado, pues las proscripciones habían hecho os- 
cilar, al extremo de un bambú corvo, muchas 
y muy ilustres cabezas. 

Cualquiera pensaría que Vu, en tal esplen- 
dor de triunfo, no envidiaba á nadie en la tie- 
rra. Y sin embargo, á los tres años de reinar, 
dió marcadas señales de cansancio y hasta de 
melancolía, por lo cual los médicos y astrólo- 
gos de palacio no sabían á qué santo encomen- 
darse, pues la Emperatriz, encerrada en sus ha- 
bitaciones, se negaba á ver á nadie, y hasta 
hubo días en que rehusaba el alimento. Mil ver- 
siones corrían acerca del padecimiento incom- 
prensible de la Emperatriz,— y es que nadie po- 
día sospechar que Vu, la ambiciosa, la capri- 
chosa, estaba perdidamente enamorada de un 
ioven bonzo, sacerdote de Fo (á quien en la In- 
dia llaman el Buda). 

Ni toda la ciencia del gran Confucio y de 
Lao-Seu, el filósofo de las blancas cejas, alcan- 
zaría á explicar la secreta razón del enamora- 
miento y del sufrimiento de la Emperatriz. Así 
como se habían reclinado en los cojines de seda 
de su gabinete los esculturales hijos de Corea 
ó Kaolín (la tierra cuyo barro sirvió al Espíri- 
tu para modelar al primer hombre), los india- 
nos del Himalaya, de negros ojos de gacela y 
dorada piel; los siberianos, de azules pupilas, 
y los montañeses Kirguizos, de arrogante apos- 
tura, nada más fácil para la celeste Empera- 
triz que prender al joven bonzo Hoay } r ence- 



E. PARDO BAZÁN 



201 



rrarle allí, entre jardines de arbustos enanos 
en flor, que convidan á la molicie. Mas no era 
eso lo que Vu deseaba. Había visto al bonzo en 
ocasión de hallarse ella pescando en un estan- 
quinto peces de colores. Al tirar de la cuerda 
y sacar un plateado ciprino de aletas de car- 
mín, el budista, que pasaba con los ojos bajos, 
hab.ía alzado la voz, exclamando severamente: 
"Mujer, ¿por qué haces daño á los seres vivos 
é inofensivos? Si quieres saciar tu crueldad, clá- 
vame el anzuelo á mí." Y desde aquel instante, 
Vu veía siempre el grave rostro, la mirada in- 
tensa, de fuego, la figura penitente del bonzo 
Hoay; y en memoria suya, á ningún sér vivien- 
te se hacía mal en el inmenso palacio. Vu co- 
mía frutas confitadas, legumbres cocidas, y las 
aves anidaban pacíficamente en el imbricado 
reborde de los pabellones de recreo. 

Un. día, ya desesperada, sintiendo que la tris- 
teza la consumía hasta la médula de los huesos, 
Vu se hizo conducir al monasterio donde habi- 
taba el bonzo, y arrojándose á sus pies, sin or- 
gullo ni alarde de poderío, le explicó su mal y 
le pidió el remedio. "Yo sanaré si tú me guías; 
yo sanaré si tú estás á mi lado." Hoay levantó 
del suelo á la Emperatriz celeste, y con pala- 
bras fraternales la calmó: "Empieza— la dijo— 
por elevar un templo á la Luz y otro al Cie- 
lo..., y después llámame. " Vu erigió dos tem- 
plos altísimos, que agotaron su tesoro; termi- 
nadas las obras, avisó al bonzo, el cual acu- 
dió, y, armado de una antorcha, incendió los 
maravillosos edificios. No quedó de ellos más 



202 



CUENTOS DE LA PATRÍA 



que ceniza. Después dijo á la consternada Em- 
peratriz: "Ahora, mujer, eleva un templo más 
aito, más alto, dentro de ti, en tu corazón, al 
Cielo y á la Luz... y cuando esté erigido vuél- 
veme á llamar." Vu ignoraba cómo arreglárse- 
las para elevar un templo dentro de su corazón; 
no obstante, por instinto del querer— instinto 
infalible, — adoptó vida distinta de la anterior: 
abrió las prisiones, prohibió los suplicios, reba- 
jó los impuestos, oyó las quejas justas, dió pre- 
mios á la piedad filial, amparó la agricultura, 
y en su palacio estableció tal moralidad, que 
podrían ser de vidrio las paredes. El bonzo, sa- 
tisfecho, venía á visitarla todas las tardes, y 
cogidos de las manos, apaciblemente, conver- 
saban sobre las cuatro virtudes sublimes y la 
liberación de la bienaventuranza final. Vu era 
dichosa como en su vida lo había sido. 

Sin embargo, los veteranos generales, los 
eunucos directores de las fiestas, los panzudos 
mandarines y hasta los literatos, envidiosos de 
la privanza de Hoay, al ver que ya no se orde- 
naban suplicios, conspiraron. Y Vu, aquella 
Emperatriz que (según el dicho del historiador 
Padre Amiot) emprendió y ejecutó impunemen- 
te las cosas más extraordinarias y más opues- 
tas al criterio y costumbres de la China, fue 
sorprendida en su pabellón y secretamente es- 
trangulada, en castigo ele haber concebido un 
amor diferente de otros amores, y de haber, á 
impulsos de ese extraño sentimiento, elevado 
en su corazón un templo muy alto al Cielo y á 
la Luz. 



EL MILAGRO DE LA DIOSA DURGA 



La historia religiosa y la civil y militar se 
encuentran tan íntimamente enlazadas en los 
pueblos antiguos de la India, que ni la crítica 
intenta separarlas; los textos históricos se ha- 
llan en los libros sagrados; las mismas epope- 
yas tienen carácter teológico, y obra son de 
bramanes ó sacerdotes. En una epopeya de las 
más difusas encuentro el relato del hecho so- 
brenatural que vais á leer, si lo leéis, y á me- 
ditar, si gustáis. De mí sé decir que me dejó 
buen rato pensativa. 

La ciudad y estados de Kapala, florecientes 
bajo los reyes de la casa de Dapatamali, deca- 
yeron poco á poco de su antiguo esplendor, y 
en plazo relativamente corto vinieron á ser in- 
vadidos y sometidos por sus constantes enemi- 
gos los de Kamurti. Tributos onerosos, vejá- 
menes intolerables, humillaciones continuas, 
las leyes y las instituciones, el comercio y la 
agricultura de Kapala sometidos á la fiscaliza- 



204 CUENTOS DE LA PATRIA 



ción 3^ á la avidez codiciosa del enemigo, todo 
esto tuvieron los kapaleños que sufrir y llevar- 
lo en paciencia, pues al soberbio vencedor le 
parecía harto haberles dejado la vida salva. Es 
verdad que cuando aconteció á Kapala tal des- 
ventura, ya estaba muy abatida y desbaratada 
por culpa de la mala administración, rapacidad 
y desmanes de los exactores , y de infinitos 
vicios que se habían ido arraigando en su cons- 
titución y enfermándola, hasta producir una 
atonía que hizo á los kapaleños indiferentes á 
su propio decaimiento y vergüenza. 

Como si todas las manifestaciones del espíri- 
tu se agotasen á la vez en Kapala, cayó tam- 
bién en olvido la religión, y quedó abandonado 
el maravilloso templo de la diosa Durga , em- 
plazado al pie de la montaña de Sindoro, que 
es el Olimpo javanés, residencia favorita de 
los inmortales. Y se necesitaba que Kapala hu- 
biese descendido tanto para que yaciese desier- 
ta la sacra montaña, poblada de arbustos en 
flor, regada por ríos y manantiales de deleito- 
sa frescura, en cuyos remansos abrían los lotos 
azules, blancos y rosados, sus redondas y geo- 
métricas corolas; la montaña poblada de lindas 
apsaras (las ninfas de la mitología indostánica) 
y de aves canoras y dulces, cuyos gorjeos ha- 
cen insensible el transcurso de las horas, de los 
años y hasta de los siglos.— En la vertiente de 
la montaña alzábase la mole del templo de Dur- 
ga, cuyas imponentes ruinas son aún hoy asom- 
bro de arqueólogos y viajeros. Salvada la puer- 
ta, lo primero que se divisa es la efigie colosal 



E. PARDO BAZÁN 



205 



de la diosa, de aspecto venerando. Bajos los 
ojos como en misterioso éxtasis, y cubierta la 
cabeza por la alta mitra, en cuyo centro reful- 
ge enorme esmeralda; apoyados los pies en el 
lomo del toro Nandi, Durga tiende sus ocho 
brazos, y en cada uno de ellos lleva un atribu- 
to de sus enseñanzas y doctrinas. El primero 
empuña la cola de un búfalo, emblema de la 
agricultura; el segundo una espada, que signi- 
fica el heroísmo; el tercero el vaso sagrado, 
símbolo de la religión; el cuarto la maza, re- 
presentación del vigor y la fuerza; el quinto la 
luna, imagen de la sabiduría; el sexto el escu- 
do, que aconseja prudencia y ánimos para de- 
fenderse; el séptimo el estandarte, que es la 
ley, y finalmente, el octavo agarra con brío y 
violencia los cabellos del muñeco Maikasur, 
personificación del vicio, ordenando así la dio- 
sa que no se omita el castigo de los culpables, 
tan necesario para ejemplo y escarmiento en 
las bien ordenadas repúblicas. Dentro no falta- 
ban otras efigies de Durga, y se adoraban las 
de Siva y Ganesa.— Pena infundía ver el mag- 
nífico templo sin sacerdotes ni acólitos, vacío 
y mudo, invadido por las plantas parásitas qae 
se agarran á la piedra y consuman su destruc- 
ción. 

Aparte de las aves y de los reptiles, no que- 
daba dentro del santuario de Durga más sér vi- 
viente que un anciano solitario. Es verdad que 
valía por cien bramanes: la austeridad increí- 
ble de sus mortificaciones, que le habían dese- 
cado el cuerpo y consumido y destuetanado 



206 



CUENTOS DE LA PATRIA 



hasta los huesos, le tenían hecho una momia, 
pero tan comunicado con la esfera superior de 
Brama, que cuantas veces hincaba en el suelo 
su báculo, el seco tronco brotaba rama y flor, 
y que, sin sentirlo, á ratos se elevaba de tierra 
siete codos el penitente, con otros prodigios 
que despacio refiere la epopeya. La fama del 
santísimo Majamí, tal era su nombre, empezó á 
divulgarse, y llegando á oídos de tres kapale- 
ños que no podían resignarse al triste estado 
presente de su nación, resolvieron peregrinar 
al santuario de Durga y pedir á Majamí conse- 
jo y á la diosa intervención eficaz. 

Pertenecían estos tres últimos kapaleños pa- 
triotas á la casta de los chatrias ó guerreros, 
que forma, después de los bramanes ó sacerdo- 
tes, la primer aristocracia de la India. Bien 
montados y llevando ofrendas para la deidad, 
se encaminaron á Sindoro al rayar la mañana, 
y salvando la odorífera selva y los lagos deli- 
ciosos, no tardaron en avistar las galerías de 
arcadas y las innumerables cupulillas del vasto 
templo. Pasaron, sobrecogidos de religioso pa- 
vor, bajo la enorme puerta de entrada, en cu- 
yas jambas hacen la guardia dos colosos arma- 
dos de sendas porras; y dentro del patio, al pie 
de la estatua de la diosa, cruzado de piernas y 
mirándose al sitio en que debía estar el vientre, 
—la posición en que suelen representar á .los 
Budas,— calcinándose bajo un soldé fuego, he- 
cho un pedazo de yesca ó un tronco que abra- 
só el estío, vieron al santo Majamí, tan quieto, 
que un pájaro se había posado en su cráneo 



E. PARDO BAZAN 



207 



y sólo voló al ver aparecer á los tres chatrias. 

— Grande y venerable asceta — dijo el que lle- 
vaba la palabra,— hemos venido á turbar tu 
quietud y á interrumpir las místicas meditacio- 
nes que te ponen en contacto con las esferas di- 
vinas, para rogarte que te acuerdes del daño, 
desastre y acabamiento de nuestras comarcas 
y reino de Kapala, y ejercites el formidable po- 
derío que te otorga tu santidad para obtener de 
la diosa Durga, en otro tiempo tan propicia á 
los kapaleños, que nos restaure. Únicamente 
Durga puede hacer un milagro que nos saque 
del abismo. Concentra tu voluntad, y obtén de 
la diosa el favor que solicitamos. 

Permanecía Majamí como si fuese labrado en 
piedra. Los chatrias, respetando su inmovili- 
dad, se prosternaron y adoraron á Durga, ad- 
mirando los atributos de sus ocho brazos y la 
esmeralda que en su mitra resplandecía como 
una esperanza dulce. Entonces, con imponente 
lentitud, los blancos ojos del solitario giraron 
en sus órbitas; su boca quemada y negruzca se 
abrió solemnemente; su esternón, en que se 
contaban las costillas apenas sujetas por la 
piel, jadeó para recobrar el ritmo de la respira- 
ción olvidada; y al fin, con voz discorde y ca- 
vernosa, como el chirrido de una puerta de oxi- 
dados goznes, murmuró gravemente: 

—Contemplad ¡oh chatrias! los atributos de 
la diosa. ¡Ellos os dirán cómo se hacen los mi- 
lagros! 

No les contentó la respuesta, é insistieron. El 
gran Majamí podía solicitar de Durga milagro- 



208 



CUENTOS DE LA PATRIA 



sa intervención: ¡el poder de la diosa era tan 
infinito! Entonces el penitente, levantándose 
con trabajo, y renqueando y vacilando sobre 
sus canillas huesosas, registró bajo el zócalo de 
la estatua y sacó un pez muerto, ó mejor dicho, 
un pez seco ya, de tonos metálicos, momifica- 
do como el propio Majamí— un pez que pare- 
cía de estaño y cobre,— y se lo tendió á los cha- 
trias, que no pudiendo comprender el sentido 
de tan raro presente, sin replicar lo tomaron. 

— Durga os manda alimentaros de ese pez,— 
declaró Majamí.— Al sestear en la montaña lo 
asaréis... y el pez os dirá cómo se hacen los mi- 
lagros. 

Asaz mohínos se despidieron los tres kapale- 
ños patriotas, comentando el regalo del pez y 
conviniendo en que Durga, airada ó indiferen- 
te, no quería socorrer á Kapala. Con todo, á la 
primer parada bajo un grupo de limoneros y 
tamarindos , dócilmente encendieron una ho- 
guera y arrimaron á la brasa el pez. Y, al caer 
sobre las ascuas, el pez empezó á hincharse, á 
esponjarse; sus metálicas escamas se hicieron 
flexibles; al cabo de pocos instantes, sus aletas 
se abrieron, se coloreó de rojo su abierta boca, 
palpitaron sus branquias, y ¡oh prodigio de 
Durga! el pez, de un brinco, saltó de la llama 
á la hierba, fresco, vivo, coleando. 

—Durga nos manda imitar á ese pez— excla- 
mó el primer chatria.— He comprendido, her- 
manos míos. /Resucitemos/ 



ENTRE RAZAS 



Al admirar la colección de objetos de arte 
de mi amigo el conde de Boltaña, me llamó la 
atención uno que no descollaba por su mérito, 
pero que decía á mi alma cosas muy expresi- 
vas. Era la efigie— de talla, con ropaje dorado 
y estofado— de San Benito de Palermo. La ne- 
gra faz del Santo, su testa de cabellera lanuda, 
se destacaban con singular energía sobre las ri- 
cas vestiduras sacerdotales. Notando el interés 
con que yo miraba la estatuilla, me advirtió el 
conde: 

—Esa escultura es de lo más flojo que hay 
aquí. 

—Pero encarna una idea— respondí al punto. 
—Encarna la idea tan esencialmente democrá- 
tica del Catolicismo. Es la apoteosis de la igual- 
dad humana; reprueba la división en razas su- 
periores é inferiores que estableció el paganis- 
mo. Por eso me conmueve el santito negro, que 



210 



CUENTOS DE LA PATRIA 



estará ahora bañándose en la blanca luz celes- 
tial. 

—Si yo le refiriese á usted— exclamó el con- 
de—cuándo y en compañía de quién adquirí esa 
talla y lo que después ocurrió, tal vez pensaría 
usted que á fines de nuestro siglo la civilización 
vuelve al cauce pagano, restaurando la des- 
igualdad basada en la fuerza material... y que 
pierde terreno, en los pueblos directivos, la 
noción del derecho. 

Y como yo insistiese en conocer sin tardan- 
za la historia de la compra del San Benito, nos 
sentamos en cómodos y vetustos sillones de ba- 
dana cordobesa, y el conde habló así: 

—Ha de saber usted que hace años , un pri- 
mo mío, cónsul en Baltimore, me recomendó á 
cierto norteamericano que venía á recorrer las 
principales ciudades de España y proyectaba 
detenerse en Madrid cosa de un mes. Con la 
hospitalaria cortesía de que nos preciamos los 
españoles, sacrificando tiempo y dinero, me de- 
diqué á acompañar y obsequiar al yanqui, lle- 
vándole adonde mostraba deseos de ir: á las 
casas de los anticuarios y también á los cafés 
flamencos y teatrillos.de mala muerte, con to- 
das sus consecuencias. Para que usted se ex- 
plique éstas al parecer contradictorias aficio- 
nes de mi extranjero, habré de retratarle en 
cuatro rasgos. Podría tener ele veintiséis á 
treinta años de edad; era alto, anguloso, como 
tallado á hachazos; y el contraste de su figura 
consistía en aquel corpachón de boxeador y 
púgil terminado por una cara imberbe, rasa, de 



É. PARDO BAZAN 



21 I 



ojos incoloros y fríos, de boca femenil. Llevaba 
el pelo muy recortado, y al sol su cabeza pare- 
cía bola de oro pálido; en suma, la facha de un 
clergyman, y desmintiendo el tipo clerical y 
beatífico, una fisiología poderosa. Su carácter 
era poco expansivo, con súbitos arrebatos de 
voluntariosos antojos; y noté fácilmente cómo 
en las tiendas de antigüedades pasaba de la 
glacial indiferencia al violento deseo, determi- 
nado, no por la belleza de un objeto, sino por 
su alto precio ó su rareza. "Dentro de poco- 
solía decir en regular castellano al sacar la 
cartera atestada de billetes— tendremos allá lo 
mejor de la vieja Europa.'' Compraba lo mis- 
mo que quien roba, y sin mirar sus adquisicio- 
nes segunda vez, las encajonaba y expedía. Lo 
único que despertaba en él una emoción pare- 
cida al respeto, eran los cachivaches de carác- 
nobiliario— que suelen hacernos sonreír á los 
españoles. — Un carcomido escudo de armas, 
una amarillenta ejecutoria con miniaturas, le 
atraían y borraban la contracción irónica de 
sus labios. Llamábase Ricardo Stoddard, y sos- 
pecho que poseía fábricas de harinas y pastas; 
pero jamás lo confesó, y pidióme por favor que 
le llamase siempre don Ricardo, en lo cual á 
poca costa le di gusto. 

Una mañana, mientras rebuscábamos teso- 
ros de arte, apareció ese San Benito de Paler- 
mo, cubierto de polvo y destrozadillo. Don Ri- 
cardo miró la efigie y pronunció con calma: 
"Estúpida, una religión que pone en altares á 
los negros." No sé si porque me soliviantó la 



212 



CUENTOS DE LA PATRIA 



grosería de la frase ó por espíritu de contradic- 
ción, en el acto compré la escultura y mandé 
que la llevasen á casa del restaurador directa- 
mente. Quería desagraviar al Santo de la obs- 
cura tez, y dar de paso una lección al ciudada- 
no demócrata. 

Por casualidad, estábamos de acuerdo en vi- 
sitar aquella misma noche un cafetucho de no 
muy buena fama, cerca de los barrios bajos. Si 
bien me desagradaban tales excursiones, no me 
creí dispensado de acudir á la cita, y nos insta- 
lamos ante una mesa, pidiendo cerveza y café. 
Habría transcurrido un cuarto de hora, cuando 
vi que en la mesa próxima acababa de ocupar 
Una silla un corpulento negrazo. Es tan poco 
frecuente ver negros en Madrid, que le miré 
con profunda sorpresa, admirando su atlética 
complexión, su arrogante estatura, su vigor, 
sus ojos brillantes y la corrección de su traje; 
vestía de gris, con chaleco blanco, y calzaba 
guantes de gamuza barquillo. Sin poder conte- 
nerme, toqué en el brazo á don Ricardo y le 
dije sonriendo: 

— Buen tipo, ¿eh? ¡Qué ejemplar! 
Volvióse el yanqui y posó en el negro sus 
pupilas descoloridas y aceradas. No recuerdo 
mirada así: el desprecio condensado hasta pro- 
ducir la frigidez del hielo, y la altivez que en- 
cuentra su fórmula definitiva y triunfante, se 
revelaron de la ojeada que siguió á mi obser- 
vación. Y con voz incisiva, estridente, que azo- 
taba, pronunció en alto: 

—¡Oh! Sí. ¡Vale mil dollars! 



E. PARDO BAZÁN 



213 



No puedo describir el efecto que me causó 
aquel precio de mercado, aquella tasa de caba- 
llo ó de res vacuna, arrojada á la faz de un ra- 
cional , de un sér humano ; pero describiré el 
que causó en el negro, que había oído perfecta- 
mente. Palideció poniéndose verdoso— es como 
palidecen ellos;— la blancura de sus ojos giró, y 
levantándose de un brinco de tigre, quitóse un 
guante y lo proyectó contra la mejilla del nor- 
teamericano. Éste esquivó el choque ladeando 
la cabeza; sin perder su flema, asió las tenaci- 
llas del azúcar y con ellas cogió el guante, so- 
bre la mesa caído; llamó al mozo, y ordenó cha- 
purreando más que de costumbre: 

—¡Se lleve usted pronto esto porquería! 

El negro permanecía de pie, lívido, cruzado 
de brazos, desafiando. Por un instante temí que 
iba á precipitarse hacia nosotros. Su corpachón 
gigantesco retemblaba de coraje; sus dientes 
castañeteaban de ira. Sin embargo, se contuvo, 
abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo, 
advirtiendo que en el café la gente, alborota- 
da, se arremolinaba ya esperando alguna bron- 
ca, pagué el consumo y logré sacar al yanqui 
afuera. Al verse en la calle, dijo seca y acerba- 
mente: 

— ¡Qué cosas pasan aquí! ¡Me echar el guan- 
te un esclavo! 

Respondíle enojado que ya no hay esclavos, 
y creo que saqué á relucir en mi perorata el San 
Benito negro y las ideas de fraternidad. Debí 
de predicar en desierto, porque al dejar á don 
Ricardo á la puerta de su fonda, todavía repi- 



2I 4 



CUENTOS DE LA PATRIA 



tió, pegándome familiarmente en el hombro (me 
había cobrado afecto á su manera): 

— ¡Un esclavo! ¡By God! 

Cuando me alejaba de allí, iba asaz preocu- 
pado. Juraría que alguien nos había seguido á 
distancia, paso á paso, desde la Plaza Mayor 
hasta la calle del Caballero de Gracia, á tales 
horas poco concurrida. Miré en derredor, es- 
cruté las bocacalles, pero á nadie vi. Rumian- 
do el incidente, me retiré, y los siguientes días 
rehuí acompañar á don Ricardo. La curiosidad 
me movió á averiguar quién era el gigantesco 
negro, y supe que procedía de las Antillas, que 
ejercía las altas funciones de jefe en las coche- 
ras del duque de S..., y que por su habilidad y 
maestría se ganaba un pingüe sueldo. 

Y ya llegamos al desenlace de esta aventu- 
ra, más dramático de lo que usted supone... 
Una semana después del episodio del cafetucho, 
leía yo en la peluquería un periódico, y á poco 
me degüella el barbero; tal respingo di al tro- 
pezar con la noticia de que en una callejuela 
sospechosa de los barrios bajos, no lejos del 
consabido cafetucho, había sido encontrado el 
cadáver de un extranjero, cuyas iniciales, R. 5., 
no me permitieron dudar de quién se trataba. 
El periódico traía más detalles: la muerte había 
sido causada por dos cuchilladas tremendas, y 
en los bolsillos del muerto estaban la cartera 
repleta y el soberbio reloj, signo evidente de 
que el crimen obedecía á una venganza... 

Hacer luz... era bastante difícil, como yo no 
cantase... Y no canté. ¡No me atreví á echar el 



E. PARDO BAZÁN 



215 



peso de mis palabras en la balanza terrible! 
¿Hice mal? ¡Mi instinto me dictaba que guarda- 
se silencio!... Y siempre que pienso en esta pá- 
gina de mi vida moral , para tranquilizarme, 
para recobrar la paz, miro esa efigie del Santo 
de la cara obscura... 



CUENTOS ANTIGUOS 



LA PALOMA 



Á NUESTRO PADRE EL ZAR 

Cuando nació el príncipe Durvati, primogéni- 
to del gran Ramasinda, famoso entre los monar- 
cas indianos, vencedor de los divos, de los mons- 
truos y de los genios; cuando nació, digo, este 
príncipe, se pensó en educarle convenientemen- 
te para que no desdijese de su prosapia, toda de 
héroes y conquistadores. En vez de confiar al 
tierno infante á mujeres cariñosas, confiáronle 
á ciertas amazonas hircanas, no menos ague- 
rridas que las de Libia, que formaban parte de 
la guardia real; y estas hembras varoniles se 
encargaron de destetar y zagalear á Durvati, 
endureciendo su cuerpo y su alma para el ejer- 
cicio de la guerra. Practicaban las tales ama- 
zonas la costumbre de secarse y allanarse el 
pecho por medio de ungüentos y emplastos; y al 
buscar el niño instintivamente el calor del seno 
femenil, sólo encontraba la lisura y la frialdad 
metálica de la coraza. El único agasajo que le 
permitieron sus niñeras fue reclinarse sobre el 
costado de una tigre domesticada, que á veces, 
como en fiesta, daba al principito un zarpazo; y 



2l8 



CUENTOS ANTIGUOS 



decían las amazonas que así era bueno, pues se 
familiarizaba Durvati con la sangre y el dolor, 
inseparables de la gloria. 

A los diez y ocho años, recio, brillante y ani- 
moso, entró el príncipe en acción por primera 
vez, al lado del rey, que invadía la comarca de 
Sogdiana yBactriana, para someterla. Erguía- 
se Durvati sobre un elefante que llevaba á lo- 
mos formidable torre guarnecida de flecheros; 
cubría el cuerpo de la bestia un caparazón de 
cuero doble, y en sus defensas relucían agudas 
lanzas de oro. Escogida hueste de negros arma- 
dos de clavas cercaba al príncipe, y cuando se 
trababa la lid, Durvati se estremecía sintiendo 
que los pies enormes del belicoso elefante, que 
barritaba de furor, se hundían en cuerpos hu- 
manos, reventaban costillas, despachurraban 
vientres y hollaban cráneos, haciendo informe 
masa sanguinolenta y palpitante. Al acabarse 
una batalla más reñida, Durvati osó preguntar 
á su padre, el gran rey, si aquella gente aplas- 
tada sufría mucho y si placía á Brama que la 
gente sufriese. Y Ramasinda, colérico de la pre- 
gunta, que le pareció rasgo de flaqueza en el 
novel guerrero, sólo contestó con palabras de 
un cántico sagrado: -'Mira delante de ti la suer- 
te de los que fueron; mira delante de ti la suer- 
te de los que serán. El mortal madura como el 
grano, y como el grano renace." Acababa de 
pronunciar estas palabras Ramasinda, cuando 
cortó el aire una flecha, y vino á fijarse tem- 
blando en la espalda del rey. Durvati, precipi- 
tándose hacia su padre, sólo alcanzó á recibirle 



E. PARDO BAZÁN 



219 



en brazos moribundo. La tropa, después de hacer 
pedazos al matador del rey, proclamó á Durva- 
ti, gritandoque erapreciso llevar á sangre y fue- 
go aquel país, y que el nuevo rey sabría cum- 
plir tan alta empresa.— Aquella noche, el huér- 
fano se durmió con sueño de plomo y soñó co- 
sas raras. Representósele otra vez el triste fin 
de su padre; sintió la humedad de la sangre que 
manaba la herida y la humedad del llanto que 
él mismo, Durvati, no se había atrevido á de- 
rramar en presencia del ejército, pero que aho- 
ra fluía copioso, empapando sus ropas. Y cuan- 
do desahogaba así el dolor, parecióle que sobre 
su pecho notaba un calor grato y suave, como 
un peso delicioso, y rozaba su cara algo fino 
cual seda. Era, á su parecer, una blanquísima 
paloma, de rosado pico, de cuello de bizantinos 
esmaltes verdiazules, de benignos y amorosos 
ojos negros, que arrullando mansamente mur- 
muraba á su oído una frase misteriosa. El arru- 
llo calmó las angustias del príncipe, y le sepul- 
tó en un anonadamiento absoluto, reparador.— 
Al despertar gritó de sorpresa. Echada á su 
lado, recostando la frente en su pecho, había 
una mujer muy joven, celestialmente bella, de 
blanco seno, de rosada boca, de cabellera som- 
bría y suelta como plumaje de ave, de negras 
pupilas; y al preguntar atónito Durvati quién 
era la admirable criatura, fuéle respondido que 
una cautiva, una esclava, por hermosa señala- 
da para botín real, y que á no haber sido muer- 
to el rey Ramasinda, estaría ahora en su tienda 
y no en la de Durvati. 



220 



CUENTOS ANTIGUOS 



Mozo era, y nunca había ardido en su corazón 
el incendio que transforma y perpetúa los seres. 
En aquel punto y hora lo sintió con tal fuerza, 
que se borró de su mente cuanto no fuese la 
cautiva. Olvidando planes de conquista y domi- 
nación, fijó sus reales en la ciudad más próxi- 
ma, y embelesado en coloquios deleitosos se pa- 
saba la existencia. No por eso se crea que Dur- 
vati se entregó á la molicie y al desenfreno. Al 
contrario; poseído casi siempre de exquisita de- 
licadeza, con casto arrobamiento, amaba á la 
cautiva á la manera que enseñan los kandas, 6 
himnos védicos,— con el atmán, que quiere de- 
cir aliento ó espíritu;— repitiendo aquellas pa- 
labras consagradas:— "En verdad lo que ama- 
mos en la mujer no es la mujer, sino el espíri- 
tu; y quien busque en la mujer más que el es- 
píritu, será abandonado por Brama."— Recor- 
dando que la primer noche en que tuvo cerca á 
su amiga soñó Durvati que una paloma se le 
arrimaba arrullando, Paloma la llamó, y Palo- 
ma la nombraron todos. 

Lo que más encantaba á Durvati en Paloma, 
y lo que justificaba tal apodo, era la ternura, la 
mansedumbre, la piedad, la blanda condición, 
tan diferente de la de aquellas feroces guerre- 
ras sin atributos femeniles, entre cuyas manos 
se había criado el joven rey; y según éste inti- 
maba con Paloma, y la frecuentaba, y se apega- 
ba á ella, y pasaban juntos las largas siestas del 
estío á orillas de los lagos cristalinos y bajo los 
copudos árboles, le repugnaba más y más la 
idea de la crueldad y de la matanza, se le hacía 



E. PARDO BAZAN 



22Í 



más cuesta arriba lanzar al combate otra vez 
sus huestes. Ya dueña de su confianza, y usan- 
do de la libertad que da el afecto, Paloma le 
pintaba con sus colores horribles el estrago de 
la guerra, y le aseguraba que todos tienen de- 
recho á vivir y deber de amarse, para disminuir 
los males que cercan en la tierra al mortal. 

Por desgracia, no poseía cada soldado de Dur- 
vati su Paloma; furiosos con la inacción, veja- 
ban y oprimían á los naturales, y el país se alza- 
ba indignado, clamando independencia ó muer- 
te. Los jefes, compañeros del victorioso Rama- 
sinda, aficionados al combate, maldecían y re- 
negaban de la hechicera que tenía embaucado 
al rey, y suspiraban por el momento de armar á 
sus elefantes de combate y arrojarse al botín y 
á la gloria. — La sorda conjuración contra la fa- 
vorita tomó cuerpo al difundirse una noticia 
grave: contra todos los ritos, costumbres y le- 
yes, contra el decoro de su nombre y las tradi- 
ciones heroicas de su raza, Durvati iba á ele- 
var al trono á aquella mujer, y regresar des- 
pués á los bordes del Ganges, abandonando la 
tierra ganada por el empuje de sus armas, de- 
volviendo la libertad á sus moradores, sin apro- 
piarse ni una pulgada de territorio ni una oveja 
de ajeno rebaño. Cundió la nueva entre las tro- 
pas, y oyéronse maldiciones é imprecaciones 
contra el afeminado rey que los deshonraba y 
envilecía. Era preciso que su razón estuviese 
perturbada, y que aquella bruja, secuaz de los 
magos, hubiese dado algún bebedizo ó hier- 
ba mala al joven héroe, para qne olvidase la 



CUENTOS ANTIGUOS 



dignidad real y los deberes de su cargo altísi- 
mo, que principalmente en la guerra se resu- 
men. Persuadidos ya de haber adivinado la 
causa de la decadencia y trastorno de Durva- 
ti, concertáronse las amazonas y los jefes, y 
una noche, sigilosamente, sorprendieron y ro- 
baron á Paloma de la misma cámara real.— No 
ha logrado la historia exclarecer su paradero; 
las desgarradoras quejas de Durvati, sus rue- 
gos, sus amenazas, no consiguieron que los rap- 
tores se la restituyesen; únicamente, ante la in- 
sistencia del joven rey, quizá deseosos de ha- 
cerle irónica burla, idearon colocar en su le- 
cho, mientras dormía, una paloma mansa, que 
llevaba por collar el anillo de la cautiva: palo- 
ma de niveo plumaje, de tornasolado cuello 
verdiazul, de rosado pico, de ojos negros, 
amantes y candorosos... 

No se sabe si Durvati entendió la sátira, ó si, 
en efecto, supuso que aquella ave arrulladora 
y dulce era el atmán ó espíritu de su amada.— 
Lo cierto es que, fingiendo atribuir el caso á 
un prodigio, convocó á sus huestes y les hizo 
saber que aquella metempsícosis de la amiga, 
vuelta paloma, significaba que Brama quería 
la paz perpetua, la paz luciendo como blanca 
aurora sobre el mundo; y que esta resolución 
estaba decidido á mantenerla, cortando la ca- 
beza sin demora á quien se opusiese ó suscitase 
dificultades de cualquier género.— Y en efecto, 
en todo el reinado de Durvati no se derramó 
gota de sangre humana. 



PREJASPES 



Pensamos los occidentales haber inventado 
la lealtad monárquica, y atribuímos el desarro- 
llo de este singular sentimiento á las ideas cris- 
tianas, confundiendo los afectos que debe ins- 
pirarnos Dios, suma Causa y Bien sumo, con 
los que tienen por objeto á hombre nacido de 
mujer. Yo no sé si un sentimiento se califica ó 
descalifica por ser antiguo, pero sé que la leal- 
tad monárquica es tan vieja como los más vie- 
jos cultos, y en apo}^o de esta opinión recorda- 
ré la aventura que le sucedió al adictísimo Pre- 
jaspes. 

Ciro había sido un soberano glorioso y jus- 
to, pero su hijo y sucesor Cambises, á medida 
que fue catando el vino del absoluto poder, mos- 
tró los síntomas de la embriaguez especial que 
ocasiona este terrible licor, destilado con su- 
dor humano, sangre y lágrimas. Creyóse el 
centro de la vida y el ojo del mundo, y contri- 
buyó á engreírle más y á persuadirle de que su 



CUENTOS ANTIGUOS 



voluntad no reconocía ley ni freno, su incur- 
sión por el Egipto, reino que había llegado á 
brillante esplendor de civilización bajo el Fa- 
raón Amasis y que el persa rindió y subyugó, 
entrando triunfante en las magníficas ciudades 
de la ribera del Nilo, henchidas de palacios, 
jardines en terrazas, obeliscos, pirámides, es- 
finges y colosos de pórfido y basalto. Dueño del 
Egipto Cam bises, y viendo su nombre grabado 
en caracteres jeroglíficos en el pedestal de las 
estatuas naóf oras y en las columnas de los tem- 
plos, se tuvo, más que por mortal, por una di- 
vinidad como Osiris, y los egipcios se postra- 
ron ante aquel conquistador de tiara de oro, 
aquella faz pálida venida del Oriente. Sólo hubo 
una clase social que se resistió á tributar adora- 
ción á Cambises, y fué la de los sacerdotes. La 
religión era lo único que resistía en medio del 
abatimiento de todos, y por lo mismo Cambises 
tuvo empeño en humillarla y vencerla, en sati- 
rizarla y, como hoy diríamos, ponerla en solfa. 
No perdía ocasión de burlarse de aquel culto 
tributado á dioses con cabezas de animales, tan 
risibles para un adorador de la Luz, el Fuego 
y el eterno Sol; y si casualmente sorprendía al- 
guna ceremonia de la religión egipcia, ideaba 
bufonadas para escarnecerla. Acertó á regre- 
sar impensadamente á Menfis en ocasión en 
que se celebraba la fiesta del sagrado buey 
Apis; y entrándose de rondón por el templo, 
mandó que le sacasen allí inmediatamente al 
bovino dios, y tirando de cimitarra, le hirió de 
una cuchillada, que quiso dar en el vientre y 



E. PARDO BAZÁN 



225 



dio en el muslo. "Este dios que sangra y muge 
es digno de vosotros", gritó á los egipcios, ho- 
rrorizados de la profanación. Entonces el gran 
sacerdote, alzando las manos á la bóveda ce- 
leste, profetizó que el impío que hería al dios 
Apis recibiría herida igual. Cambises mandó 
azotar mortalmente al profeta, pero la profecía 
quedó grabada en la mente de los egipcios 
como esperanza, como vago terror en la del 
rey. 

Tenía Cambises entre sus servidores al ma- 
yordomo Prejaspes, hombre valeroso, capaz de 
echarse al fuego por su monarca. Veía Prejas- 
pes en Cambises la forma de lo divino sobre la 
tierra, y entendía que un acto era óptimo ó 
pésimo según á Cambises placía ó desplacía. 
Sin embargo, al mismo tiempo que tan decidi- 
da abnegación, existía en el alma de Prejaspes 
un instinto natural de veracidad y de honradez, 
que le enseñaba á discernir el valor moral de 
las acciones, y á darse cuenta de su alcance, al 
menos en su propia conducta. La única noción 
que Prejaspes no alcanzaba, es que si hay re- 
gla moral para las acciones humanas, esta re- 
gla obliga lo mismo ó más á los príncipes que 
á los vasallos, y cuando las órdenes de los prín- 
pes están con la regla en contradicción, la obe- 
diencia sólo á la regla es debida. No lo enten- 
día así Prejaspes, y hasta suponía, por exceso 
de nobleza de ánimo , que su sangre y su vida 
entera y su alma inmortal pertenecían á Cam- 
bises. 

Sucedió, pues, que Cambises, conocedor de 

15 



326 



CUENTOS ANTIGUOS 



la incondicional lealtad de su mayordomo, pre- 
guntóle un día qué decían de su rey los vasa- 
llos. Y como Prejaspes hubiese observado que 
al monarca le enfurecía y exaltaba el beber, 
contestóle lleno de buena intención y con ente- 
reza y respeto: "Señor, opinan que eres un so- 
berano valeroso y grande, pero que te gusta el 
vino en demasía.'' No complació la respuesta á 
Cambises, por lo mismo que exhalaba el acre 
aroma de la verdad ; frunció el poblado entre- 
cejo de azabache , y por sus ojos cruzó un re- 
lámpago como el que despide el puñal al salir 
de la vaina. Sin embargo, no hizo la menor ob- 
jeción—señal malísima,— y siguió hablando con 
agrado á su mayordomo. 

Cosa de una semana después, al levantarse 
de la mesa, hora en que solía Cambises pasear 
por los jardines entreteniéndose en tirar agudas 
flechas á los pajarillos, llamó á Prejaspes y al 
hijo de Prejaspes, copero mayor de palacio; y 
al verles en su presencia, dijo á Prejaspes en 
tono alegre: "¿Sabes que he estado pensando en 
eso de que mis vasallos comenten mi afición al 
vino? Porque capaces serán de creer que soy 
algún insensato y que el abuso de la bebida ha 
turbado mis sentidos, nublado mis pupilas y de- 
bilitado este brazo que puso al Egipto por al- 
fombra de mis pies. ¿Lo creerás? Yo mismo sien- 
to aprensión y quiero hacer un ensayo. ¡Ea! 
Que tu hijo se coloque ahí enfrente... Cuádrale 
bien, échale atrás los brazos para que descubra 
el pecho... Así... Voy á flechar el arco y dispa- 
rar... Si coloco la punta en mitad del corazón, 



E. PARDO BAZÁN 



227 



convendrás en que se engañan mis súbditos y 
Cambises conserva íntegras sus facultades. v 

Prejaspes, silencioso , obedeció. Temblor 
profundo sacudía sus miembros; gruesas gotas 
de sudor helado asomaban en la raíz de sus ca- 
bellos; un vértigo oscurecía sus ojos. Pero aún 
le sostenía la esperanza quimérica de que aque- 
llo fuese una chanza feroz, y no más. Cambises 
tendió el arco, apuntó cuidadosa y lentamente, 
pellizcó la cuerda; un silbido desgarró el aire, 
y el hijo de Prejaspes giró sobre sí mismo y 
cayó al suelo desplomado. "Hola", gritó Cam- 
bises; "aquí mis trinchantes... Abrid el pecho 
de ese, á ver si el hierro ha partido de medio á 
medio el corazón. " Palpitaba éste débilmente 
aún cuando se lo presentaron á Cambises, con 
la flecha plantada en el centro, sin desviación 
de una línea. Soltó el re3^ gozosa carcajada, y 
volvióse hacia el anonadado Prejaspes, pregun- 
tándole en tono de buen humor: "¿Qué tal? ¿Sé 
yo disparar? ¿Sé acertar? ¿Conoces otro arquero 
mejor que tu rey?'' Tardó Prejaspes en contes- 
tar á la regia chanza cosa de medio minuto. Es- 
taba inmóvil, y sus pupilas, inmensamente dila- 
tadas, no sabían apartarse de aquel corazón 
sangriento, tibio todavía,— el corazón de su dul- 
ce hijo, cuyas débiles contracciones expirantes, 
á cada segundo parecían decirle con misterio: 
"Padre, véngame." ¡Arrancar aquella flecha 
misma, clavarla en la tetilla de Cambises! jOh 
ventura, oh goce!...— De pronto, Prejaspes vol- 
vió en sí: era el rey, era su rey, su dueño, su 
árbitro, la imagen del eterno Sol sobre la tie- 



22% 



CUENTOS ANTIGUOS 



rr a...!; y devorándose el labio en desesperada 
mordedura, su lengua profirió esta respuesta 
cortesana: "Señor, el dios Apolo no flecha me- 
jor que tú..." É inclinándose hasta el suelo, des- 
apareció para revolcarse á solas, para poder 
morderse las manos y herirse el rostro y cubrir- 
se el cabello de ceniza. 

Y en presencia de Cambises, Prejaspes ocul- 
tó sus lágrimas. Fiel como el perro, acompañó- 
le siempre. Pasado el primer horrible dolor, 
diríase que le amó más desde que hubo entre 
los dos sangre y sacrificio. A su lado estaba el 
día en que, montando Cambises precipitada- 
mente para sofocar una rebelión, se hirió con 
su propia cimitarra en el muslo, donde había 
herido al dios Apis; y á su cabecera, cuando se 
gangrenó la herida y le llevó á la sepultura, 
Prejaspes fue quien ungió con aromas de nar- 
do y cinamomo el cadáver, y le colocó en las 
yertas sienes la tiara de oro. 



ZENANA 



Alejandro Magno es de esos caracteres his- 
tóricos que se prestan igualmente á severa cen- 
sura y á hiperbólica alabanza. Atrae en virtud 
de un contraste vigoroso. Es ya luz, ya tinie- 
blas, pero grande siempre. La complejidad de 
su alma extraordinaria se explica por antece- 
dentes de familia y de educación. Era hijo de 
Filipo— que reunía á un valor de león una sen- 
sualidad de cerdo, — y de Olimpias — reina de 
arrestos viriles, capaz de ajusticiar á sus ene- 
migos por su propia mano, y de mirar con tan 
despreciativa majestad á doscientos soldados 
encargados de asesinarla, que se volvieron sin 
hacerlo, declarando no poder resistir aquella 
mirada dominadora y terrible.— Era alumno de 
Aristóteles, cuyo solo nombre lo dice todo, y 
durante ocho años había bebido de tal fuente la 
sabiduría, que sirve para templar y engrande- 
cer el ánimo, y la ciencia política, que señala 
rumbos gloriosos á la ambición. Y en un espí- 



230 



CUENTOS ANTIGUOS 



ritu donde la levadura de todas las pasiones 
humanas fermentaba al lado de las nociones de 
todos los ideales divinos, tenían que surgir, en- 
tre impulsos atroces y violentas concupiscen- 
cias, bellos rasgos de continencia, piedad y 
magnanimidad, y hasta poéticos romanticismos, 
semejantes al que da asunto á este cuento. 

La casualidad ha traído á mi poder algunas 
monografías que dejó inéditas el doctísimo ale- 
mán Julius Tiefenlehrer, y que forman parte de 
las doscientas setenta y cinco que este profesor 
de la Universidad de Gotinga consagró á escla- 
recer la biografía de Alejandro; las cuales con- 
sultan fructuosamente y rebañan sin escrúpulo 
los más recientes historiadores. Parece que la 
leyenda contenida en la monografía que hoy 
saco á luz, es la misma que representa una ta- 
picería gótica perteneciente al barón de Roths- 
child, y en la cual, con donoso anacronismo, 
Alejandro luce una armadura de punta en blan- 
co, del siglo xiv, y Zenana el luengo corpiño, 
el brial y el ancho tocado de las damas contem- 
poráneas de la Santa Sede en Aviñón. 

Ha de saberse que Alejandro, después de 
aniquilar á Darío y hacerse dueño de Persia, 
fue corrompido por la muelle y refinada vida 
asiática y por el servilismo de aquellas razas 
que, á diferencia de los griegos, se postraban 
ante el rey tributándole honores divinos. Pero, 
en los primeros tiempos, antes de que el vence- 
dor se dejase vencer por las delicias que reblan- 
decen el alma, luchó para sobreponerse y con- 
servar sus energías morales, y esta lucha, soste- 



E. PARDO BAZÁN 



231 



nida por un hombre omnipotente, debe serle 
contada más gloriosa que la victoria de Ar- 
belas. 

Claro es que entre las tentaciones de que se 
veía asaltado Alejandro á cada instante, desco- 
llaba la tentación de la mujer, dulcísima ase- 
chanza en que caen las almas grandes, igual ó 
acaso más hondo que las pequeñas. No son más 
hermosas que las griegas las hijas de la Susia- 
na, y acaso sus formas no se prestan tanto á 
que el pincel las reproduzca; pero en cambio 
poseen un hechizo perturbador, que enciende 
la fantasía y subyuga potencias y sentidos. Los 
rostros pálidos y prolongados como la luna en 
su creciente — según la comparación del poeta 
Firdusi, — donde se abren los labios sinuosos, 
color de cinabrio, parecidos á una flor de san- 
gre; los ojos luengos, de negrísimas y pobladas 
pestañas, lagos á la sombra, dice una canción 
persa; los cuerpos flexibles, delgados de cintu- 
ra y que en lo alto se ensanchan á manera de 
jarrón que contiene dos tersas magnolias; el 
cutis impregnado de aromas sábeos, el pie di- 
minuto encerrado en la delicada babucha de 
piel de serpiente bordada de perlas, el vestir 
artificioso, las gasas que muestran y encubren 
hábilmente el tesoro de la beldad, los cabellos 
rizados con primor, los brazos lánguidos que 
saben ceñirse á guisa de anillos de culebra, — 
otros tantos anzuelos y redes para Alejandro, 
de los cuales no acertaba á desenvolverse.— Y 
como quiera que á cada instante venían á su 
tienda ó á su palacio damas persas á impetrar 



232 



CUENTOS ANTIGUOS 



clemencia ó justicia, Alejandro, conociéndose 
y no queriendo prevaricar en sus funciones de 
arbitro del mundo, ideó un extraño preservati- 
vo: al acercarse una mujer, cubríase el rostro 
y los ojos con un paño de púrpura, y así las re- 
cibía y escuchaba, creyendo ellas que era mis- 
terio de la majestad real lo que sólo era pre- 
vención contra la humana flaqueza . 

Acaeció, pues, que estando prisionero de un 
general de Alejandro el sátrapa Artasiro — y 
habiéndose resuelto que si el sátrapa no entre- 
gaba pingües tesoros que suponían ocultos le 
matarían cortándole en pedazos,— la única hija 
del sátrapa, Zenana, se dio arte para llegar 
hasta el rey, con propósito de abrazar sus ro- 
dillas y librar á su padre del suplicio. El can- 
dor y la pureza de Zenana se revelaban en la 
sencillez no estudiada de su atavío; vestida ya 
de luto, sin adornos ni joyas, con el cabello 
suelto, sólo por natural electo de la gracia ju- 
venil podría agradar. Y es preciso que, á fuer 
de verídica, añada que Zenana no era tampoco 
lo que se llama una hermosura, ni menos po- 
seía el hechizo malvado de las grandes corte- 
sanas de Babilonia, que saben con añagazas y 
tretas enredar un albedrío. Sin embargo, Ale- 
jandro, al oir que una mujer moza solicitaba 
audiencia, se echó el paño por cara y hombros, 
y así la recibió. 

El no ver la faz augusta prestó ánimo á la tí- 
mida Zenana: arrojóse á los pies del macedón, y 
bañándolos con muchas lágrimas, expuso el ob- 
eto de su venida. Notando que Alejandro la es- 



E. PARDO BAZÁN 



cuchaba atentísimo y al parecer con extraña 
complacencia, explicó detenidamente el caso. 
Y así que hubo oído la promesa de que su pa- 
dre tenía salva la vida, Zenana, después de es- 
trechar otra vez las rodillas de Alejandro , des- 
apareció, yendo á ocultarse con su nodriza en 
una cueva cercana á Babilonia, pues temía ser 
perseguida y ultrajada por los mismos que in- 
tentaban matar al sátrapa. 

Pocos días después de este suceso, habien- 
do notado Higinio, el mayor amigo y confiden- 
te de Alejandro, que éste andaba asaz pensati- 
vo, cabizbajo y melancólico, le preguntó la 
causa, y Alejandro, exhalando un suspiro, res- 
pondió: 

—Es una cosa extraña, querido Higinio, lo 
que me sucede. Ya sabes que para precaverme 
recibo á las mujeres con el rostro cubierto, 
porque las hermosas persas hacen daño á los 
ojos (1). ¡Ay! ¿De qué me ha servado? ¡Ya veo 
que el enemigo más allá de los ojos tiene su 
fortaleza!— Recordarás que últimamente me pi- 
dió audiencia una dama, hija del sátrapa Arta- 
siro; y yo, fiel á mi propósito, no alcé el trozo 
de púrpura que me impedía verla. Pero escu- 
ché su voz, y no hay arpa hebrea ni lira eolia 
que á la cadencia de esa voz pueda comparar- 
se. El corazón me salta al recordar la música 
de esa voz. A solas repito palabras que ella 
pronunció, por evocar mejor el recuerdo del 
tono con que las dijo. No sé cómo no atropellé 



(I) Histórico. 



234 



CUENTOS ANTIGUOS 



por todo y no la detuve aquí cautiva, para se- 
guir oyéndola: creo que fue efecto del mismo 
encanto que la voz me produjo. Estaba que ni 
me atrevía á respirar.— Y ahora, de día, de no- 
che, tengo aquella voz en los oídos, sueño con 
ella, y sólo puede aliviar mi mal oiría resonar 
otra vez. Ya lo sabes. Búscame á Zenana, tráe- 
mela aquí, porque si no, conozco que perderé 
el juicio. 

Obedeció Higinio prontamente, y puso en 
movimiento numerosa cohorte, á fin de des- 
cubrir á la misteriosa beldad:— por tal la te- 
nía.— Bien escondida estaba Zenana, pero al fin 
se averiguó su refugio, é Higinio, antes de lle- 
varla á la presencia de Alejandro, la enteró de 
cómo el rey, prendado de su voz, se moría por 
ella. La joven persa, al saber esto, murmuró 
dulcemente, con su voz melodiosa, que la emo- 
ción timbraba: 

—Gloria es para mí haber causado tal im- 
presión en el gran rey; pero la placa de plata 
bruñida en que contemplo mi rostro después 
del baño y el tocado, me dice que no soy be- 
lla; Alejandro, al verme, perderá las ilusiones. 
Temo su indignación, y temo ante todo que re- 
caiga su cólera sobre mi padre. ¿Por qué no le 
haces creer á Alejandro que estoy obligada por 
un voto á los dioses á presentarme cubierta la 
cara con un velo? Yo no he visto á Alejandro; 
él no me verá... y así tal vez consiga evitar su 
enojo. 

Pareció á Higinio tan excelente el ardid de 
la discreta Zenana, que estuvo conforme, y la 



E. PARDO BAZÁN 



*35 



misma noche la condujo á los jardines del gine- 
ceo de Alejandro. Embriagado éste con la di- 
vina voz de la /oven persa, se resignó á la con- 
dición del velo, y hasta encontró en ella un 
misterio picante y un singular hechizo. Le pa- 
recía que aquel amor velado y despojado del 
vulgar incentivo de unas facciones más ó me- 
nos lindas, era algo delicado y original, que no 
había gustado nunca. El casto imán de aquel 
velo triunfó de las desnudeces y la licencia im- 
púdica de las otras damas persas, obstinadas en 
requerir al héroe. "Habla y no te descubras'', 
murmuraba tiernamente Alejandro, sentado 
cerca de una fuente donde la luna fingía en el 
agua de los surtidores continuo desgrane de 
perlas; y las rosas del Gulistán, que después se 
llamaron de Alejandría, dejaban caer sobre las 
cabezas de los amantes perfumados pétalos.-— 
Fue el amor de Zenana el más largo é intenso 
de cuantos disfrutó Alejandro en su corta vida. 



LA GOTA DE CERA 



Aunque los historiadores apenas le nom- 
bran, Higinio fue de los más íntimos amigos de 
Alejandro Magno. No se menciona á Higinio, 
tal vez porque no tuvo la trágica suerte de Fi- 
lotes, de Parmenion, y de aquel Clitos á quien 
Alejandro amaba entrañablemente, y á quien 
así y todo, en una orgía, atravesó de parte á 
parte; y sin embargo— si no mienten documen- 
tos descubiertos por el erudito Julius Tiefenleh- 
rer — Higinio gozó de tanta privanza con el 
conquistador de Persia, como demostrarán los 
hechos que voy á referir, apoyándome, por su- 
puesto, en la respetabilísima autoridad del sa- 
bio alemán antes citado. 

Compañero de infancia de Alejandro, Higi- 
nio se crió con el héroe. Juntos jugaron y se 
bañaron en Pela, en los estanques del jardín de 
Olimpias, y juntos oyeron las lecciones de Aris- 
tóteles. La leche y la miel de la sabiduría la 
gustaron, así puede decirse, en un mismo pía- 



CUENTOS ANTIGUOS 



to; y en un mismo cáliz libaron el néctar del 
amor, cuando deshojaron la primer guirnalda 
de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gen- 
til hétera Ismeria. Grabó su afecto con sello más 
hondo el batirse juntos en la memorable jorna- 
da de Queronea, en la cual quedó toda Grecia 
por Filipo, padre de Alejandro. Los dos ami- 
gos, que frisaban en los diez y nueve años en- 
tonces, mandaron el ala izquierda del ejército, 
y destruyeron por completo la famosa legión 
sagrada de los tebanos. La noche que siguió á 
tan magnífica victoria, Higinio pudo haber con- 
seguido el generalato; Alejandro se lo brinda- 
ba, con hartos elogios á su valor. Pero Higi- 
nio, cubierto aún de sangre, sudor y polvo, res- 
pondió dulcemente á los ofrecimientos de su 
amigo y príncipe: 

—No acepto el generalato, porque habiéndo- 
me portado bien hoy, tal recompensa y tan alta 
dignidad me obligarían en conciencia á portar- 
me todavía mejor en otras ocasiones que so- 
breviniesen, y no puedo comprometerme á 
amanecer cada día con más valor y más fortu- 
na. Además, de las enseñanzas de nuestro 
maestro Aristóteles saco yo en limpio que el 
hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no 
en guerra. Queda demostrado que no soy nin- 
gún medroso. El que ha combatido á tu lado en 
Queronea, ya tiene derecho á plantar un lau- 
rel en el sagrado bosque de Marte. Déjame de 
batallas y dame otro puesto cerca de ti, Ale- 
jandro, porque te quiero bien y te serviré fiel- 
mente. 



E. PARDO BAZÁN 



Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo lu- 
chas y glorías, se conformó mal de su grado á 
los deseos de Higinio, y le nombró su gran co- 
pero. Era cargo en extremo descansado y de 
alta confianza, pues sus funciones consistían en 
custodiar y servir la copa de oro reservada al 
príncipe, á fin de que nadie pudiese depositar 
en ella ponzoña. El oficio de Higinio le permi- 
tía vivir en constante comunicación con Ale- 
jandro, y cuando éste subió al trono, sucedien- 
do á su padre, asesinado por Pausanias, los cor- 
tesanos auguraron á Higinio brillante carrera. 
Poco tardaron en verse desmentidos tales pro- 
nósticos: Higinió continuó presentando, reco- 
giendo y custodiando la ya regia copa, sin mez- 
clarse en intrigas ni aspirar á otras grandezas. 

Mientras tanto, Alejandro asombraba al 
universo con sus campañas y triunfos, y ofre- 
cía á Grecia, en compensación de la perdida 
libertad, páginas de luz para la historia. 

Conteniendo á los bárbaros y sojuzgando el 
inmenso imperio del Asia, bien pronto se vió 
dueño del mundo Alejandro. Cuando, después 
de dejar trazado el emplazamiento de Alejan- 
dría, y de entrar vencedor en Babilonia y Ecb- 
tana, el hijo de Filipo se declaró hijo de Júpi- 
ter y decretó su propia apoteosis, Higinio— que 
hacía mucho tiempo no departía con su rey, li- 
mitándose á servirle la copa en silencio— fue 
despertado á las altas horas de la noche de or- 
den de Alejandro, que le llamaba á su cabece- 
ra. La recién hecha deidad no podía dormir, y 
reclamaba cuidados y consuelos... 



240 



CUENTOS ANTIGUOS 



— Señor— dijo Higinio,— celebro poder ha- 
blarte sin testigos, como antaño. Justamente 
deseaba rogarte que me consientas dejar tu ser- 
vicio y retirarme á mi casita del Atica, donde 
poseo olivos y colmenas. 

— ¡Bonita ocasión escoges para abandonar- 
me!— exclamó furioso Alejandro.— ¡Por el in- 
tento merecerías que te mandase crucificar! 
¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje... 
¿Pero marcharte? Ni lo sueñes. ¿Y de dónde 
nace esa manía? 

—Ya que lo preguntas— contestó Higinio,— lo 
vas á saber. Yo fui amigo y servidor de un 
hombre, pero ahora parece que ese hombre se 
ha vuelto Dios. No tengo vocación al sacerdo- 
cio. Desde que has ascendido á hijo de Júpiter 
Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras te- 
mor y frialdad. El Alejandro que yo amaba no 
existe. Ha ascendido al Olimpo. Él es inmortal, 
yo mortal. No nos entendemos. Por otra parte, 
la idea que me he formado de un Dios, según la 
sublime doctrina de Aristóteles... 

—¡Dale con Aristóteles!— interrumpió el con- 
quistador.— ¡Como le atrape, á ese sí que le cru- 
cifico! ¡Y alto, para que todos le vean! 

—Crucifica, pero escucha. Prescindamos de 
Aristóteles y supongamos que, en efecto, eres 
Dios. Pues vSi eres Dios, yo no puedo cometer 
sacrilegio; yo no puedo seguir envenenándote. 

—¿Envenenarme tú?— gritó Alejandro incor- 
porándose convulso sobre su lecho de marfil in- 
crustado de oro. —¡Ahora comprendo por qué 
un fuego constante abrasa mis venas; ahora 



K. PARDO BAZAN 



24I 



comprendo por qué no descanso sino en horri- 
ble modorra; ahora me explico las visiones y 
las pesadillas que de noche me asaltan y empa- 
pan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú! 
—Y con súbito acceso de ternura suspiró.— 
¿Y por qué quieres mi. muerte, tú, mi amigo 
de la niñez, mi hermano de armas en Quero- 
nea? 

Higinio, conmovido, se arrojó á los pies de 
Alejandro, y éste abrió los brazos; los dos ami- 
gos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabe- 
lleras, y el copero declaró en tono muy diverso 
del de antes: 

—Señor, dulce amado mío, site enveneno, es 
contra mi voluntad y por orden tuya... Esas vi- 
siones, esas torturas de que te quejas, proceden 
de la doble embriaguez en que vives: estás 
ebrio de poder y de vino añejo... Antes sólo me 
pedías la copa dos ó tres veces en cada comida; 
desde que el Asia te ha inoculado su molicie y 
sus vicios, me duelen las manos de tanto reco- 
ger la copa vacía y extendértela colmada... Tu 
alma se ha turbado, la demencia te ronda, te 
habitúas á la crueldad, hieres á tus leales y mo- 
rirás joven, sin que nadie necesite pegarte una 
puñalada como á tu padre. No quiero ser cóm- 
plice, y me voy. 

Alejandro, pensativo, seguía estrechando el 
cuello y la cabeza de su amigo contra el pecho. 

—Tienes razón, amado— murmuró al fin con 
sinceridad generosa.— Pero el hábito de beber 
se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo á 
pedazos. ¿Qué haré? Aconséjame, 

16 



242 



CUBNTOS ANTIGUOS 



—No puedo— declaró Higinio— -curarte la bo- 
rrachera del poder, pero trataré de salvarte de 
la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en 
mí y verás. 

En efecto, los días que siguieron á esta con- 
versación, Alejandro continuó bebiendo copas 
tan rebosantes y tantas en número como siem- 
pre. No obstante, poco á poco, notó con placer 
gran mejoría. Gradualmente se despejaba su ca- 
beza, se tranquilizaban sus nervios, volvía á 
sus miembros el vigor y la alegría á su espíritu. 
Vastos planes maduraban en su cerebro, sobre- 
humanas empresas bullían en su imaginación 
heroica. Pasmado y enajenado preguntó á Hi- 
ginio el secreto, sin que éste se prestase á reve- 
larlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adu- 
lador y afeminado, que divertía mucho al rey, 
le dió la clave del enigma. 

—Tu gran copero ¡oh divino Alejandro! echa 
cada día una gota de cera en el fondo de tu 
copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y 
acorta tus libaciones. Bebes cada día una gota 
menos. ¡El osado Higinio se atreve á engañar 
á su soberano y á cercenar sus deleites! 

Quedó Alejandro sorprendido : después su 
sorpresa se convirtió en enojo. ¡Tratarle como 
á un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! 
¡Ah! No lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higi- 
nio? Y una mañana mandó registrar y limpiar la 
copa, y á la tarde estableció sus famosos certá- 
menes de intemperancia, apostando á beber 
con los más pellejos de su ejército. Higinio en- 
tonces desapareció: probablemente se retiraría 



E. PARDO BAZÁN 



al Atica. En cuanto á Alejandro, nadie ignora 
la ocasión y modo de su muerte: después de 
vaciar, con alarde jactancioso, no su propia 
copa, sino la enorme llamada de Hércules, cayó 
redondo dando un grito. La fiebre que allí mis- 
mo se apoderó de él, le arrebató del mundo á los 
treinta y dos años de edad, en la plenitud de la 
vida y 'de la gloria. 



LA PALINODIA 



El cuento que voy á referir no es mío, ni de 
nadie, aunque corre impreso; y puedo decir 
ahora lo que Apuleyo en su Asno de oro: Fabu- 
lam groecanicam incipimus: es el relato de 
una fábula griega. Pero esa fábula griega, no 
de las más populares, tiene el sentido profundo 
y el sabor á miel de todas sus hermanas; es una 
flor del humano entendimiento, en aquel tiempo 
feliz en que no se habían divorciado la razón y 
la fantasía, y de su consorcio nacían las alego- 
rías risueñas y los mitos expresivos y arcanos. 

Acaeció, pues, que el poeta Estesícoro, pul- 
sando la cuerda de hierro de su lira heptacor- 
de, y haciendo antes una libación á las Euméni- 
des con agua de pantano en que se habían ma- 
cerado amargos ajenjos y ponzoñosa cicuta, en- 
tonó una sátira desolladora y feroz contra Ele- 
na, esposa de Menelao y causa de la guerra de 
Troya. Describía el vate con una prolijidad de 
detalles que después imitó en la Odisea el divi- 



246 



CUENTOS ANTIGUOS 



no Homero, las tribulaciones y desventuras 
acarreadas por la fatal belleza de la Tindárida: 
los reinos privados de sus reyes, las esposas sin 
esposos, las doncellas entregadas á la esclavi- 
tud, los hijos huérfanos, los guerreros que en el 
verdor de sus años habían descendido á la re- 
gión de las sombras, y cuyo cuerpo ensangren- 
tado ni aun lograra los honores de la pira fú- 
nebre; y trazado este cuadro de desolación, va- 
ciaba el carcaj de sus agudas flechas, acribillan- 
do á Elena de invectivas y maldiciones, cubrién- 
dola de ignominia y vergüenza á la faz de Gre- 
cia toda. 

Con gran asombro de Estesícoro, los griegos, 
conformes en lamentar la funesta influencia de 
Elena, no aprobaron, sin embargo, la sátira. 
Acaso su misma virulencia desagradó á aquel 
pueblo instintivamente delicado y culto; acaso 
la piedad que infunde toda mujer habló en fa- 
vor de la culpable hija de Tíndaro. Su detrac- 
tor se ganó fama de procaz, lengüilargo y des- 
vergonzado; Elena, algunas simpatías y mucha 
lástima. Envista de este resultado, Estesícoro, 
con las orejas gachas como suele decirse, se en- 
cerró en su casa, donde permaneció atacado de 
misantropía y abrazado á su fea y adusta musa 
vengadora. 

El sueño había cerrado sus párpados una no- 
che, cuando á deshora creyó sentir que una 
diestra fría y pesada como el mármol se posa- 
ba en su mejilla. Despertó sobresaltado, y á la 
claridad de la estrella que refulgía en la frente 
de la aparición, reconoció nada menos que al 



E. PARDO BAZÁN 



247 



divino Pólux, medio hermano de Elena. Un es- 
tremecimiento de terror serpeó por las venas 
del satírico, que adivinó que Pólux venía á pe- 
dirle estrecha cuenta del insulto. 

—¿Qué me quieres?— exclamó alarmadísimo. 

—Castigarte— declaró Pólux;— pero antes ha- 
blemos. Dime por qué has lanzado contra Elena 
esa sátira insolente; y sé veraz, pues de nada te 
serviría mentir. 

—¡Es cierto ! — respondió Estesícoro. — ¡ En 
vano trataría un mortal de esconder á los in- 
mortales lo que lleva en su corazón! Como tú 
puedes leer en él, sabes de sobra que la indig- 
nación por los males que ocasionó tu hermana 
y el dolor de ver á la patria afligida, me dicta- 
ron ese canto. 

—Porque leo en lo oculto sé que pretendes en- 
gañarme—murmuró con desprecio Pólux.— Y 
sin poseer mi perspicacia divina los griegos, 
han sabido también conocer tus móviles y tus 
intenciones. No existe ejemplo \oh poeta! de sa- 
tírico que tenga por musa el bien general: siem- 
pre esta hipócrita apariencia oculta miras per- 
sonales y egoístas. Tú viste la belleza de mi 
hermana; tú la codiciaste, y no pudiste sufrir 
que otro cogiese las rosas cuyo aroma te enlo- 
quecía. 

— Tu hermana ha ultrajado á la santa virtud 
—declaró enfáticamente Estesícoro. 

—Mi hermana no recibió de los dioses el en- 
cargo de representar la virtud, sino la hermo- 
sura—replicó Pólux enojado. — Si hubiese un 
mortal en quien se encarnasen á un mismo tiem- 



248 



CUENTOS ANTIGUOS 



po la virtud, la hermosura y la sabiduría, ese 
sería igual á los inmortales. ¿Qué digo? Sería 
igual al mismo Jove., padre de los dioses y los 
hombres; porque entre los demás que se nutren 
de la ambrosía, los hay, como la sacra Venus, 
en quienes sólo se cifra la belleza, y otros como 
la blanca Diana, en quienes se diviniza la cas- 
tidad. Si tanto te reconcomía el deseo de zahe- 
rir á los malos, debiste hacer blanco de tu sáti- 
ra á algunas de las infinitas mujeres que en 
Grecia, sin poder alardear de la integridad y 
pureza de Diana, carecen de las gracias y atrac- 
tivos de Venus. La hermosura merece venera- 
ción; la hermosura ha tenido y tendrá siempre 
altares entre nosotros; por la hermosura, Gre- 
cia será celebrada en los venideros siglos. Ya 
que has perdido el respeto á la hermosura, pier- 
de el uso de los sentidos, que no te sirven para 
recrearte en ella por la contemplación estética. 

Y vibrando un rayo del astro resplandecien- 
te que coronaba su cabeza, Pólux reventó el 
ojo derecho de Estesícoro. Aún no se había ex- 
tinguido el ¡ay! que arrancó al poeta el agudo 
dolor, y apenas había desaparecido Pólux, 
cuando apareció el otro Dioscuro, Cástor, me- 
dio hermano también de Elena, hijo de Leda y 
del sagrado cisne; y pronunciando palabras de 
reprobación contra el ofensor de su hermana, 
con una chispa desprendida de la estrella que 
lucía sobre sus cabellos, quemó el ojo izquierdo 
del satírico, dejándole ciego. Alboreó poco des- 
pués el día, mas no para el malaventurado Es- 
tesícoro, sepultado en eterna y negra noche. Le- 



E. PARDO BAZÁN 



249 



yantándose como pudo, buscó á tientas un 
báculo; y pidiendo por compasión á los que cru- 
zaban la calle que le guiasen, fué á llamar á la 
puerta de su amigo, el filósofo Artemidoro, y 
derramando un torrente de lágrimas se arrojó 
en sus brazos, clamando entre gemidos desga- 
rradores: 

—¡Oh Artemidoro! ¡Desdichado de mí! ¡Ya no 
la veré más! ¡Ya no volveré á disfrutar de su 
dulce vista! 

—¿A quién dices que no verás más? —interro- 
gó sorprendido el filósofo. 

—¡A Elena, á Elena, la más hermosa de las 
mujeres!— gritó el satírico llorando á moco y 
baba. 

—¿A Elena? ¿Pues no la has rebajado tú en 
tus versos?— pronunció Artemidoro más atónito 
cada vez. — ¿No la has estigmatizado y flagela- 
do en una sátira quemante? 

— ¡ Ay! ¡Por lo mismo!— sollozó Estesícoro de- 
jándose caer al suelo y revolcándose en él.— 
Ahora comprendo que mi sátira era un himno 
á su hermosura... un himno vuelto del revés, 
pero al fin un himno. Los celestes gemelos me 
han castigado privándome de la vista, y las ti- 
nieblas en que he de vivir son más densas, por- 
que no veré á la encarnación humana de la for- 
ma divina, al ideal realizado en la tierra. 

—No te aflijas y espera— dijo Artemidoro;— 
tal vez consiga yo salvarte. 



Cuando Ja incomparable Elena supo de Arte- 
midoro que su detractor Estesícoro sólo lamen- 



CUENTOS ANTIGUOS 



taba estar ciego por no poder admirar sus he- 
chizos, sonrió, halagada la insaciable vanidad 
femenil, y murmuró con deliciosa coquetería: 
"Realmente, Artemidoro, ese vate es un infeliz, 
un sér inofensivo; nadie le hace caso en Grecia, 
y yo menos que nadie. No merece tanto rigor y 
tanta desventura. Anúnciale que voy á sanarle 
los ojos." Y tomando en sus manos ebúrneas 
una copa llena de agua de la fuente Castalia, 
bañó con su linfa las pupilas hueras del satíri- 
co, que al punto recobró la luz. Como el primer 
objeto que vio fue Elena, se arrodilló transpor- 
tado, prorrumpiendo en una oda sublime de gra- 
titud y arrepentimiento, que se llamó Pali- 
nodia. 



EL MANDIL DE CUERO 



No creáis que esto que voy á referir sucedió 
en nuestros días ni en nuestras tierras, ni que 
es invención ó ficción. Si encierra alguna mo- 
raleja aprovechable, consistirá en que la histo- 
ria tiene sentido y enseñanza. ¡Ay del género 
humano si la historia se redujese á la opresión 
del débil por el fuerte, al triunfo de la vio- 
lencia! 

Érase que se era un rey de Persia, á quien 
muchos llaman Nemrod, pero que según ver- 
siones más fundadas debió de llamarse Doac, 
y fue matador y sucesor de aquel Yemsid cuyo 
pecado consistía en creerse perfecto. Este Doac 
era mago, brujo y sabidor; pero en vez de ejer- 
citar su ciencia según la habían ejercitado sus 
predecesores— fundando ciudades, enseñando 
y propagando artes é industrias, venciendo en 
singular batalla á los divos ó genios del mal, 
estableciendo las primeras pesquerías de per- 
las, horadando las primeras minas de turque- 



2$2 



CUENTOS ANTIGUOS 



sas, popularizando el conocimiento del alfabeto 
y de los signos que trazados sobre ladrillo ó 
piedra conservan al través de las edades el re- 
cuerdo de los hechos insignes,— el empecatado 
Doac sólo utilizó su magia para componer y 
destilar filtros y venenos y refinar ingeniosos 
suplicios, porque se deleitaba en el dolor, y los 
gemidos eran para él regalada música. Hasta 
el reinado de Doac, no sabían los persas cómo 
desgarra las carnes un haz de varillas, ni cómo 
aprieta la nuez una soga. Cuando se pregunta 
qué enseñó Doac á sus súbditos, la crónica res- 
ponde que enseñó á azotar y ahorcar. 

Cansado sin duda el cielo, infligió á Doac un 
padecimiento cruel y vergonzoso. Una mañana, 
al disponerse á gozar las delicias del baño, notó 
el rey que en cada hombro le había salido 
gruesa verruga, tamaña como un huevo y de 
la mismísima figura que una cabeza de serpien- 
te—chata, verdosa, horrible.— Al principio no 
dolían las tales excrecencias, pero no tardaron 
en ulcerarse y causar atroz martirio, que de- 
terminaba en Doac accesos de rabia, siendo lo 
peor que como no quería enseñar á los médicos 
ni á persona viviente su asqueroso alifafe, tenía 
que lavarse, curarse y vestirse solo, y atender á 
las úlceras con las plastas y ungüentos que en- 
contraba en su repertorio mágico. Desesperado 
ya de tantas recetas que habían salido vanas, y 
realizando nuevos conjuros, un día amaneció 
con la persuasión de que el único remedio eran 
los sesos de un hombre, aplicados calientes aún 
á las enconadas heridas. 



E. PARDO BAZÁN 



253 



No vaya nadie á asustarse de la ignorancia 
que esto acusa en los tiempos de Doac, pues 
aún en los nuestros hemos podido ver que se 
receta el redaño del carnero, el pichón abierto 
en canal, y el trozo de carne de buey sobre el 
lupus. Que la sangrienta medicina sería algo 
eficaz, se demuestra con que poco á poco fueron 
vaciándose las prisiones del reino de Persia; dia- 
riamente ejecutaban á dos presos para sacarles 
el meollo. Mas no hay en el mundo cosa que no 
se agote, y también los criminales encerrados; 
así es que, cuando faltó la ración de meollo 
fresco, se fijó un tributo de dos hombres por 
día, que cobraban sayones y verdugos enviados 
aquí y allí á requisar. Solían éstos elegir, entre 
las familias numerosas, el individuo enfermizo, 
deforme, imposibilitado, el viejo, el inútil. Y 
ocurrió que enterándose Doac de esta circuns- 
tancia, montó en furiosa cólera, jurando que si 
seguían dándole el desecho y lo peor de los se- 
sos de sus vasallos, los degollaría á todos. En- 
tonces los verdugos resolvieron sacrificar lo 
más florido de Yspahan, para dejar al rey sa- 
tisfecho. 

No se determinaron, sin embargo, á buscar 
víctimas entre la gente poderosa— magnates, 
empleados de la casa real;— pero, en los prime- 
ros instantes, acordáronse de que un pobre he- 
rrero, llamado Cavé, tenía dos hijos como dos 
pinos de oro, gallardos en extremo y diestros 
en todos los ejercicios corporales; y parecién- 
doles buena presa, los sorprendieron en la pla- 
za pública, los degollaron, les abrieron el crá- 



*54 



CUENTOS ANTIGUOS 



neo, y llevaron á Doac su masa cerebral ca- 
liente todavía. 

Hallábase Cavé trabajando en su forja, cuan- 
do los vecinos, entre compasivos é indiscretos, 
acudieron á darle la fatal nueva. Al pronto pa- 
reció como si el mísero padre no se hubiese 
enterado de la inaudita desventura que le co- 
municaban: helado, inmóvil, mudo, escuchó la 
relación del atroz caso. De súbito, su pena es- 
talló formidable cual transporte de león que 
rompe la cadena y arranca de un zarpazo los 
hierros de la jaula. Lo que hizo saltar á Cavé 
fue saber que precisamente por ser sus hijos 
fuertes, inteligentes y hermosos, los habían se- 
ñalado para la cuchilla. "¡No dejarme ni siquie- 
ra uno para consuelo! i Ah! Juro por la luz eter- 
na del Sol que me vengaré." Y el herrero» 
gritando así, blandía su enorme martillo, y al 
blandirlo, montañas de carne bronceada, endu- 
recida por el trabajo, se acumulaban en su bra- 
zo desnudo y negro de escoria. 

Desciñéndose el amplio mandilón de cuero 
que le protegía, Cavé lo ató á la punta de un 
palo, y con el mandil por estandarte y el mar- 
tillo por arma, salió á la plaza profiriendo cla- 
mores de maldición contra Doac. A la voz del 
desesperado padre, sucedió un extraño fenó- 
meno: los habitantes de Yspahan, que yacían 
aletargados y helados de miedo, recobraron 
energía, sacudieron la modorra; al ver que 
existía un hombre que se atrevía á enarbolar 
un estandarte, corrieron á rodearle locos de 
entusiasmo, y la sedición estalló tan repentina, 



E. PARDO BAZAN 



255 



que el tirano sólo tuvo tiempo de huir vergon- 
zosamente con sus mujeres y sus tesoros. 

Lejos ya de Yspahan, juntó Doac un ejér- 
cito de más de cien mil hombres, y volvió dis- 
puesto á disolver las hordas que un artesano 
capitaneaba y que tenían por bandera sucio y 
denegrido mandil de cuero. Pero avínole mal, 
porque el bordado guión de Doac, de seda y 
oro, recamado de perlas, ostentando por em- 
blemas los siete planetas y la luna, hubo de re- 
troceder ante el pedazo de suela que sólo lucía 
los estigmas del trabajo y las huellas del huma- 
no sudor; y la cabeza de Doac, goteando san- 
gre, lívida, contraída por la mueca de la ago- 
nía, quedó hincada en el palo que sostenía el 
mandil de cuero, mientras las tropas de Cavé, 
habiendo despojado al tirano de sus vestiduras, 
se reían á carcajadas de las dos verrugas que 
en sus hombros figuraban cabezas de ser- 
piente... 

Al ser saludado rey por su ejército, el he- 
rrero se negó rotundamente á aceptar la co- 
rona. Él mismo señaló para reinar al príncipe 
Feridún, que después fue un gran monarca y 
un sabio profundo, y enseñó á los persas la as- 
tronomía, la medicina y la botánica. La única 
gloria que cupo á Cavé el herrero se cifró en 
su mandil, que Feridún tomó por estandarte 
regio. Siempre que al entrar en batalla Feridún, 
sin falso rubor ni respetos humanos, colocaba 
ante sí aquel trozo de suela que representaba 
la santidad del trabajo y la protesta contra la 
injusticia y el abuso del poder, era como si lie- 



256 



CUENTOS ANTIGUOS 



vase un talismán: tenía la victoria segura. 
Cuando se avergonzaba del mandil de cuero, 
salía derrotado. Por haberse perdido en las re- 
vueltas y vicisitudes de la invasión griega el 
mandil, símbolo de que no debe el monarca 
colmar la copa de la iniquidad para que no se 
desborde la de la ira celeste; por haber desapa- 
recido, digo, el estandarte de Cavé y su tradi- 
ción de independencia, llegaron los persas, 
pueblo nobilísimo en su origen y de altas facul- 
tades intelectuales, al atraso, al servilismo y á 
la abyección en que hoy se pudren. 



LOS CABELLOS 



Era en el doble reducto de la plaza fuerte de 
Mahanaim. Entre ambas líneas de fortificacio- 
nes, sobre el reborde de piedra gris que soste- 
nía la casamata, David, estenuado, se sentó á es- 
perar noticias. Más de dos horas hacía que daba 
vueltas impaciente, porque no acababan de lle- 
gar los mensajeros. Aumentaba su fiebre la im- 
posibilidad de acudir en persona al campo de 
batalla, lo cual rompería su propósito firme de 
no mandar nunca tropas en casos de guerra ci- 
vil. Si se tratase de combatir á los filisteos y de 
renovar los laureles de Balparasim, derraman- 
do la heroica libación del agua sagrada de Be- 
lén, por no aplacar la sed cuando desfallecían 
los soldados, ó de organizar otra batalla de Re- 
faim, donde por primera vez en el mundo anti- 
guo hizo milagros la estrategia; si se encendie- 
se la lucha con los Moabitas idólatras y libres, 
ó con los opulentos Arameos, ó con los insolen- 
tes Amonitas, que habían ultrajado á los emba- 



17 



258 



CUENTOS ANTIGUOS 



jadores de Israel,— allí estaría David el honde- 
ro, el gibor, el aventurero para quien es dulce 
música, más que el acorde de la cítara, el cho- 
que de las armas. Pero oponerse á los suyos, 
desenvainar la espada ó blandir la lanza para 
que busque el costado de un amigo, de un pa- 
riente, de un compañero— había repugnado á 
David.— Y ahora, en el trágico momento pre- 
sente, el rey bendecía aquella antigua resolu- 
ción, que le evitaba luchar con su propia san- 
gre, el preferido de su alma, la luz de su ojo 
derecho, su hijo! 

Hay en las situaciones violentas y en las ho- 
ras de extremada ansiedad un instante en que 
los nervios se aflojan y el cuerpo se rinde á 
la necesidad de descanso. La inquietud, la ca- 
lentura del viejo monarca se aplacaron desde 
que se dejó caer sobre aquel reborde de piedra 
en el solitario fortificado recinto. Por las sae- 
teras veía la luz roja del Poniente, que abrasa- 
ba el campo con reflejos de hoguera enorme. 
Aquella claridad purpúrea, sangrienta, devo- 
radora, fue lo último que advirtió David antes 
de cerrar los párpados y reclinar la cabeza en 
el muro, olvidando lo presente, las angustias de 
la incertidumbre y los terrores del espíritu... 

Y después siguió viendo la misma claridad 
del ocaso; pero sus tonos se habían dulcificado, 
fundiéndose en suaves medias tintas naranja, 
oro y verde. Era el divino atardecer de los paí- 
ses orientales, cien veces más hermoso que la 
aurora. Irisaciones de perla abrillantaban las 
imperceptibles nubecillas desgarradas como gi- 



E. PARDO BAZÁN 



roñes del velo de una danzarina filistea; y so- 
bre el arrebolado horizonte, las ramas de los 
sicómoros y de los cedros formaban un pabe- 
llón de misterio y sombra sugestiva. La fres- 
cura del aire atenuaba las emanaciones fuertes 
de las resinas y las gomas; una languidez vo- 
luptuosa se apoderaba del corazón. David se 
levantaba, se apoyaba en el balaustre de jaspe 
de la terraza, se inclinaba para hundir la mira- 
da en los macizos de verdura, atraído por el 
rumor delicioso de los chorros de agua que se 
deshilan en el ancho pilón de mármol, surtien- 
do por diez bocas de bronce. Y al punto mismo 
en que el rey se inclina, sobre las gradas que 
conducen á la pila aparece una viviente esta- 
tua, rosada por el reflejo del cielo, vestida úni- 
camente de la negra cabellera caudalosa, que 
se reparte como los hilos del agua, y ondea y 
brilla, y juega y se esparce, recién ungida de 
aceite de nardo que la mujer, alzando los bra- 
zos, extiende por los rizos sombríos, enredán- 
dolos entre los dedos... 

Todo el incendio del firmamento ardió en las 
venas de David. Él mismo, desde aquella hora, 
se maravilló dentro de sí, no comprendiendo. 
Estaba bien seguro de que su fiel copero no le 
había vertido en el vino zumo de hierbas, en 
las cuales el conjuro de alguna nigromántica 
como la de Endor insinúa traidoramente el fil- 
tro de la pasión repentina y mortal. Pasados 
eran para David los días de la juventud, cuan- 
do su mano certera clavaba el guijarro afilado 
en la frente del descomunal gigante. Innúmera- 



2Ó0 



CUENTOS ANTIGUOS 



bles mujeres habían impregnado el olfato del 
rey con el perfume de sus cabelleras, y al disi- 
parse éste se borraba la imagen, porque es in- 
digno del sabio, del profeta, del caudillo, del 
legislador, reblandecerse en el harem, ser cau- 
tivo de una débil hembra. Y sin embargo, en 
aquel instante, no cabía duda, era el incendio 
del cielo el que ardía en las venas de David, y 
el rey conocía que ni toda el agua de la piscina, 
ni la de los torrentes que bajan impetuosos de 
Cedar y Hebrón, sería bastante á extinguirlo. 
Betsabé le había robado el seso, no con el cru- 
jir de sus sandalias— porque descalzos tenía los 
finos pies y hasta sin argolla de plata el sutil 
tobillo,— sino con el aroma peculiar de sus bu- 
cles negros como la tentación. 

Rápidamente sobrevenía la noche, y muchas 
noches más, durante las cuales David se abis- 
maba en su pecado, esperando de un modo con- 
fuso la hora del arrepentimiento. Presentía la 
aparición de la conciencia, el descenso del án- 
gel severo y terrible. Era inútil: su pecado ya- 
cía hondo en su corazón, arraigado allí y fijo á 
manera de saeta en la herida. Ni la ciencia ar- 
cana que había de recibir andando el tiempo 
Suleimán, á quien llamamos Salomón, acertará 
á explicar las causas de la perseverancia en el 
amor, fenómeno extraño que induce fatalmente 
á un sér hacia otro sér. David no podía vivir 
sin la esposa de Urías el Héteo, el mejor ofi- 
cial, el valiente compañero de armas. ¡Si aque- 
lla mujer hubiese pertenecido á un enemigo! 
David, estremeciéndose, pensaba en las suges- 



E. PARDO BAZÁN 26 I 



tiones del miedo de la favorita, en las súplicas 
tiernas é insinuantes como silbo de culebra en- 
tre las rosas del valle de Jericó. "No accede- 
ré", murmuraba; pero la idea del engaño y del 
crimen iba ya deslizándose en su alma, impreg- 
nándola de veneno. Urías estaba sentenciado... 
El sentimiento más generoso y bello que crea 
la vida militar; el leal compañerismo, el cariño 
de los que á un mismo riesgo se exponen y ga- 
nan la misma gloria, le gritaba á David: "Vas 
á cometer la mayor de las infamias". Y á sa- 
biendas, David, el de la conciencia despierta, 
el gran arrepentido, el que sentía incesante- 
mente la tremenda presencia de Eloim-Jehová, 
— por el olor de unos cabellos de mujer envió al 
capitán Urias, uno de los treinta gibores ó va- 
lientes, bajo los muros de Rabat-Amón, con 
mensaje cerrado para el general Joab; y en 
cumplimiento de la real orden, Urías fue pues- 
to á la cabeza de un destacamento que á toda 
costa debía entrar en la ciudad. Y Urías obede- 
ció, gozoso, ansioso de victoria, y su cuerpo 
quedó tendido al pie de la muralla , bañado en 
sangre! 

En los oídos de David, llenos de la voz acari- 
ciadora y ambiciosa de Betsabé, sonaba enton- 
ces otra voz terrible, la del vidente Natán, por 
cuya boca hablaba el Señor. Trémulo en bra- 
zos de la favorita, de la que ya era su esposa, 
se humillaba ante el airado anatema, la maldi- 
ción fatídica. "Porque hiciste lo malo en mi pre- 
sencia, no se apartará espada de tu casa, y so- 
bre tu casa levantaré el mal..." 



2Ó2 



CUENTOS ANTIGUOS 



Al evocar las palabras del vidente, David 
exhalaba un gemido doloroso... y se desperta- 
ba, empapadas las sienes en sudor frío. Miraba 
alrededor con ojos extraviados y atónitos, y re- 
conocía el lugar, aquel doble recinto fortifica- 
do de Mahanaim, tétrico y ceñudo, donde sólo 
resonaban los pasos del centinela y se escucha- 
ba, á trechos, el alerta gutural del vigía. A la 
roja brasa del Poniente había sucedido el azul 
negruzco de la noche, sobre el cual parpadea- 
ban las estrellas tristemente. ¿Sin noticias aún? 
¿Qué podía haber sucedido allá en la selva de 
Efraim, donde desde la hora de la mañana lu- 
chaban las fuerzas del rebelde Absalón con las 
de David, mandadas por Joab? ¿Qué estragos 
hacía la espada aquella, nunca apartada de su 
casa, según la profecía? De súbito, un clamoreo 
á distancia, una algazara inmensa. Confundían- 
se el trotar de los corceles, el choque de las ar- 
mas, el estrépito de la infantería hiriendo la tie- 
rra con el duro calzado militar, y empujando á 
los cautivos entre alaridos de muerte 3?- gritos de 
cólera, el mugir de los bueyes que arrastraban 
las carretas del botín,— todo lo que al oído ex- 
perto del guerrero suena á triunfo. David se 
incorporó, pálido y espantado: la guarnición de 
la plaza acudía con teas ardiendo, y el primer 
mensajero caía á los pies del re3 r , sin aliento, 
ahogándose. "Alabemos al Señor"... tartamu- 
deaba. "Deshecha la rebelión, pasados á cuchi- 
llo tus enemigos... ¡gloria al rey!"— Arrojándo- 
se sobre el emisario, David exclamó furiosa- 
mente; 



E. PARDO BAZÁN 



263 



—¿Y mi hijo? ¿Y Absalón, mi hijo, mi herede- 
ro, el príncipe real? 

No hubo respuesta. Otro emisario llegaba ja- 
deante, loco de júbilo. U E1 Señor ha confundido 
á los que te querían dañar. Veinte mil quedan 
en el campo de batalla, consumidos por la es- 
pada, sirviendo de pasto á los buitres, Y Absa- 
lón, suspenso entre el cielo y la tierra, col- 
gado de las ramas de un terebinto, ha recibido 
en el pecho muchos dardos. Dicha tuya ha 
sido i oh rey ! que los hermosos cabellos del 
príncipe, todos impregnados de esencia, se en- 
redaran en las ramas y le detuviesen en su 
precipitada fuga. A no ser por los negros bu- 
cles, que caían como maduros racimos de vid á 
lo largo de la espalda... tu enemigo se hubiese 
salvado; tan ligera iba su muía..." 

Y el emisario calló, porque el rey acababa de 
desplomarse en tierra arañándose el rostro, 
arrancándose el pelo y sollozando: ¡Hijo, hijo 
mío! 



AL BUEN CALLAR. 



No tenían más hijo que aquél los duques de 
Toledo, pero era un niño como unas flores; 
sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, 
de condición tan angelical y noble, que le ama- 
ban sus servidores punto menos que sus padres. 
Traíale su madre vestido de terciopelo que 
guarnecían encajes de Holanda, luciendo guan- 
tes de olorosa gamuza y brincos y joyeles de 
pedrería en el cintillo del birrete; y al mirarle 
pasar por la calle, bizarro y galán cual un ca- 
ballero en miniatura, las mujeres le echaban 
besos con la punta de los dedos, las vejezuelas 
reían guiñando el ojo para significar "¡Quién te 
verá á los veinte!' », y los graves beneficiados y 
los frailes austeros, sacando la cabeza de la ca- 
pucha y las manos de las mangas, le enviaban 
al paso una bendición. 

Sin embargo, el duque de Toledo, aunque 
muy orgulloso de su vastago, observaba con 
inquietud creciente una mala cualidad que te- 



266 



CUENTOS ANTIGUOS 



nía, y que según avanzaba en edad el niño don 
Sancho iba en aumento. Consistía el defecto en 
una especie de manía tenacísima de cantar la 
verdad á troche y moche, viniese á cuento ó no 
viniese, en cualquier asunto y delante de cual- 
quier persona. Cortesano viejo ya el duque de 
Toledo, ducho en saber que en la corte todo es 
disfraz, adivinaba con terror que su hijo, por 
más alentado, generoso, listo y agudo que se 
mostrase, jamás obtendría el alto puesto que le 
era debido en el mundo, si no corregía tan fu- 
nesta propensión. "Reñida está la discreción 
con la verdad: como que la verdad es á menu- 
do la indiscreción misma' ? , advertía á su hijo el 
duque. "Por la boca solemos morir como los 
simples peces, y no es muerte propia de hom- 
bre avisado, sino de animal bruto, frío y torpe", 
solía añadir. Corríase y afligíase el rapaz de 
tales reprensiones y advertencias, y persuadi- 
do de que erraba al ser tan sincero^ proponía 
en su corazón enmendarse; pero su natural no 
lo consentía: una fuerza extraña le traía la ver- 
dad á los labios, no dándole punto de reposo 
hasta que la soltaba por fin, con gran aflicción 
del duque, que se mataba en repetir: "Hijo San- 
cho, mira que lo que haces... La verdad es un 
veneno de los más activos; pero en vez de to- 
marse por la boca, sale de ella. Esparcido en el 
aire, es cuando mata. Si tan atractiva te parece 
la fatal verdad, guárdala en ti y para ti; no la 
repartas con nadie, y á nadie envenenarás. " 

Acaeció, pues, que frisando en los trece 
años y siendo cada vez más lindo, dispuesto y 



E. PARDO BAZÁN 



267 



gentil el hijo de los duques de Toledo, un día 
que la reina salió á oir misa de parida á la ca- 
tedral, hubo de verle al paso, y prendada de su 
apostura y de la buena gracia con que la hizo 
una reverencia profundísima, quiso informarse 
de quién era, y apenas lo supo, llamó al duque 
y con grandes instancias le pidió á D. Sancho 
para paje de su real persona. Más aterrado que 
lisonjeado, participó el duque á su hijo el honor 
que les dispensaba la reina. "Aquí de mis rece- 
los, aquí del peligro, Sancho... Tu funesto acha- 
que de veracidad ahora es cuando va á perder- 
te y perdernos. Si la reserva y el arte de bien 
callar son siempre provechosos, en la cámara 
de los reyes son indispensables, te lo juro." 
"Antes pienso, padre— replicó el precoz D. San- 
cho,— que al lado de los reyes, por ser ellos 
figura é imagen de Dios, alentará la verdad 
misma. No cabrá en ellos mentira ni acción que 
deba ser oculta ó reservada. " Confuso y per- 
plejo dejó la respuesta al duque, pues le esca- 
rabajeaban en la memoria ciertas murmuracio- 
nes cortesanas referentes á liviandades y amo- 
ríos regios; pero tomando aliento, "No, hijo- 
exclamó por fin,— no es así como tú supones... 
Cuando seas mayor y tu razón madure, enten- 
derás estos enigmas. Por ahora sólo te diré que 
si vas á la corte resuelto á decir verdades, me- 
jor será que tomes ya mi cabeza y se la entre- 
gues al verdugo. " Cabizbajo y melancólico se 
quedó algún tiempo D. Sancho, hasta que, como 
el que promete, extendió la mano con extraña 
gravedad, impropia de su juventud. "Yo sé el 



26S 



CUENTOS ANTIGUOS 



remedio — afirmó. — Mentir me es imposible, 
pero no así guardar silencio. Haced, vos, pa- 
dre, correr la voz de que un accidente me ha 
privado del habla, y yo os prometo, por dispen- 
saros favor, ser mudo hasta el último día de mi 
vida si es preciso.'' 

Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó lo 
de la mudez; siendo lo notable del caso que ]a 
reina, sabedora de que el bello rapaz era mudo, 
mostró alegría suma y mayor empeño en te- 
nerle á su servicio y órdenes. En efecto, desde 
aquel día asistió D. Sancho como paje en la cá- 
mara de la reina, sellados los labios por el can- 
dado de la voluntad, viendo y oyendo todo 
cuanto ocurría, pero sin medios de propalarlo. 
Poco á poco la reina iba cobrándole extremado 
cariño. Sancho se pasaba las horas muertas 
echado en cojines de terciopelo al pie del sillón 
de su ama y recostando la cabeza en sus faldas, 
mientras ella con la fina mano cargada de sor- 
tijas le acariciaba materialmente los obscuros 
y sedosos bucles. — Las primeras veces que don 
Sancho fue encargado de abrir la puerta secre- 
ta á cierto magnate, y le vio penetrar furtiva- 
mente y á deshora en el camarín, y á la reina 
echarle al cuello los brazos, el pajecillo se do- 
lió, se indignó, y, á poder soltar la lengua, Dios 
sabe la tragedia que en el palacio se arma. Por 
fortuna, Sancho era mudo; oía, eso sí, y las plá- 
ticas de los dos enamorados le pusieron al co- 
rriente de cosas harto graves, de secretos de 
Estado y familia; entre otros, de que el rey, á 
su vez, salía todas las noches con maravilloso 



E. PARDO BAZÁN 



269 



recato á visitar á cierta judía muy hermosa, por 
quien olvidaba sus obligaciones de esposo y de 
monarca, y merced á cuyo influjo protegía des- 
medidamente á los hebreos, con perjuicio de 
sus reinos y mengua de sus tesoros. Envuelta 
en el misterio esta intriga, no la sabían más 
que el magnate y la reina; y D. Sancho, trasla- 
dando su indignación del delito de la mujer al 
del marido, celebró nuevamente no haber teni- 
do voz, porque así no se veía en riesgo de re- 
velar verdad tan infame. Pasado algún tiempo, 
la confianza con que se hablaba delante del 
mudo pajecillo instruyó á éste de varias malda- 
des gordas que se tramaban en la corte: supo 
cómo el privado, disimuladamente, hacía man- 
gas y capirotes de la hacienda pública, y cómo 
el tío del rey conspiraba para destronarle, con 
otras infinitas tunantadas y bellaquerías que á 
cada momento soliviantaban y encrespaban la 
cólera y la virtuosa impaciencia deD. Sancho, 
poniendo á prueba su constancia, en el mutismo 
absoluto á que se había comprometido. 

Sucedía entretanto que le amaban todos mu- 
cho, porque aquel lindo paje silencioso, tan hi- 
dalgo y tan obediente, jamás había causado da- 
ño alguno á nadie. No hay para qué decir si le 
favorecerían las damas, viéndole tan gentil y 
estando ciertas de su discreción; y desde el rey 
hasta el último criado, todos le deseaban bie- 
nes. Tanto aumentó su crédito y favor, que al 
cumplir los veinte años y tener que dejar su 
oficio de paje por el noble empleo de las armas, 
colmáronle de mercedes á porfía el rey, la rei- 



270 



CUENTOS ANTIGUOS 



na, el privado y el infante, acrecentando los ho- 
nores y preeminencias de su casa y haciéndole 
donación de alcaidías, fortalezas, villas y cas- 
tillos. Y cuando, húmedas las mejillas del beso 
empapado de lágrimas con que le despidió la 
reina, que le quería como á otro hijo; oprimido 
el cuello con el peso de la cadena de oro que 
acababa de ceñirle el rey, salió D. Sancho del 
alcázar y cabalgó en el fogoso andaluz de que el 
infante le había hecho presente; al ver cuántos 
males había evitado y cuántas prosperidades 
había traído su extraña determinación, tentóse 
la lengua con los dientes, y, meditabundo, dijo 
para sí (pues para los demás estaba bien resuel- 
minado á no decir oste ni moste): U A la primer 
palabra que sueltes al aire, lengua mía, con es- 
tos dientes ó con mi puñal te corto y te echo á 
los canes.'' 

Hay eruditos que sostienen la opinión de que 
de esta historia procede la frase vulgar, sin 
otra explicación plausible: Al buen callar lla- 
man Sancho. 



FAUSTO Y DAFROSA » 



La aguardaba en el embarcadero á boca de 
noche, y cuando divisó á lo lejos la barca, que 
avanzaba al empuje de los brazos fuertes de los 
remeros, abriendo estela de luz verdosa en el 
mar fosforescente, al corazón de Fausto se 
agolpó la sangre, y sus ojos se nublaron. 

Venía, ó mejor dicho, la traían, se la entre- 
gaban; en su poder iba á estar aquélla por 
quien tantas veces había pasado la noche en 
vela, febril, paladeando acíbar, desesperando y 
mordiéndose los puños de rabia, ó esperando 
insensatamente. 

¿Insensatamente? Criminalmente se diría 
mejor. Por aquella que se reclinaba en la proa, 
envuelta en blancos velos, en actitud pensati- 
va, Fausto había descendido á la delación y al 

(I) Me conviene recordar que este cuento, inspirado en la vida de 
los Santos Fausto y Dafrosa, vio la luz en Blanco y Negro con ante- 
rioridad á la publicación de la preciosa novela de Merej Kowsky, La 
muerte de los dioses. 



272 



CUENTOS ANTIGUOS 



espionaje como un liberto, echando negra man- 
cha sobre el decoro de su estirpe consular. Por 
ella había deslizado en los oídos del Emperador 
Apóstata el consejo fatal al ex-prefecto Flavia- 
no, y más de una velada, á la claridad indecisa 
de la triple lámpara cubicularia, las sombras 
del cortinaje dibujaron ante los ojos espantados 
de Fausto la pálida figura de un varón ilustre 
marcado en la frente con el hierro que estig- 
matiza á los facinerosos.,. Pero en aquel ins- 
tante el musical chapaleteo de los remos ahu- 
yentaba remordimientos y angustias, y de lo 
profundo de las aguas la voz de las sirenas de 
la felicidad subía como un himno... 

Descendió Fausto al muelle con precipita- 
ción, y cogiendo de manos de los esclavos el 
taburete de cedro, lo presentó al pie de Dafro- 
sa, que prontamente, sin hacer hincapié, saltó 
á las puntiagudas piedras. A la salutación, al 
¡Ave! que en temblorosa voz articuló Fausto, 
respondió ella con una sonrisa triste. Y echaron 
á andar hacia la villa, sin que Fausto se atre- 
viese á ofrecer el antebrazo para que Dafrosa 
se apoyase. Un poco de sobrealiento de la ma- 
trona indicaba, sin embargo, que no hubiese 
sido supérfluo el auxilio. 

En la terraza de la villa, alumbrada por an- 
torchas fijas en la pared, estaba dispuesto un 
refresco de bienvenida; leche, frutas, pan de 
flor, peces cocidos — los sencillos manjares de 
que gusta una cristiana. — Se lo hizo observar 
Fausto á Dafrosa, la cual, rompiendo uno de 
los panes, lo llevó á los labios, no sin hacer an- 



E. PARDO BAZÁN 



273 



tes la señal de la cruz. Quedáronse solos Fausto 
y la tan deseada. Parpadeaban las estrellas en 
el firmamento turquí, y el aire columpiaba bo- 
canadas de esencia de rosas purpúreas — unas 
rosas que el mismo emperador Juliano había 
traído de Alejandría para adornar con festones 
de ellas el ara de la Afrodita, porque se atri- 
buían á su aroma virtudes como de filtro para 
enajenar el corazón. 

Fue Dafrosa quien rompió el peligroso si- 
lencio. 

—Fausto — dijo con tranquila melancolía,— 
¿quién nos dijera que nos encontraríamos así 
otra vez? Cuando yo me confesaba llorando de 
que no podía olvidarte, ¿iba á suponer que el 
Sacro Emperador me desterrase á vivir con- 
tigo? 

Indeciso Fausto, dudó entre caer á los pies 
de la matrona y abrazar sus rodillas ó contes- 
tar algo—- no sabía qué. — Entonces Dafrosa 
echó atrás el velo blanco que envolvía el óvalo 
de su rostro, y á la luz de las antorchas Fausto 
pudo ver con asombro una cara consumida 
por el dolor, unos ojos marchitos, unas mejillas 
demacradas; el pelo, recogido modestamente 
con cintas de lana violeta, no era ya aquella 
rubia vedija, aureola de oro; ¡á Dafrosa se le 
había vuelto el cabello todo gris, del gris de las 
nubes, del gris de la ceniza seca y hacinada en 
el hogar! 

—Puedes mirarme impunemente, Fausto- 
añadió ella.— Soy otra. La Dafrosa que conocis- 
te no está ya en el mundo. Después de que me 

18 



274 



CUENTOS ANTIGUOS 



contemples, te volverás á tu palacio de Roma, 
dejándome sola en esta isla, donde haré peni- 
tencia. He sido justamente castigada por haber- 
te querido, cariño involuntario que yo no po- 
día arrancar de mí por más que hacía. Se lleva- 
ron á mi marido para matarle poco á poco, y á 
mí me despreciaron. Lo merecía. Ahora los 
malvados me entregan á ti, quizás por creer 
que tú eres un peligro. Para Dafrosa ya no hay 
peligros. Mírame así; despacio, con atención; 
examíname. La misericordia divina me ha qui- 
tado enteramente mi hermosura. 

Inmóvil permanecía Fausto, penetrado de 
un sentimiento singular, diferente de cuantos 
hasta entonces habían agitado su alma compli- 
cada de romano de la decadencia, de amigo del 
refinado filósofo, el cesar Juliano. No hacía mu- 
cho que en el palacio imperial, ante las arasres- 
tauradas de la Kaleos helénica, habían celebra- 
do los dos amigos un pacto, especie de misterio- 
sa iniciación de un culto secreto, diverso del 
vulgar paganismo que se saciaba con los sacri- 
ficios de bueyes y terneros, con las ceremonias 
impuras. Esta otra religión, preferida por Ju- 
liano, reemplazaba la teogonia y las supersti- 
ciones con la adoración de la belleza suprema, 
de la Forma en su armonía divina, en su eurit- 
nia sacrosanta, cuya relación percibe la inteli- 
gencia por encima de los sentidos. Una estatua 
de mujer, perfectísima, de líneas impecables, 
obra de Fidias, se erguía sobre el ara, en mitad 
de la capillita ó celia donde el emperador cum- 
plía el rito, derramando las claras libaciones, 



E. PARDO BAZÁN 



275 



quemando el incienso sabeo en el pebetero de 
oro de exquisita labor oriental. Y el Apóstata, 
tomando de la mano á su amigo, le obligaba á 
postrarse allí, murmurando: "Esta es la Diosa, 
ésta, y no el triste Galileo, que ha traído la 
fealdad al mundo. 7 ' Y ahora, Fausto, en presen- 
cia de Dafrosa, la mujer tan codiciada cuando 
la poseía Flaviano y ella vivía recluida al pie 
de sus lares, por no descubrir en los ojos los 
pensamientos, ahora Fausto advertía en sí mis- 
mo un trastorno, una variación incomprensi- 
ble. Los afanes, los delirios, las ansias de pose- 
sión, le fiebre pasional tanto tiempo sufrida, ali- 
mentada por la Beldad, que ata las almas y no 
las suelta hasta el sepulcro, habían desapareci- 
do. La Forma adorada no existía, y tampoco lo 
que se deriva de ella, En el mar tranquilo ha- 
bían enmudecido las sirenas cantoras; en el 
cielo turquí las estrellas ya no parpadeaban de 
amor. Las rosas no desprendían ni un átomo de 
esencia: el rocío de la noche probablemente 
congelaba sus cálices, derramando en ellos una 
serenidad frígida. Las tenaces ligaduras de la 
carne se rompían en Fausto; su sangre, antes 
fuego, discurría convertida en luz por las ve- 
nas. Y acercándose á Dafrosa, la tomó las ma- 
nos y las llevó á su frente, murmurando en un 
suspiro: 

—Porque has perdido tu hermosura, te quie- 
ro más. Te parecerá que es mentira, y á mí 
ayer me lo parecería también, pero mira que 
no te engaño. 

No retiró las palmas Dafrosa. Este sencillo 



276 



CUENTOS ANTIGUOS 



contacto no infundía tanto horror á los cristia- 
nos de aquellos siglos como á los actuales, aca- 
so porque entonces eran más castos en su cora- 
zón. Las palmas de Dafrosa halagaron la incli- 
nada cabeza de Fausto, y acercando los labios 
á su oído, susurró: 

—Te creo. Es natural eso que me dices. Tú, 
Fausto, hermano mío, eres cristiano también. 



La crónica refiere que San Fausto sufrió el 
martirio y que Santa Dafrosa recogió de noche 
su cuerpo para que no lo devorasen los perros, 
pagando esta obra de caridad con la vida. 



ÍNDICE 

Páginas . 

Cuentos de Navidad y Reyes. 

La Nochebuena del Papa 7 

La tentación de Sor María 13 

La Navidad del Peludo 19 

Jesusa , 25 

Nochebuena de jugador 33 

De Navidad 43 

Jesús en la tierra 51 

El Belén 61 

Página suelta 69 

Dos cenas 77 

La Nochebuena del carpintero 87 

El ciego 95 

Los Magos 101 

Sueños regios 109 

La visión de los Reyes Magos 117 

El rompecabezas. 123 

En Semana Santa 129 

La oración de Semana Santa 139 



278 



ÍNDICE 



Páginas . 



Cuentos de la Patria. 

Vengadora 149 

El catecismo 155 

El caballo blanco 161 

La exangüe. 167 

La armadura ; * 173 

El Torreón de la Esperanza 181 

El Palacio frío 189 

El Templo 197 

El milagro de la diosa Durga 203 

Entre razas 209 

Cuentos antiguos. 

La paloma 217 

Prejaspes 223 

Zenana , 229 

La gota de cera . . . . , 237 

La palinodia 245 

El mandil de cuero 251 

Los cabellos . 4 257 

Al buen callar 265 

Fausto y Dafrosa 271 



2 o 

as 

o 

H 

i 3 



o 

•-3 



University of Toronto 
Library 



DO NOT 

REMOVE 

THE 

CARD 

FROM 

THIS 

POCKET 




Acmé Library Card Pocket 
LOWE-M ARTIN CO. Limited